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Opinión

  • | 1982/10/18 00:00

    LA CAMISA DE JOSE

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No hay nada más engañoso que el relato diario sobre un fenómeno cuyo proceso se ha llevado largo tiempo. Juzgar los sucesos actuales sin relación a su origen e historia conduce a conclusiones apresuradas, cuya dinámica resulta ser emocional, una caracteristica común en la religión y en la política.
El inmenso lío entre árabes e israelíes empezó con una partición realizada por las Naciones Unidas en 1948. Sobre ese hecho existen innumerables tesis, casi siempre indefendibles aunque sean contradictorias. Unos dijeron que era un error y que de esa manera se estaba creando un conflicto insoluble. Eso dijo, por ejemplo, el presidente Alfonso López Pumarejo. Otros, la mayoría en la ONU, decidieron que crear un hogar para los judíos era una obligación moral de esa cultura cristiana que los persiguió durante miles de años. El Sionismo reclamó ese mismo hogar judío, pero en realidad no se realizó nunca puesto que la mayoría de los judios siguen viviendo, voluntariamente, fuera de Israel.
Lo cual plantea un pequeño hecho, aparentemente bizantino, pero fundamental: distinguir entre israelíes, miembros de un Estado, y judíos, miembros de una cultura. La confusión, más o menos deliberada, entre unos y otros, crea muchos malentendidos, exacerbados frecuentemente por los grupos radicales antijudíos, entre ellos los palestinos organizados en entidades terroristas armadas. Ese ataque violento contra el nuevo Estado se realizó el mismo y primer día de su existencia. Y ha continuado desde entonces.
Cualquiera que sea la opinión sobre el origen, la mayoría de la opinión internacional, exceptuando a los árabes, se inclina a pensar que Israel es un hecho irreversible y por lo tanto hay que encarar el hecho mismo, con soluciones políticas y jurídicas. La primitiva reacción armada árabe ha venido evolucionando hasta el hecho actual, el terrorismo organizado, en alianza esporádica con otros grupos internacionales, como los japoneses, los alemanes, los italianos, la ETA española, el IRA irlandés. Asi cambió en algunos años el objetivo estricto nacionalista palestino para imbricarse en el terrorismo internacional, cuyo símbolo, Carlos el "Chacal", no es judío ni palestino ni árabe ni siquiera comunista organizado sino un miembro de la rueda libre, financiada probablemente por Qadafi.
Israel ha reaccionado generalmente por medio de la fuerza militar organizada, como en Beirut. O por medio de comandos profesionales antiterroristas, como en Entebe. Posee también sus organizaciones internacionales o internas de defensa, como el Mosad, al cúal se le atribuyen actos terroristas como la muerte de cabecillas terroristas palestinos en Europa, mediante sistemas muy sofisticados. La tradición proviene de la situación en Palestina durante el mandato británico, cuando funcionaban organizaciones como el Irgun, violenta también, a la cual perteneció Beguin.
La situación planteada es claramente irracional y tiene todos los matices del Oriente Medio y Cercano, cuya dinámica no corresponde a nuestro espíritu cartesiano. La tendencia occidental a interpretar los hechos con un cartabón lógico fracasa inmediatamente ante el mundo islamico, que en pocos meses salta de la civilización técnica norteamericana a un Estado medieval, como en Irán. O a una guerra religiosa fronteriza, como la que continua entre Iraq e Irán. Y en ese contexto, a una ayuda de Israel a Irán, que le ha declarado la guerra de exterminio al mismo Israel, aliado a su vez de los Estados Unidos, de quien es también enemigo el Ayatola. El propio Israel pertenece por un lado a Occidente, por el origen de sus fundadores judíos y del Sionismo, que es una concepción europea. Por otro lado es también oriental: hay judíos orientales que pertenecen todavía a franjas laterales de la cultura predominante y de la sociedad, aunque no haya lucha de clases dentro del propio Israel, creador de los kibutzim; los askenazis y los sefaradíes pertenecen a dos tradiciones antiquísimas, judías ambas, pero irreconciliables. Cada cual tiene su propio Gran Rabino. Y entre los diversos grupos religiosos se encuentra de todo, incluyendo ortodoxos radicales enemigos del Sionismo y que han colaborado activamente con los palestinos enemigos de Israel, a quienes consideran como la "mano de Dios". Como Israel es un Estado pluralista, todas estas corrientes se pueden expresar libremente, lo que no ocurre en ninguno de los Estados árabes, donde podría haber corrientes moderadas capaces de entenderse con los israelíes. Pero no pueden expresarse, si existen. En Israel no solo pueden sino que de hecho están representadas en el parlamento, o Kneset, y eventualmente podrían cambiar el gobierno por otro más flexible.
La imposibilidad práctica de una solución política es lo que ha conducido a una violencia sistematizada y encauzada de diversas maneras, lo que a su vez ha creado un maniqueismo internacional: poner a la opinión a elegir entre palestinos que luchan por su "tierra robada" e israelíes que viven en la suya injustamente acorralados por cien millones de árabes. Cada cual tiene razón desde su punto de vista si prefiere ignorar las razones del otro. Pero ha sido inevitable, porque nunca se ha planteado una polémica racional, un fenómeno que parece ser extraño ,por completo a los habitos mentales del Oriente, Medio o Cercano. La vieja cultura islámica inventó el álgebra pero acabó por olvidar la aritmética. La instrucción media de aquellos países musulmanes es muy baja y por lo mismo la posibilidad de explotar el fanatismo alucinado es correspondientemente muy alta. Y es lo que ha sucedido.
Israel tiene también sus matices, mucho más numerosos de lo que suponen quienes hablan de "los judíos", refiriéndose a los israelíes, como si fueran la prieta y homogénea tribu de Leví, destinada al servicio divino. No es así. Sus diferencias internas son enormes, a veces violentas, y casi siempre incompatibles. Beguin, por ejemplo, ha sido víctima de su propio invento: ha defendido el derecho legal de los israelíes a establecer colonias en las regiones administradas pero tuvo que recurrir a la fuerza pública para arrojar a los colonizadores de Yamit, una población asentada en territorio del Sinaí, cuando se devolvió a Egipto. Los asentamientos en Cisjordania, o Margen Occidental, o Judea y Samaria como dice Beguin (y se ha adoptado oficialmente) han resultado ser un factor intratable en las relaciones con los Estados Unidos y en la redacción de los acuerdos de Camp David, sin hablar de las disputas en las Naciones Unidas y en la prensa internacional. El otro lado de la medalla es que resulta preferible, legal y humanamente, colonizar un territorio para después emplear soluciones políticas, que exigirlo con la fuerza de las armas, con la letra de confusos antecedentes de la historia o del derecho, como en el caso de Las Malvinas.
Lo que realmente se plantea en Oriente (y la guerra de Beirut no ha sido sino un episodio) es la aplicación del derecho, por parte de los árabes, que no pueden seguir denegando indefinidamente a Israel su derecho de existir. La derrota militar, por sí, demuestra material y objetivamente que eso ya no resulta. Israel, por su parte, enfrenta un hecho difícil de manejar: si será un Estado democrático, como cualquiera otro, con israelíes como nacionales, o un "Estado judío", que no podría subsistir con las normas democráticas liberales si su población anexada resulta ser, como sucedería a la larga, de mayoría árabe. Dayán, entre otros, lo entrevió claramente. El gran guerrero, un llanero solitario, tenía sus propias ideas sobre la convivencia con los árabes, a quienes conocía muy bien, cuyo idioma hablaba, como nativo que era. Beguin, que proviene de la cultura europea y víctima del Holocausto, tiene una visión distinta, apocalíptica, que resulta muy apropiada para oponérsela a los radicales palestinos. Del choque entre ambas mentalidades no puede resultar luz sino calor, a extremas temperaturas.
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