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Opinión

  • | 2010/06/27 00:00

    La canciller

    Un documento en manos de la justicia dentro de las investigaciones por la yidispolítica muestra en ocho páginas el alcance del clientelismo diplomático.

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Tengo grandes reservas sobre el presidente electo Juan Manuel Santos y su llamado a la “Unidad Nacional”, pero celebro que haya designado a María Ángela Holguín como la próxima Ministra de Relaciones Exteriores. Ella ha entregado resultados en los cargos que ha ocupado y ha tenido el carácter para irse cuando la han presionado a actuar contra sus principios.

Hace más de cinco años, en febrero de 2005, en una columna de opinión titulada “My name is Name” y publicada por “El Nuevo Siglo”, empezó a destaparse la repartija politiquera en la que se había convertido el servicio diplomático.

El artículo mostraba como al cacique José Name Terán le habían nombrado cónsul en Nueva York a su hijo José David (hoy senador). Un tiempo después, cuando Name Padre necesitó que José David se devolviera a Colombia a encabezar la campaña para sucederlo, le remplazaron el puesto nombrando a su otra hija Margarita Rosa como segunda al mando de la Embajada de Colombia ante Naciones Unidas, también en Nueva York.

Esos no fueron los únicos nombramientos de delfines políticos. En la misma embajada estaban el hijo de Gustavo Dájer Chadid, ex senador (y dicho sea de paso, ahora uno de los investigados promotores del referendo releecionista); el hijastro del primo del Presidente de la República Mario Uribe (hoy detenido por la parapolítica); y el hijo de Luis Fernando Londoño Capurro, ex presidente del Senado (y tiempo después, como dirigente gremial, aportante de la Asociación Colombia Primero, creada para financiar paralelamente el referendo de la reelección).

La embajadora María Ángela Holguín, inconforme con el origen del equipo que le habían impuesto y con el rendimiento de los recomendados, renunció a su cargo.

Esa actitud valerosa, coincidió con una completa columna de investigación de Daniel Samper Pizano en donde sacó a flote varias decenas de cuotas de familias políticas en el servicio exterior. El escándalo fue tan grande que el propio Presidente Álvaro Uribe se comprometió a no efectuar más nombramientos de familiares de políticos en la diplomacia.

El mandatario lo anunció con toda pompa, mientras sancionaba la Ley de Empleo Público: “Es mejor un gobierno que sea capaz de auto criticarse, de hacer ajustes, de corregir rumbos para favorecer la credibilidad, que un gobierno que se empecine en sus ideas afectando la credibilidad en el Estado” (Ver noticia)

La promesa de marzo de 2005, no se ha cumplido.

Varios afortunados parientes de políticos han seguido prestando sus abnegados servicios al país en la diplomacia y otros fueron silenciosamente designados para ejercer esas funciones después del publicitado compromiso.

Un documento que está en manos de la justicia dentro de las investigaciones por la yidispolítica -y que ya ha sido mencionado en esta columna- muestra en ocho páginas el alcance del clientelismo diplomático. (Ver documento)

El excel fue elaborado en un computador de la Presidencia de la República por Juan David Ortega, entonces asesor del Secretario General Bernardo Moreno y posteriormente colaborador de Andrés Felipe Arias, tanto en el Ministerio de Agricultura como en su campaña política. (Ver documento)

Según el registro electrónico, el documento fue creado en julio 18 de 2006 (ver fecha de creación) –es decir un año y cuatro meses después de que el Presidente Uribe se comprometiera a parar los nombramientos de familiares de políticos–  y muestra, entre muchas cosas, que Javier Ernesto Betancur, cuñado de Jaime Amín, Representante a la Cámara que votó a favor de la primera reelección, fue nombrado cónsul en Nueva York. (Ver registro de su designación)

Ese nombramiento tuvo lugar el 22 de abril de 2005, apenas un mes después de que la severa promesa presidencial de no continuar con esa práctica.

En unas cuantas semanas, María Angela Holguín será la Ministra de Relaciones Exteriores. En su manos estará corregir esas conductas, evitar que se vuelvan a presentar o, en últimas, volver a renunciar si quieren imponérselas desde arriba. 
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