Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/07/30 00:00

La caverna y el escándalo

Me pregunto si el ejercicio desafiante de ciertos derechos no puede ponerlos en peligro. En la práctica sólo consigue que la caverna se escandalice y se aglutine alrededor de cercenar las libertades

La caverna y el escándalo

Hace pocas semanas se supo que los torturadores de Guantánamo, para humillar a los musulmanes allí recluidos, tiraron a una letrina algunos ejemplares del Corán. El Corán, para mí, al igual que la Biblia, es un texto literario de riquísima imaginación. Pero para los musulmanes, como para los judíos y los cristianos, estos libros son la palabra de Dios. En los islámicos esta convicción es incluso más fuerte: el Corán es uno de los atributos de Alá, es casi su encarnación, como para un católico la hostia consagrada. Esta profanación al libro sagrado de los musulmanes produjo revueltas en Afganistán, e incluso muertos. Los talibanes que dinamitaron las estatuas de Buda (para ellos imágenes impías), mataron para vengar la ofensa a su Libro.

Casi al mismo tiempo, en E-bay, un hombre puso a la venta una hostia consagrada. El tipo, en una ceremonia, se la había echado al bolsillo de recuerdo, y en un aprieto económico quiso venderla. Como para los católicos esa hostia es literalmente, no simbólicamente, el cuerpo y la sangre de Cristo, hubo protestas y miles de cartas por parte de los fieles. Tantas, que el comerciante desistió de la venta y le entregó la hostia a un obispo. Los católicos, mostrando madurez, no mataron a nadie.

Cuando los cristianos conquistaron América lo primero que hicieron fue acabar con los dioses indígenas: derribaron sus templos, derruyeron las pirámides, quemaron sus imágenes, arrasaron los tótems, violaron a las vírgenes que se destinaban a las ceremonias, difundieron historias horrendas -ciertas e inventadas- sobre los sacrificios humanos. A los sacerdotes que quisieron seguir con sus cultos, los mataron. Toda la casta sacerdotal, es decir, la elite intelectual de los indios, fue masacrada.

Hago estas reflexiones pensando en el escándalo que se ha armado por la publicación en SoHo de unas fotos -que a mí no me parecen malas- de una modelo desnuda encarnando el papel de Cristo en la Cruz y en la Última Cena. El caso es que muchos cristianos se han sentido ofendidos, indignados, asqueados, etc. A mí, repito, las fotos no me molestaron, y creo que en un régimen de libertad de prensa nadie puede prohibir que se publiquen cosas así. Ahora, una vez afirmado el derecho de que cada cual puede escribir lo que quiera (siempre y cuando no calumnie a las personas), y puede publicar las fotos que le parezca, lo que yo me pregunto es si el ejercicio desafiante de ciertos derechos no puede llegar a ponerlos en peligro.

¿Para qué sirve llevarse ese punto? La primera respuesta, obvia, es que sirve para vender revistas. Bueno. Pero ¿sirve para hacer más libre, más liberal, más tolerante a toda la sociedad? Al contrario, creo que sirve para que las ideologías más reaccionarias se unan en contra de lo que ellos no consideran libertad sino (la palabra les encanta) libertinaje. Sirve para que a los profesores de periodismo de las universidades confesionales les prohíban escribir en una revista como SoHo. Pasa lo mismo que con el embeleco del matrimonio gay. Filosóficamente estoy de acuerdo con esta posibilidad, pero en la práctica lo que se consigue con estas reivindicaciones no indispensables es que la caverna se escandalice y se aglutine alrededor de lo más peligroso: cercenar las libertades que la humanidad ha obtenido con siglos de pensamiento ilustrado y montones de sacrificios.

La idea de la tolerancia se impuso ante la imposibilidad de hallar el completo acuerdo y la total concordia entre las creencias religiosas de los hombres. Tanto protestantes como católicos, judíos y musulmanes, se creían los dueños de la verdad absoluta. Cualquier ataque a la Verdad con mayúsculas (a Alá, digamos, o a la inmaculada concepción de la Virgen María), llevaba a enfrentamientos a muerte. Sólo la defensa de cierta relatividad de las ideas (que el nuevo Papa ha puesto en duda con su ataque frontal al relativismo), hizo que algunas almas mansas postergaran la solución definitiva de sus disputas teológicas para después de muertos. En el otro mundo se verá quién tenía razón, pues allá Dios, o no existe o habla claro, pero mientras llegamos a la otra vida, convivamos sin matarnos.

Creo entonces que lo más sensato para los creyentes es no amenazar a los ateos con la muerte, la hoguera o el infierno, y para los no creyentes manifestar tranquilamente el desacuerdo, con argumentos, pero sin escupir en lo que para otros es sagrado. De lo contrario, les estamos dando a los fanáticos armas para desandar (y es lo que ellos quisieran) el difícil camino de libertad que ya hemos recorrido.

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