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Opinión

  • | 2014/02/21 00:00

    La confesión de Santos

    Acúsome, padre… de afirmar en un vergonzoso momento de debilidad que no aspiraría a un segundo mandato porque no estaba aferrado al poder.

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En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén, Padre, yo me confieso.
Dime hijo, ¿de qué te arrepientes? 
Padre, de todos mis errores y de algunos horrores.
A ver, hijo mío, comienza pero sé breve que especialmente para ti, por lo que ya sé, no tengo todo el tiempo del mundo.
Sí, Padre.

Acúsome, padre… De estar usufructuado el papayazo que me dio el expresidente Uribe al cambiar a su antojo el articulito de la Constitución que se inventó sólo para reelegirse él por secula seculorum. Es que, Padre, a veces pienso que ese hombre no ha sido tan malo conmigo aunque su afecto se manifieste como tan raro pese a que ambos sabemos que somos igualitos.   
 
De usar en mis decisiones de gobierno más la palanca de la reversa que la de la primera para ver si a punta de reverzasos cojo el impulso que requiere mi reelección.
 
De mantener en el gobierno a tanto ministro incompetente, o quintacolumnista como el de la guerra, o enemigo del campesinado, o mamagallista con los estudiantes, o indolente con los enfermos, o parsimonioso con la infraestructura vial, o ignorante de la materia encomendada… y para qué sigo, Padre. 
 
De haber dicho que José Name era un “dirigente leal, disciplinado, amigo de la unidad y de trabajar por el bien común y con gran compromiso social”. 
 
De calificar la reforma a la salud como “insuficiente pero necesaria”. ¿Usted si me entiende, Padre? Es que yo a estas alturas ni sé qué fue lo que quise decir. Esos uribistas, cepedistas y robledistas me van a enloquecer dizque porque así como yo digo una cosa digo otra. Ni la Chimoltrufia que fuera.

De haberle subido el sueldo a los esforzados Padres de la Patria en un 50% para que volvieran a recibir sus bien ganados 24 milloncitos mensuales.

De hacerme el de las gafas y escurrirle el bulto a la promesa de reducir el precio de los medicamentos, lo que sin embargo he intentado de a puchitos para ver de alcanzar el infalible contentillo del siempre dificultoso y hostil electorado.  

De afirmar en un momento de indecorosa flaqueza que no ambicionaría un segundo mandato  porque no estaba atornillado al poder.

De decir sin poder probarlo que gracias a mi gestión en Colombia hay dos millones y medio menos de pobres.

De intentar resolver el paro agrario sin costo alguno para las arcas del gobierno ni la afectación a los grandes empresarios diciéndole al país que “el tal paro no existe”, Padre, y aunque los medios hicieron su mejor esfuerzo para interpretarme a lo bien, solidarizándose, los zarrapastrosos del campo se embejucaron y me tocó retractarme. La santa y sabia reversa, Padre.

De mantener por tres años la reforma educativa en cuidados intensivos y de calificarla en una oportunidad como vital, para pocas horas después ordenar su retiro.

De hacer el ridículo con la reforma a la justicia que si no hubiera sido por ese ministro chapucero que dejó que se pillaran los orangutanes, ay, Padre.

De haber dicho durante mi primera campaña presidencial -¡qué bruto!- que no haría reforma tributaria y que si querían lo escribiría en mármol.

De pese a tener el 80 por ciento del Congreso no haber sacado adelante la reforma a la salud, ni la pensional, ni la educativa, ni la otra, ni aquella, ni ninguna y pasar por la descaro de tener que pedirle a mis compatriotas una ñapita de 4 años más a ver qué pasa con tanta “reformadera” que es que ya quieren que uno les mejore es todo.

De haber despilfarrado millones de dólares en la Cumbre de Cartagena y sólo para oír a Shakira cantándole a un tal Ublime.

De casi, casi, aplicarle un IVA a la canasta familiar y aumentarle la edad de jubilación a los muérganos que sabemos.

De, bueno Padre, ni quisiera corregir la embarrada con ese ministro Lizarralde que casi deja baldía mi reelección. Y saber que únicamente quise pasarlo de líder del imperio palmicultor a defensor de los campesinos. Malagradecidos esos que chillan por todo. Qué dolor de cabeza.

De haber dicho primero que a Uribe y al Fiscal los iba a matar la guerrilla y después decir que qué va, que ese era un cuento viejo.

De poner al ESMAD a que me solucionara de una vez por todas tantas guachafitas y protestas de esa gentuza que nunca está conforme con nada.

De repetir cada año que la economía no tenía reversa -esa sí no-, y que “subiría como espuma” para contento y solaz de mis patrones.  

De que al sentirme frustrado con el fracaso de esa fantasmal Tercera Vía que nos inventáramos Tony Blair y yo, me craniara el  proyecto político-electoral futurista del marketing de las promesas y los propósitos del Buen Gobierno.

De haber avergonzado a mi mujer y a mis hijos, y al señor Procurador, dejándome tomar en Valledupar la foto aquella en pijama.

De ponerme a sacar los trapitos al sol y ventilar en público asuntos de enfermedades familiares al declarar que mi primo pachito sufría de sida en el alma.

De haberle otorgado trato y arrimo a la foto como Presidente de Venezuela al perdedor de las elecciones Henrique Capriles Radonski.

De anunciar el ingreso de Colombia a la OTAN. Válgame Dios si ahora me doy cuenta de las embarradas que lo hacen cometer a uno los caddies con sus consejos en mis partidas de golf.  

De nombrar a dedo a 37 de mis amigos en las embajadas contradiciéndole al maestro Echandía su marrullera tesis de que “el poder para qué”. Faltaba más.

De haber perifoneado por doquier aquello de las 100 mil casas gratis para entregar a los más pobres antes de diciembre de 2013, o los subsidios para las 100 mil VIS rurales para tener que hacerme ahora el de la vista gorda.

De afirmar categóricamente que la minería no destruye el medio ambiente ni empobrece a las comunidades.

De condenar por ilegales las chuzadas de la Inteligencia del ejército a los negociadores de paz y opositores al gobierno para retractarme 24 horas después reconociéndolas como “legales”… ¿o bacanas?

Y, dado que Su Reverencia me exigió brevedad, dejemos el resto para la próxima confesión en el 2018.

He dicho, Padre.

Bueno, hijo, no os preocupéis, seguramente tendrás estos otros cuatro años para acicalar con nuevos trucos tus variopintos pecados, e innovar, innovar, innovar disculpas y tretas, hijo mío. O para dedicarte exclusivamente a administrar tus remordimientos si es que estos encuentran algún espacio en tu indescifrable corazón, qué sé yo. En todo caso, debo admitir que con respecto a tu imagen de estadista y brillante pokerista, con eso sí, lograste engatusar muy bien.  

Como penitencia, ¿qué puedo decirte? Reza, hijo mío, reza para que Dios te ayude a soportar el implacable juicio de la Historia.

Correo: guribe3@gmail.com
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