Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1990/11/19 00:00

La Constituyente y los siete pecados capitales

La Constituyente y los siete pecados capitales

La ira: el motor de esta Asamblea Constitucional es la desconfianza del país hacia la capacidad reformadora del Congreso, y la ira contra sus abusos y privilegios.
Mínimo, mínimo, perderá los auxilios y los viajes parlamentarios. Pero quizás lo más importante será que los congresistas quedarán sometidos a la figura de la revocatoria del mandato, lo que será un gigantesco salto, partiendo de la inmunidad parlamentaria. Estafigura fue instituida en época de guerras civiles en la que a los miembros del Congreso se les apresaba en razón de su filiación política, antes de que lograran llegar en mula hasta el recinto del Congreso. Pero degeneró hasta garantizar la impunidad en los abusos de los congresistas. La revocatoria del mandato le devolvería al puebio el control sobre la conducta del hombre que eligió.

La envidia: pero desde luego, la ira del país contra los congresistas, y en general contra la clase política, tiene su "contra-fómeque" en la envidia que ha despertado en el Congreso el que lo hayan excluido de manera tan tajante de este proceso de reforma constitucional.

Esta situación ha llevado incluso a algunos a pensar lo peor. Que se reúna la Asamblea, y cambie la Constitución, incluyendo el recorte de los privilegios de los congresistas. Que entonces se reúna el Congreso, y haciendo uso del artículo 218 de la Carta, eche abajo las reformas de la Constituyente. Que previendo esta posibilidad, la Constituyente incluya de una vez entre sus reformas que sólo el constituyente primario podrá en adelante reformar la Constitución. Y que entonces el Congreso pierda de esta manera la esencia de su función legislativa. Es un caso extremo, desde luego. Pero nada puede descartarse en este enfrentamiento de la ira con la envidia.

La soberbia: en este escenario también es importante la soberbia con que la oligarquía, quizás con razón o quizás sin ella, ha dado rienda suelta a los temores que le infunde una reforma constitucional en manos de un puebio sin límites de temario.
Muchos han llegado a creer que llegarán hasta a cambiarnos el sistema por una dictadura del proletariado o alguna antigualla semejante. No les gusta que la Asamblea sirva para atraer hacia los caminos institucionales a los grupos alzados en armas, y mucho menos que desarmarse garantice automáticamente un puesto en la Cónstituyente. En una palabra, están horrorizados .

La avaricia: en esta misma tónica, ya han comenzado a surgir indicios en relación con una cierta avaricia nacional, que se mide en la desaceleración económica, por parte de los empresarios; legislativa, por parte de los congresistas, y administrativa, por parte de organismos del Estado, como producto de la incertidumbre que genera la interinidad en la que han quedado ubicadas las directrices institucionales del país. Inevitablemente se invertirán menos dinero y menos trabajo, en el lapso que arrancó con la decisión de la Corte y que irá hasta el 4 de julio de 1991, día en que terminará de sesionar la Constituyente, y sabremos, en últimas, en manos de qué tendencias terminará el país.

La gula: ojalá que la actitud de las diversas fuerzas representadas en la Asamblea, no sea la de devorarse toda la Constitución actual, porque ella no es la culpable de los problemas de orden público, ni del hastío frente a la clase política que orientan esta reforma. Yo diría que la prioridad de esta reforma debería ser la reconstrucción del orden jurídico y que, si eso tan concreto no se logra, habremos fracasado. Lo que hay que evitar a toda costa es la gula reformista, de la que vi el otro día un ejemplo en la televisión, cuando en una de esas escenas que transmite Inravisión del trabajo de las comisiones de la Asamblea, apareció haciendo una interpelación el general Matallana. Estaba pidiendo que el gobierno consiguiera traducciones de varias constituciones del mundo... "a ver cómo es que son"!
La pereza: este pecado capital se aplica con respecto a la Registraduría, en dos puntos: uno, que ya se perdió, y otro que se debe salvar. Se perdió, por pereza de ese organismo, la posibilidad de reabrir inscripciones para los votantes. Una de las clientelas de la Constituyente debía haber sido el abstencionismo, porque precisamente se intenta corregir con la reforma aquello en lo que el que no vota, no cree.

Pero para lo que sí no habrá pereza que valga es para el tarjetón. La disculpa de la proliferación de listas para no hacerlo, sería catastrófica.

La lujuria: este último pecado capital corre por cuenta del gobierno y de su búsqueda desesperada del revolcón y de la apertura, ahora aplicados a la reforma de la Constitución, garantía centenaria de la armonía de nuestras instituciones.

Aquí hay que tener presente que así como lo que le salga bien a la Asamblea le saldrá bien al gobierno, lo que no, le saldrá pésimo. Y no son de poca monta los factores de injerencia que tendrá el gobierno en la Constituyente para bien o para mal. Primero, el reglamento del funcionamiento interno de la Asamblea lo decide y somete el Presidente. Segundo, el gobierno presentará su propio proyecto oficial que de todas maneras servirá de marco a las discusiones de la Asamblea. Tercero, el Presidente y sus ministros asistirán en carne y hueso a defenderese proyecto. Y si el gobierno se entusiasma, podrá llegar hasta extremos como el del presidente Carlos Lleras en la reforma de 1968, por cuenta de la salvación de la cual, amenazó con renunciar.

Dios quiera que el gobierno no llegue a estos extremos de lujuria constucional.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.