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Opinión

  • | 2001/09/03 00:00

    La corte del rey Santo Domingo

    Aparte de sus virtudes, la presencia de ‘El Espectador’ como rival de ‘El Tiempo’ es garante de la libertad de prensa y la democracia

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Los lectores de El Espectador nos hemos venido acostumbrando cariñosamente a las excentricidades de su director-presidente, C. Ll. de la F.; a sus casi diarias autocitas, a sus violentas diatribas (contra el Presidente y sus ministros, contra El Tiempo, contra el Transmilenio); a sus hazañas periodísticas, que han puesto en circulación en medio de la adversidad las más diversas publicaciones; y a sus actitudes absolutistas, siempre en defensa de la moral y la honestidad.

Pero francamente el editorial del domingo 29 de julio nos dejó desconcertados. Muchos lo pasaron por encima, por su poco atractivo título: “El viejo castillo (Cuento): En algún lejano país cuyo nombre no es del caso mencionar, una noble familia construyó de la nada un hermoso castillo que era, a la vez, imponente fortaleza”.

Los que a estas alturas abandonaron el editorial no entendían, días después, por qué se comenzaba insistentemente a hablar de él en tono de conspiración.

El interés no era para menos. “El castillo” es El Espectador y “el castellano”, al cuidado del castillo, su actual director. El cuento desarrolla en tono de aventura medieval la historia del periódico, desde que mataron al inolvidable Guillermo Cano y la mafia bombardeó sus instalaciones. Pero lo que insinúa el editorial de ahí en adelante es lo que tiene a todo el mundo desconcertado.

Imagínense la dificultad de descifrar párrafos como este: “Buena cantidad de gente pensó: ‘Si ya estuviera reconstruido (el castillo) por sus dueños podríamos invertir y explotar sus atractivos para nuestro propio interés’; otros, por el contrario, creyeron que era mejor dejarlo caer y matar la milenaria tradición; otros muchos opinaron que había que devolver la fortaleza al país y el nuevo castellano creyó en ello y confió tan delicada labor a gente de confianza. Pero muchos otros espectadores se limitaron a preguntarse: ¿Quién ganará? ¿Los dedicados cuidanderos de la fortaleza y de la tradición y quienes quieren ayudarlos, o los mercaderes que ‘esperan sigilosos y oportunistas’? (...). Nunca hemos sabido cuál fue el final de la historia; ¿o sería una leyenda?”.

Estas fueron las interpretaciones que los más maliciosos le dieron al editorial:

1. Que El Espectador atraviesa por serios problemas financieros (incluso se dice que está perdiendo más de un millón de dólares mensuales).

2. Que es inevitable que esto acabe con la luna de miel del dueño del castillo, Julio Mario Santo Domingo, y su castellano, el director-presidente.

3. Que dentro del grupo industrial existe un sector fuertemente partidario de cerrar El Espectador por su falta de viabilidad financiera.

Yo personalmente lo lamentaría en el alma. Su director-presidente, inteligente, polémico, gruñón, cachaco, pero ante todo un hombre decente, ha logrado a fuerza de empeño hacer de El Espectador una extensión de su propia personalidad, un gancho que a muchos de sus lectores nos impide saltarnos una sola edición “a ver con qué nos sale C. Ll de la F.”.

Como tengo plena conciencia de que mis opiniones muy probablemente servirán muy poco para impedir el cierre del periódico, quiero resaltar por lo menos mi esperanza de que este final no esté cerca: la combinación de virtudes periodísticas, como la buena información, el buen análisis y una loable independencia política, unidas a las excentricidades de su director-presidente, han logrado hacer de El Espectador un periódico con calidad, cuya sola existencia, como rival de El Tiempo, es además importante como garante de la libertad de prensa y de la democracia.

Pero las realidades financieras amenazan al castillo. Es indudable que el haberlo mantenido en pie ha sido una hazaña de Julio Mario Santo Domingo: este esfuerzo financiero con dimensión de aventura económica no habría encontrado muchos otros voluntarios dispuestos a asumirlo.

Sería una pérdida nacional, entonces, que “las altivas torres del castillo, acostumbradas a fustigar a los emisarios del mal sin contemplaciones”, terminen derrumbándose, y que “sus vigas y el techo levadizo” sean devorados por el comején.

Pero eso sí: si El Espectador no se cierra, C Ll. de la F. nos queda debiendo varias explicaciones. ¿Quién es el “mayordomo” del castillo que traicionó los principios de sus dueños? ¿Quiénes son “los tenaces cuidanderos de la heredad” que perdieron el interés por el castillo? ¿Quiénes son los que “quieren dejar caer el castillo y matar su milenaria tradición?” y sobre todo, ¿quiénes son “los mercaderes que a ello esperan sigilosos y oportunistas...”?

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