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Opinión

  • | 2014/09/08 00:00

    La Corte indulta los bárbaros ritos toreros

    “Una multitud de espectadores presenciando el enfrentamiento desigual entre un noble toro y una cuadrilla de matones desequilibrados destrozando a un animal inocente..."

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Se veía venir y se vino. Para complacer al puñado de refinados aficionados a la arena empapada de sangre, limitada élite de seres anclados aún en la emoción de ciertos festines bárbaros del Circo romano, la Corte Constitucional resolvió ordenar a las autoridades capitalinas adelantar lo necesario para la reanudación del espectáculo de la tauromaquia en la Plaza de Toros de Santa María de Bogotá. 

Este fallo que invoca la primacía de lo “artístico y cultural” en algunas localizadas tradiciones populares, sitúa por encima de la protección constitucional a la naturaleza y a los animales -como lo afirmara Andrea Padilla, vocera para Colombia de AnimaNaturalis Internacional-, el “gustico” morboso de una exigua minoría, así como desconoce la voluntad del 92% de los bogotanos encuestados hace apenas uno pocos años.  

Tiempo atrás escribí sobre las corridas y el cruel sacrificio de los toros. Por lo que sea, la publicación del texto no alcanzó a levantar cabeza quedando perdido por ahí como si el espíritu travieso de algún duendecillo hubiese querido mantenerla en secreto. Retomo ahora parcialmente algunos de sus puntos de vista habida cuenta de la actualidad que alcanza este crítico tema cuando sabemos que la restitución de semejante ritual salvaje ya parece no tener reversa.

Aparentemente la argumentación de la Corte se atiene a que esta modalidad de espectáculo es un “evento cultural de arraigo y una expresión artística del ser humano”. Lejos de compartir tamaña visión que sólo hace referencia al disfrute truculento de los humanos por sobre el dolor profundo de la especie animal, opto por intentar puntualizar los fundamentos de quienes nos oponemos radicalmente a la continuación de esta experiencia brutal. 

Confieso, o mejor, advierto que no hago parte de la legión universal de vegetarianos, ni soy miembro de la Sociedad Protectora de Animales. En tal caso, prefiero serlo de la Sociedad Solidaria con el Género Humano. Siempre me han concernido más mis semejantes, y quizás por ello persiste mi irritación al constatar a diario el potencial de algunas personas para menguarles el amor a los niños y en cambio volcarlo todo sobre sus mascotas.

Quedamos ahora notificados. El toro constitucional se ha negado a embestir a las corridas pese a haber sido denunciadas hace unos años ante la Corte como ejemplo inaceptable de "tratos crueles" a los animales. Su reciente fallo se negó atender una demanda que pedía declarar inconstitucionales las excepciones de la Ley 84 de 1989, Estatuto Nacional de Protección Animal, que excluye el rodeo, el coleo, las corridas de toros, las novilladas, las corralejas, las becerradas, las riñas de gallos y las prácticas utilizadas en estos eventos, del inventario de "actos de crueldad con animales" que advierte la Ley en su artículo Séptimo. 

Inicialmente, el choque de opiniones se presentó por entonces entre el magistrado Jorge Iván Palacio -a quien aplaudimos por ésta y otras de sus valerosas posturas-, quien favoreció la demanda manifestando entre otras cosas que tales actos son la "violación" a una especie de la naturaleza y el deber del Estado es no solamente darle protección a los seres humanos sino también "al medio ambiente y a la fauna que los rodea", y el Procurador General de la Nación, quien alegó que los espectáculos referidos son constitucionales toda vez que hacen parte del patrimonio cultural de los colombianos y porque "desde tiempos inmemoriales han contribuido a la convivencia pacífica de las sociedades". Y algo más asombroso: el muy ferviente Católico señor procurador, Alejandro Ordóñez, piadoso y compasivo como le agrada que lo perciban, atizó la discusión enfatizando que son "expresiones culturales y artísticas que nos identifican como colombianos (...) lo que hace tolerable el sufrimiento a que son sometidos". ¡Válgame Dios!

Pues bien, esta "diversión" bochornosa, legado tortuoso del Circo romano, acertadamente llamada el “arte de matar”, nunca ha dejado de perturbarnos cuando lo vemos puesto allí como un palo en la rueda a lo que podrían ser en la sociedad y en especial para las nuevas generaciones los modelos verdaderamente culturales, éticos y morales. 

Todos sabemos que tanto los empresarios que se lucran con estos espectáculos sangrientos, como sus fanáticos seguidores, han tenido en los medios de comunicación el pilar en el cual apoyarse asegurando la perpetuidad de su "fiesta brava". De allí que mientras la radio, la televisión y la prensa escrita no hagan eco suficiente a las voces de quienes libran una desigual batalla contra los aficionados al tormento y la sangre, será muy difícil lograr la prohibición de las corridas de toros y el destierro de su simbología como festejo y culto al suplicio y la tortura animal. 

Hace unos cuatro años Caracol Radio difundió los resultados de una encuesta entre los colombianos, resultado de la cual, y en expresión arrolladoramente mayoritaria, el 99.39 % de los consultados le dio un no categórico y rotundo a esta barbarie que, por fortuna, ya tan sólo alrededor de 8 países en todo el mundo la permiten. 

En definitiva, sin importar que este fallo le declaró el “indulto" a las corridas de toros, desde esta columna abogo por la abolición de una fiesta que abiertamente excita a la violencia social, insensibiliza a la gente frente al sufrimiento de seres vivos, y convierte en práctica aceptable actitudes inhumanas y perversas asimiladas a la crueldad.  

guribe3@gmail.com
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