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Opinión

  • | 2011/11/19 00:00

    La costumbre de hablar con animales

    Mientras un preso le vale al Estado 13 millones de pesos, un estudiante, tres. Pachito, de ministro, tendría la fórmula: meter presos a todos los estudiantes.

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El irresponsable director del Hospital Psiquiátrico de Sibaté ni siquiera tuvo la decencia de contestar la carta que radiqué la semana pasada, en la cual  abogaba por cupos urgentes para Pachito Santos y el ex presidente Uribe. Ahora podemos ver los resultados de semejante negligencia: bipolar del todo, Pachito lanzó un nuevo video, esta vez poniéndose radicalmente del lado de los estudiantes, en el cual los exalta y los felicita. Y el expresidente Uribe, por su parte, no le devuelve las llamadas a Santos y confesó en la revista Bocas que habla con los animales.
 
Lo cito textualmente: "quien se emociona mirando un árbol; quien es capaz de hablarle a un caballo, jamás piensa en el poder sino en el servicio con amor". Vean ustedes: "el servicio con amor", como en los moteles de Cielito Lindo Salazar. En la frase se entiende que el expresidente Uribe no sólo atraviesa una bonita fase mística sino que se dejó contagiar por la política del amor de Petro. Ojalá que ambos integren la nueva campaña de Benetton y se animen a darse un beso en la boca.
 
Hablar con caballos no tiene nada de malo. Nietzsche también lo hacía. En eso, era muy parecido a Uribe. Colombia, fíjense, es un país de filósofos: en ninguna otra parte del mundo apodan a un futbolista con el mote del "Nietzsche" Guerrero. Sin embargo, el caso de Uribe es diferente, porque por sus desvaríos ahora se cree San Francisco de Asís. No lo culpo: hablar con bestias es una maña que le quedó de sus Consejos de Ministros. Estaba acostumbrado a conversar con alias el Pincher, con alias la Vaca. Hasta con María del Pilar Hurtado, a quien aún hoy llaman la Lechuza, porque le chuza el teléfono a la oposición. El único animal con que jamás habló fue con Piedad Córdoba, que es una sapa, como lo demostró al subirse a la tarima de los estudiantes.
 
Ahora bien: resulta paradójico que la misma semana en que se conoce que el expresidente habla con animales, se sepa que no le devuelve las llamadas a Juan Manuel Santos. Es decir: habla con todos los animales, menos con el más importante. Si yo fuera Santos, de todos modos seguiría insistiendo. Es probable que quien haya tomado las razones de sus dos intentos anteriores fuera Andrés Uriel. Y ya se sabe que Andrés Uriel nunca da razón de nada. Recuerdo que, en su época, Uribe tampoco nos devolvía las llamadas a los periodistas, pero muy amablemente ponía a María del Pilar Hurtado a que nos atendiera el teléfono.
 
Como sea, me duele que Uribe y Santos se peleen. Siento una inmensa compasión por el primero y un gran respeto por el segundo. Y más ahora, cuando advirtió que quiere mediar en el conflicto árabe-israelí. Desde entonces se la pasa practicando: en los cocteles vigila que Yamidcito Amat Jr no se pelee con Lolo Sudarski; sienta a Aida Furmanski con el portero disfrazado de árabe del restaurante "el Kalifa", y los obliga a que hablen pacíficamente delante de él. Colombia le quedó chiquita; quiere tomarse el mundo. Y suena egoísta, yo sé, pero me dan celos compartirlo: prefiero que, antes de buscar la paz del Medio Oriente, el Presidente termine al menos dos kilómetros de la Vía del Sol: ¿por qué no? Ese también es un reto bonito.
 
Otro reto puede ser reemplazar a la Ministra de Educación, que resultó ser un fiasco. No tengo nada contra la educación privada, e incluso admiro centros educativos tan valiosos como la Universidad de la Gran Colombia, en cuya prestigiosa facultad de Paleontología descubrieron durante una excavación a su actual rector, el ilustre José Galat. Pero reconozco que esta vez los estudiantes tenían razón: esa reforma era un horror. Hablo con cifras: mientras un preso le vale al Estado 13 millones de pesos, un estudiante apenas le cuesta 3. Si Pachito Santos fuera Ministro, tendría la fórmula para triplicar la inversión estudiantil: meter presos a todos los estudiantes. Porque Pachito, como él mismo dice, representa a la derecha ilustrada: sólo lee libros que tengan ilustración. Las dos grandes propuestas de su carrera política han sido bombardear un monumento en Manizales y electrocutar estudiantes. Si no fuera por el poderoso rating que lo sostiene, los sensatos directivos de RCN ya le habrían pedido la renuncia.
 
El hecho es que, antes de buscar la paz en el Medio Oriente, Santos debería comprometer a la clase política con la educación: que Juan Fernando Cristo dicte clases de pronunciación francesa, por ejemplo; o que Tomás Concha enseñe educación sexual. El señor Concha, para quien no lo sepa, es un asesor de la Vicepresidencia a quien su asistente acusó de abuso sexual: según ella, Concha la obligó a tener sexo oral sin su consentimiento: esto es, sin que él la consintiera. Aunque el apellido de Concha no le ayuda ante semejante acusación, hay que decir en su favor que se trata de un funcionario inmamable. Como sea, cuando comience el TLC, cambiaremos a Concha por Bill Clinton. Y, ya en esas, a Uribe lo cambiaremos por el doctor Dolittle. Mientras tanto, vale la pena que se distraiga hablándole si no a sus caballos, al menos a Pachito: quien se emociona con un árbol, también puede emocionarse con el intelecto de Pachito.

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