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Opinión

  • | 2013/02/08 00:00

    La crisis financiera y la duda metódica en las aulas universitarias

    Estudiantes se han retirado de algunas cátedras alegando dudas sobre las teorías clásicas y en protesta por el sesgo ideológico con que se enseñan.

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El Discurso del Método fue la obra cimera de René Descartes. Su fundamento era establecer verdades absolutamente ciertas, para sustentar sobre ellas el conocimiento y darle certeza a su aplicación.

El ejercicio de su Duda Metódica no admitía ningún conocimiento como verdadero sin evidencia probada, y exigía observación rigurosa y análisis crítico, inmunes a prejuicios, dogmas y doctrinas. La debilidad del Método radicaba en que la superación de la duda dependía del criterio de quien lo aplicaba.

Afortunadamente, la experimentación y las ciencias exactas han permitido disipar muchas dudas sobre muchos conocimientos, pero no sobre el criterio o sesgo ideológico de quienes los enseñan, aprenden o aplican.

Ahora después de varios siglos, algunos anacrónicos críticos, aprovechando la crisis económica que agobia al mundo, pretenden vivificar La Duda Metódica para someter a ella las teorías de la Escuela Clásica, quizás en un intento velado por revivir el fallido modelo de Economía Central Planificada.

La conmoción producida por la caída de las monedas y el desplome de los mercados ha llevado a muchos proteccionistas empíricos a renegar de la aplicación de las teorías clásicas y neoclásicas y sin conocerlas, o al menos intuirlas, a atribuirles la crisis.

Asimismo, la confusión está invadiendo la mente de muchos jóvenes, que obstinadamente niegan la utilidad práctica de algunas teorías y conocimientos.

La incertidumbre se ha propagado tan rápido, que ya llegó a las aulas de las más prestigiosas universidades del mundo, entre ellas Harvard, donde los estudiantes se retiraron de la cátedra de Introducción a la Economía, alegando dudas sobre la eficacia de algunas teorías clásicas y protestando por el sesgo ideológico con que se enseñan.

Someter a la duda teorías probadas, es un disparate; en cambio, someter a la duda el sesgo con que se enseñan, es un acto de sensatez.

Es claro que los profesores más que informar, debemos formar personas con capacidad para observar, analizar y razonar; que no acepten doctrinas sin riguroso escrutinio crítico; que adquieran destrezas para advertir errores, imprecisiones, inconsistencias y confusiones; y, que obtengan absoluta claridad sobre cualquier concepto antes de afirmarlo o negarlo, utilizarlo o descartarlo. De lograrse este noble cometido, la sociedad empezará a cambiar.  

Si bien en las aulas universitarias no se debe dudar de la ciencia, sí se debe dudar de la ideología de quien la enseña.

Por su parte, la sociedad siempre debe dudar de la forma como los gobiernos aplican las teorías económicas, pues frecuentemente las distorsionan sin rubor, a su amaño y conveniencia.

No son pocos los gobernantes que por congraciarse con sectores económicos dominantes, desatienden la obligación de regular e intervenir la economía, haciendo de la libertad del mercado un libertinaje lesivo a la población. Estos gobernantes son los causantes de la crisis, y a pesar de los cuantiosos daños y perjuicios que han ocasionado, siguen sin ser juzgados.

Es claro que la crisis económica no la causó la aplicación de las teorías clásicas y neoclásicas; la crisis la causó la falta de ética de los gobernantes que las distorsionaron.

Afirmar que la crisis económica mundial la causó la internacionalización de la economía es un despropósito propio de proteccionistas confesos.

Lo que provocó el desplome de los mercados fue la tolerancia de las autoridades financieras, que permitieron la titularización de bienes sobrevalorados, y la emisión de títulos valores sobre activos subyacentes o patrimonios autónomos completamente depreciados por la sobreoferta, desatando una peligrosa liberación de medios de pago sin respaldo.

La emisión y negociación de estos papeles soportó el otorgamiento de centenares de créditos que se colocaron de manera irresponsable, por no consultar la capacidad de endeudamiento, o sin prudente ponderación de las garantías que se otorgaron para respaldarlos, creando el escenario perfecto para que estallara la crisis.

La movilización de estos engendros financieros prontamente saturó la demanda de crédito, sobrepasó la capacidad de pago y, consecuencialmente, comprometió el recaudo de la cartera, lo que llevó a muchos tenedores de títulos a tratar afanosamente de monetizarlos, encontrando que los activos subyacentes que los respaldaban estaban gravemente depreciados.

La ausencia de reglas claras y de exigencias mínimas en materia de Encaje, Reservas y Patrimonios Técnicos son la verdadera causa del descalabro. Es evidente la debilidad del Derecho Financiero, como instrumento preventivo y disuasivo de malas prácticas, cuando los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley, son tolerantes y complacientes con ellas. La historia es recurrente y terca, y sigue testimoniando que la voracidad depredadora de los intermediarios financieros, es irracional, ilímite e inmemorial.

La negligencia o la intervención tardía convalidan las prácticas abusivas y alientan la administración de riesgos inaceptables para la racionalidad y la prudencia. La pasividad de las autoridades ante los excesos evidencia temor reverencial frente el poder económico de los grandes grupos financieros. Las autoridades ingenuamente le siguen apostando a la autorregulación, y a la aplicación de los principios que predica el mal llamado, Corporate Governance, que en muchos casos sólo sirve de blindaje para inhibir la intervención estatal.

Las crisis económicas le recuerdan al mundo viejas lecciones mal aprendidas que demuestran que en las economías sanas el mejor negocio no es la intermediación financiera; que los medios de pago no constituyen la esencia de la economía; que las altas tasas de interés, lejos de promover el crecimiento, lo aplazan y encarecen; que contrario a lo que se cree, los paraísos fiscales, los fondos y las sociedades Off-Shore son soluciones de alto riesgo, y, que ningún esquema financiero es sostenible si su rentabilidad depende de captaciones futuras e inciertas.

Son muchos los capitales esfumados; algunos por ambición desmedida, otros, por ingenuidad de sus dueños, quienes prefirieron confiarlos a corsarios financieros, que colocarlos al servicio de la productividad. Si bien la pérdida de estos capitales, la mayoría, ociosos por itinerantes, no afecta directamente la base de la economía real, sí socava la estructura del sistema crediticio y crean profunda conmoción, desconfianza e incertidumbre.

En Colombia, la Superfinanciera debe ser implacable controlando el encaje, no vaya a ser que tengamos más sorpresas provocadas por su negligencia y por el apetito insaciable de los agentes financieros.

La crisis no es de ciencia, es de ausencia de virtud.

* Consultor Jurídico y Corporativo. Especializado en Derecho Comercial, Financiero y de Negocios Internacionales. Profesor Universitario. Director de Rodriguez-Jaraba & Asociados.
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