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Opinión

  • | 2012/01/03 00:00

    La culpa condena, la responsabilidad abre posibilidades

    Son muchas las personas con las que me encuentro que sufren mucho porque se sienten culpables de diferentes cosas y, sin darse cuenta, convierten sus culpas en una auto-condena de la cual se hacen prisioneros.

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En algún momento de la vida todos nos hemos sentido culpables por algo: por un error cometido, por haber hecho algo que hizo sufrir a otra persona, por una pelea, porque habríamos podido hacer alguna cosa de manera diferente, etc. La culpa, el sentirnos culpables por algo, es una sensación común a todos los seres humanos, un concepto que se nos vuelve realidad desde muy niños.

Hablo de culpa en un sentido ajeno al terreno legal en el que se busca determinar el culpable de un delito. En este caso me refiero a la culpa que cada uno se adjudica en diferentes momentos de la vida y que muchas veces es la que impide que una persona pueda dejar atrás los errores cometidos, errores de los que se arrepienten después. La culpa más dura y torturante es la que cada persona se impone pues no hay juez más duro que uno mismo.

Hace un tiempo llegó a mi consultorio un hombre joven que después de tres años de haber terminado con su novia –y habiendo tenido otras relaciones después de ella- no lograba dejar atrás esa relación. Se culpaba por la manera como había manejado las cosas estando con ella –atribuyéndose la culpa de que la relación se hubiera terminado- además de culparse porque una vez terminada, no había hecho nada para recuperarla. “Es la mujer de mi vida y me di cuenta cuando ya era demasiado tarde. Ella le metió todo a la relación y varias veces me hizo saber que me sentía distante, que quería que fuera más cariñoso y estuviera más pendiente de ella. Pero nunca reaccioné, aún después de haber terminado sabía que lo que quería era estar con ella y que tenía razón en todo lo que me había dicho. Pero me ganó el orgullo y nunca hice nada para volver con ella. Por mi culpa perdí a la persona con la que hubiera querido compartir el resto de mi vida”.

Apenas terminó con ella -me contaba-, se dedicó a la fiesta, a emborracharse todos los fines de semana, intentando así olvidarla, pero sobre todo, “quitarme de encima” la culpa de que la relación se hubiera terminado. No logró ni lo uno ni lo otro. Eventualmente decidió tener otra relación de pareja en la cual duró varios meses; pero fue peor porque mientras estaba con esa persona se dio cuenta que pensaba y quería a otra, con lo cual la culpa se agravaba en lugar de mitigarse. Fue ahí cuando decidió buscar ayuda para poder superar esta situación que en ese momento parecía ser insuperable. Su propósito era olvidar a su ex-novia.

A medida que empezamos a trabajar en ese ‘objetivo’ él se fue dando cuenta que más que intentar olvidarla, su problema era estar echándose la culpa constantemente por lo que había hecho o dejado de hacer mientras estuvo en la relación –y después de haber terminado-. El primer paso para empezar a trabajar en esa culpa fue eliminar el término ‘culpa’ y remplazarlo por la palabra responsabilidad. Cada vez que se sentía culpable en vez de referirse a sí mismo como “por mi culpa pasó esto”, decía: “esto es mi responsabilidad, yo soy el responsable de esto que estoy viviendo”.
 
Y aunque parezca simplista –y hasta ridículo-, empezó a generar uno de los primeros cambios en él: “me siento menos angustiado”, me dijo después de unos días. Fue entonces cuando pudo dar un segundo paso en su proceso de asumir su responsabilidad: hablar con ella. Le contó lo que llevaba viviendo durante tres años, le pidió disculpas por no haber hecho los cambios que ella en su momento le había pedido, y acabó por confesarle cuánto se había arrepentido por no haber hecho nada para que la relación continuara. Ella le agradeció mucho la conversación aunque le aclaró que había continuado su vida y que estaba feliz con otra persona, lo que para él fue muy doloroso. Pero el sólo hecho de hablar con ella empezó a liberarlo de la culpa, generando en él una tranquilidad que no sentía hacía tres años.

Después de la conversación con ella empezó a hacer conciencia de lo que él mismo llevaba varios años construyendo: una identidad de víctima y victimario en la que él era el “malo”. Se consideraba el culpable del sufrimiento tanto de su ex novia, como de la persona con la que había salido después de ella. Hasta tal punto que ya entre sus amigos y entre las novias de sus amigos él era visto como ‘el que hace sufrir a las novias’, por lo cual se negaban a presentarle a sus amigas.
 
Todo esto exacerbaba su sentimiento de culpa. Pero al comenzar a sentirse responsable en lugar de culpable empezó a cambiar esta identidad: reconocía la responsabilidad de sus propios errores pero no se condenaba a sí mismo por ello –porque quien se siente culpable generalmente nunca deja de sentirse así-. Mientras que si se siente responsable puede empezar a hacer las cosas de otra manera, a cambiar. Es lo que ha ido ocurriendo con esta persona: después de la conversación con su ex novia finalmente pudo confrontar y enfrentar su dolor, llorar por lo que hubiera querido hacer diferente y escribir detalladamente –como si fuera un ritual- todas las culpas que llevaba cargando en los últimos tres años. Esto le permitió darse cuenta de que podía hacer las cosas de otra manera.

Como él, son muchas las personas con las que me encuentro que sufren mucho porque se sienten culpables de diferentes cosas y, sin darse cuenta, convierten sus culpas en una auto-condena de la cual se hacen prisioneros. Paradójicamente la mayoría de las veces son culpas que no les imponen los demás sino que se impone cada una a sí misma, lo cual hace más difícil ‘quitárselas de encima’; la ‘auto-culpabilidad’ va casi siempre acompañada de una creencia: que la mejor manera de “expiar” esas culpas es culpándose, castigándose con la culpa.

El trabajo que he hecho hasta ahora con varias personas que están en estas circunstancias me ha mostrado que la culpa no sólo no sana el dolor que ella misma produce sino que lo intensifica, bloquea la posibilidad de perdonarse a sí mismo y además obstaculiza la posibilidad de cambiar. A diferencia de la culpa, hacerse responsable de los actos propios abre la posibilidad de perdonarse a sí mismo y hacer las cosas de otra manera. Y una primera manera de empezar a hacer este cambio es sin duda a través del lenguaje: sentirse responsables de lo que viven, como efectivamente somos. Pero no culpables.

Psicóloga – Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

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