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Opinión

  • | 2004/10/10 00:00

    La cultura basura

    Ojalá los medios y las editoriales fuéramos capaces de vaciar sobre las mentes abiertas y fértiles de tantos lectores una cultura con altura

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Para decirlo con rimas y del modo más impopular posible: hay una cultura de altura y una cultura basura. La que aquí prefieren y difunden con frívolo frenesí los medios es la cultura basura. Para entender lo nefasto que es este fenómeno hay que tener en cuenta que la incultura no consiste en una ausencia de cultura (eso sería una sin-cultura), que la incultura no es un

estado de vacío, sino de llenura: los incultos están llenos de una seudocultura lamentable o, para ser más precisos, de eso que Bertrand Russell llamaba "intellectual rubbish", o basura intelectual.

Lo típico del in-culto (alguien que ha recibido la aculturación de los escombros) no es que no sepa nada de poesía, de arte, de música o de ciencias; lo típico del inculto es creer que Juanes es el non plus ultra de la música y de la poesía -porque vende un CD cada nueve segundos y cada minuto repite nueve veces la expresión 'chimba'-, que la buena narrativa se llama Paulo Coelho y que la última palabra en sicología y en la Vía Láctea la tienen Deepak Chopra y Mauricio Puerta. Inculto no es el que no sabe cuántos planetas hay; inculto es el que 'sabe' que cuando Saturno pasa por alguna parte del cielo los niños nacidos en ese instante tendrán carácter saturnino.

Incluso cuando los periódicos y la televisión se quieren ocupar de un tema serio lo que hacen es llamar al impostor o al charlatán de turno, es decir, al que haga más escándalos con insultos baratos y chismes de comadre, y no a las personas capaces de un análisis más serio y profundo. Siempre existe el tarado mental que se presta a hablar, por ejemplo, de la narrativa colombiana en términos de boxeador capaz de hipar un ladrido y de pegar un mordisco, pero no de hilar un razonamiento. Y así los medios ayudan a que crezca la montaña de escombros, a que el cerebro de sus lectores se convierta en un rastrojo donde no se puede cultivar ninguna planta verdaderamente importante. O hermosa, o terrible, pero útil.

Esto fue lo que denunciaron, en una conversación excepcional (excepcional por lo insólita y por lo precisa), dos intelectuales serios la semana pasada, en una nota publicada por El Espectador. Juan Manuel Roca, recientemente galardonado con el Premio Nacional de Poesía, y Mario Jursich, defendieron con muy buenos argumentos a la cultura-cultura contra la cultura-espectáculo que se viene imponiendo en el país y en el mundo. Roca señala la trivialización de la cultura y nota un tic lingüístico muy sintomático: "La palabra que más se usa, a propósito de cualquier cosa, es 'espectacular'. El cuerpo de una mujer, un partido de fútbol... Incluso un locutor definió el terremoto del Eje Cafetero como espectacular". Eso por no decir que las secciones de cultura de los periódicos se llaman 'Cultura y espectáculo', y en realidad tienen mucho de espectáculo -farándula- y casi nada de cultura.

Roca y Jursich, en esa inteligente conversación, defienden con elegancia intelectual (y sin estridencias espectaculares, porque el espectáculo anula la reflexión) el placer más sereno y contemplativo de la lectura de poesía, en contra de la chabacanería de muchos novelistas de farándula. También protestan por el abandono de toda publicación poética en los grandes medios y en las grandes editoriales. Y Mario Jursich recuerda que "la poesía tiene un efecto higiénico para el pensamiento. En una mente que ha leído poesía, es bastante difícil que afloren la cháchara y las verdades a medias. Una mente alimentada con poesía se inclina por la precisión y la claridad".

Es posible que también sea culpa de los medios si lo que más se sabe de los poetas es su faceta menos interesante: su vida bohemia, sus excesos etílicos, sus momentos de excentricidad. La idea popular del escritor se acerca mucho a la del loco. Tal vez no saben que detrás de un buen libro lo que hay no es una vida entregada al delirio, sino una disciplina casi monacal, una monótona rutina de empleado bancario, que si se salpica a veces con explosiones de fiesta es precisamente porque no se aguanta todo el tiempo tanta concentración.

Ojalá los medios y las editoriales (y esto es responsabilidad de todos) fuéramos capaces de vaciar sobre las mentes abiertas y fértiles de tantos lectores sedientos de cultura con altura, no los escombros de basura espectacular que les damos diariamente, sino dosis más medidas y pensadas de verdadera hondura y seriedad de pensamiento, tanto en artes como en ciencias y en literatura. A Bach y a Pessoa, a Bob Dylan y a Vinicius de Moraes, a Picasso y a Darwin, a De Greiff y a Juan Manuel Roca no se llega por el camino de las divas de silicona ni de los seudointelectuales atrabiliarios. Conseguir que el país sea más culto, es decir, que tenga unos cerebros mejor cultivados y menos dispuestos a dejarse seducir por la basura intelectual requiere unas páginas, espacios y suplementos culturales hechos por personas más cultas y no por muchachitos y muchachitas 'espectaculares'.
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