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Opinión

  • | 2001/11/05 00:00

    La cultura del saqueo

    “Todos saqueamos aquí. Desde los congresistas que saquean el Congreso hasta los ‘desechables’ que saquean los carros de los congresistas”

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No he visto suficientemente subrayada por los historiadores de la economía una de las causas principales, a mi juicio de profano, de la pobreza de este país tan rico: el saqueo. En Colombia nunca se crea riqueza: se saquea la que hay. Somos los descendientes, en la sangre y en el espíritu, de esos españoles ávidos del siglo XVI, que no vinieron a conquistar nada, como podría deducirse erróneamente de su apelativo de ‘conquistadores’, sino a saquear lo que hubiera e irse de vuelta a España a gastar el botín, dejando a sus espaldas una tierra arrasada. Parece ser que el incendio del Templo del Sol en Sugamuxi duró varias semanas —algunos dicen que cinco años— sin que a la soldadesca de Rendón se le ocurriera intentar apagar el fuego: seguía saqueando.

¿No es exactamente eso lo que al cabo de 500 años sigue sucediendo en casos tan diversos como el de la quiebra de la Clínica Shaio, saqueada suicidamente por sus trabajadores?; ¿o el de los Patios de la Circulación, donde los vigilantes saquean impunemente los vehículos retenidos; ¿o el de las Empresas Públicas de Cali, tomadas a saco por un contubernio de gerentes, sindicalistas y alcaldes? Hay que ver cómo quedan las casas incautadas de los narcos después de que por ellas ha pasado un bloque de búsqueda de la Fiscalía saqueando la grifería de oro y un parche de indigentes saqueando los colchones. Hay que ver cómo quedan los pueblos cuando pasan las Farc saqueando la Caja Agraria e incendiando lo demás. Hay que ver cómo quedó, ya que la menciono, la Caja Agraria en su conjunto, tras el paso de los políticos, los gerentes, los sindicatos. Cómo quedó el poderoso río Magdalena después de que lo saquearan los pescadores con dinamita, los madereros, los ganaderos, los petroleros, los guerrilleros, los paramilitares. Cómo quedan las selvas cuando pasan por ellas los colonos con sus hachas, los narcos con sus cocales, la Policía con sus fumigaciones. Cómo quedan las ciudades cuando llegan, como el caballo de Atila, los urbanizadores piratas con sus concejales.

¿Se acuerdan ustedes de aquello que, por novedoso, se llamó “el robo de Caldas”? Desde entonces se han robado también todos los demás departamentos. ¿Recuerdan ese paraíso terrenal que fue, en tiempos, la isla de San Andrés? Pues para allá va también Providencia (y ambos, para Nicaragua). ¿Ustedes conocieron los Llanos Orientales con venados y chigüiros, la Sabana de Bogotá con palomas y patos? Y no les voy a preguntar por cosas demasiado remotas, como el Canal del Dique con manatíes y caimanes; pero ¿se acuerdan de la carrera 17 de Bogotá con esos buses eléctricos que se llamaban trolleys? Yo pude ver, todavía en mi adolescencia, los últimos trolleys bogotanos abandonados en un potrero de la Lotería de Cundinamarca, sin ruedas ni ejes, como osamenta de elefantes, cuando ya de la Empresa Distrital de Transportes saqueada hasta la médula no quedaba más vehículo que el Mercedes Benz del gerente, que después lo vendió.

Pero no es sólo que los colombianos saqueemos el Estado, que nos saquea a su vez. También nos saqueamos los unos a los otros. Es el caso de la reiterativa crisis del sector financiero, en la cual los dueños de los bancos los dejan convertidos en cascarones vacíos que el Estado se apresura a rellenar para que sean saqueados y quebrados de nuevo por banqueros que huyen a Costa Rica o Panamá. (Ahora han venido banqueros españoles a rescatarlos. “Rescate” se llamaba, en tiempos de la conquista, el hecho de cambiar baratijas de vidrio por oro de ley. Porque, como hace 500 años, además de saquearnos nosotros mismos ayudamos a que nos saqueen nuevos conquistadores: empresas multinacionales del petróleo, de la electricidad, de las comunicaciones, de la construcción de metros o de la repavimentación de calles; o, por supuesto, de armamento).

Todos saqueamos aquí. Desde los congresistas que saquean al Congreso hasta los ‘desechables’ que saquean los carros de los congresistas. Cuando el famoso 9 de abril del año 48, el pueblo —ese que los saqueadores de arriba llaman “pueblo soberano”— salió a las calles a saquear ferreterías y licoreras, así como el Palacio Arzobispal, desde donde los arzobispos llevaban varios siglos saqueando al pueblo.

Mucho se ha hablado, en los últimos 20 años, de nuestra “cultura de la violencia”. Sería bueno que los investigadores académicos estudiaran también un poco nuestra cultura del saqueo.
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