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Opinión

  • | 2006/02/05 00:00

    La cultura de la queja

    Hubo comunicados públicos donde se protestaba porque no habían invitado al maestro Germán Espinosa. Resultó que no había podido ir por problemas de salud

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Unos señores ingleses resuelven hacer un festival literario en Cartagena. Ellos tienen la plata o se la consiguen con empresas privadas y traen a Colombia a algunos de los escritores británicos y españoles más reconocidos del momento: Vikram Seth, Hanif Kureishi, Enrique Vila-Matas, Javier Cercas. Traen también a algunos escritores venezolanos y argentinos.

Al mismo tiempo, hacen que coincida en el mismo sitio un grupo de escritores, artistas y periodistas locales. No veo la necesidad de juzgar si son los mejores o los más malos de Colombia. La idea era invitar a un grupo más o menos representativo de lo que se hace hoy aquí, y listo. Algunos faltaban, otros sobraban, lo que siempre pasa.

Los organizadores no reúnen a los escritores en un búnker inaccesible. Los ponen a hablar, a leer y a discutir en público, en teatros y en claustros. A los estudiantes de literatura les organizan un vuelo chárter barato desde Bogotá para que viajen y, si las piden con tiempo, les dan boletas gratis. Para el resto del público las entradas son a 5.000 pesos. Las boletas se agotan, pero, con boleta o sin boleta, la ciudad es una fiesta e incluso del profundo sur de Colombia (Pasto, Popayán, Cali) llegan en bus algunos estudiantes. La mayoría están felices y pasan bueno. Duermen en casas de amigos o en hamacas. Venden separadores de libros para pagarse el ron. En fin, se arma un jolgorio popular alrededor de los libros y la literatura; las librerías que agonizaban, resucitan. En las bibliotecas se leen más libros.

Pero siempre hay un pero, decía Pinocho. Resulta que hay un grupo de escritores y de muchachos que nunca están contentos con nada: para ellos hay algo sucio en este festival, y protestan, se quejan. Publican cartas y hacen manifiestos. Un genio oculto sospecha que detrás del Festival hay un complot político imperialista. Dice que el Hay es un cheque de letras neoliberal, un espectáculo montado por García Márquez y William Ospina para lavarle la imagen al paramilitar Uribe y que en esta turbia y sórdida maniobra los que más pierden son los negros cartageneros que no saben leer ni escribir. Otro genio, y boxeador, desde su ameno refugio en Italia, dice que tiene asco porque los escritores visitantes se quedan en la parte bonita de Cartagena sin ir a las partes más feas ni ver la realidad de la pobreza.

Tal vez el próximo Hay deberían programarlo en el basurero de Tunja, para que vean que también aquí huele a podrido. A los quejumbrosos no les importa que Savater visite el Nelson Mandela, que los bailarines del Colegio del Cuerpo -un maravilloso espectáculo de Álvaro Restrepo- vengan también de ese barrio de desplazados, ni que Vikram Seth y otros escritores vayan a las zonas más populares a beber y conversar con los jóvenes, ni que los que vienen no sean bobos ni ciegos. Aunque los alojen en el Santa Teresa, se dan cuenta de que Cartagena es muchas otras cosas, fuera de las murallas, mejores y peores. La miseria y la injusticia de Cartagena son de las más terribles de Colombia, sin duda, pero ¿implica esto que haya que suspender cualquier actividad cultural hasta que hayamos conseguido el ideal de justicia para todos?

También los estudiantes, en un momento dado, se rebotan. Como les dieron boletas gratis y pasajes baratos, dicen que a ellos "no los compran tan fácil" y que se van a hacer un Contrafestival en Bocagrande (una zona igual de cara, pero menos de moda). No sé si al fin lo hicieron, pero que un festival genere un festival alternativo, también es un logro. Lo que me pregunto es, si tenían ideas tan buenas y brillantes de encuentros literarios de otro tipo, ¿por qué no las habían hecho antes?

Otros se indignan porque los bogotanos ricos se fueron a Cartagena a oír poesía. Puede que el viaje haya sido oportunista pero, ¿qué importa? Siempre los hemos criticado porque sólo van a los reinados de belleza o a las parrandas de fin de año. Si los ricos arman algo mundano alrededor de los libros, tal vez eso no les haga daño a los ricos ni a los libros. Parece ser que muchos miran e imitan a los ricos, y una moda de lectura no creo que nos sobre en un país generalmente iletrado.

Cada cual habla de la fiesta según como le va en ella. A mí me invitaron al festival y me encantó que todos los eventos estuvieran repletos de un público crítico y atento. No tengo el sentimiento que puede ser el origen de la rabia de otros, porque la envidia es una enfermedad muy humana, muy difundida y muy contagiosa. Para señalar lo malévolo y elitista de la fiesta, hubo comunicados públicos donde se protestaba porque no habían invitado al maestro cartagenero Germán Espinosa. Resultó que había sido invitado con insistencia, pero no pudo ir por problemas de salud. Sucede que en Colombia todo se vuelve un motivo de queja. Hasta lo bueno que nos pasa, tan escaso, lo convertimos en queja. Lo malo es que yo también me estoy quejando de los que se quejan, cuando debería dejarlos tranquilos, cocinándose solos en su propia salsa de resentimiento.
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