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Opinión

  • | 2007/02/17 00:00

    La debacle

    A uribe no se le puede desconocer que inició un proceso que, si bien tiene defectos, permitió que la mano de la justicia llegara a la clase política

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La debacle de la semana pasada, en virtud de la captura de varios congresistas estrella vinculados por la Corte Suprema a la para-política, es el desenlace de dos factores combinados: el primero, que el paramilitarismo le ganó la guerra a la guerrilla en varios territorios del país que antes eran controlados por ella.

El segundo, que el presidente Uribe inició un proceso tendiente a tratar de enderezar los excesos que se cometieron para conseguir ese triunfo o para consolidarlo, que llegaron hasta el punto de repugnar profundamente al país que en un comienzo se indentificaba con la causa paramilitar.

Que el paramilitarismo doblegó a la guerrilla es un hecho: ésta dominaba antes todo el territorio nacional, con muy escasas excepciones, y hoy está relegada a las selvas del sur del país. Los paramilitares se convirtieron en los abanderados de la propiedad privada, lo que en Estados Unidos equivaldría a los freedom fighters que luchan para resguardar las fronteras de los inmigrantes ilegales o en su época a lo que representaron los contras en la revolución nicaragüense. Los hacendados y ganaderos pudieron regresar a sus actividades económicas y en un momento pareció que la solución ante el abandono del Estado y la desprotección institucional era esa. Pero como toda fuerza irregular, el paramilitarismo cayó en los peores excesos de criminalidad, desde las motosierras hasta las masacres, pasando por el narcotráfico y finalmente haciendo el tránsito hacia un sofisticado esquema para-político.

Uribe comprendió que esos excesos, producto de que los paramilitares se emborracharon de gloria, había que enderezarlos para reimplantar la institucionalidad. La repugnancia del país ante las cosas que estaban sucediendo en nombre de la bandera antiguerrillera se había vuelto incontenible.

Pero claro, para los enemigos del gobierno el Presidente cayó en la trampa que él mismo se habría tendido, porque jamás calculó que el coletazo del proceso de desmonte paramilitar que él mismo inició le pegó más duro a su propia bancada, de donde proviene la mayor cantidad de los detenidos.

Desde luego que ese no era un efecto que buscaba conscientemente el Presidente. Al respecto se oye gente feliz que celebra que la Ley de Justicia y Paz se le hubiera convertido a Uribe en una especie de caja de Pandora, de la que salieron unos monstruos que resultaron ser varios de sus más valiosos aliados políticos.

Lo justo sería reconocer que ninguno de los que hoy están presos lo estaría si no existiera un proceso de desmovilización, de verdad y de reparación, que ha permitido reunir las fichas del mapa paramilitar que la justicia tenía revueltas e incompletas.

Al respecto, los enemigos del proceso pueden seguir diciendo todo lo que dicen, porque es verdad.

Es verdad que necesariamente se va a incurrir en algún grado, tal vez mayor que menor, de impunidad.

Es verdad que posiblemente no se consiga toda la verdad.

Es verdad que los paras tienen escondidos sus bienes tras una maraña de testaferros y que intentarán resarcir a sus víctimas con lo mínimo posible.

Es verdad que han seguido delinquiendo desde el lugar de su reclusión.

Es verdad que conservan algún poder para seguir influyendo políticamente en sus regiones.

Es verdad que su desmovilización no implica automáticamente el desmonte de su estructura mafiosa.

Es verdad que, por ahora en una mínima parte, han vuelto a rearmarse y han continuado con sus andanzas delictivas.

Pero en justicia, al presidente Uribe no se le puede desconocer su iniciativa de poner en marcha un proceso que, si bien contiene todos los defectos anteriores, abrió la puerta para que la mano de la justicia llegara hasta la clase política, que apenas fue acariciada por ella durante el fenómeno que nos trajo hasta donde estamos, que fue el auge de la para-política en tiempos de la campaña y del gobierno Samper.

Desde luego que el presidente Uribe debe estar lamentando la pérdida de aliados clave en el trabajo electoral y en el parlamentario. Pero lo que ha sucedido es consecuencia de la puesta en marcha de un proceso que es experimental en el mundo entero, que tenía que llegar hasta las mayores profundidades y que naturalmente iba a arrastrar parte de las estructuras sociales, políticas, económicas y militares donde se acunó el paramilitarismo. ¿Será que el presidente Uribe es tan ingenuo como para no habérsele ocurrido que esto llegaría a suceder?

Por lo que a mí respecta, y ¡cómo será la rabia de ciertas personas cuando lo diga!, prefiero mil veces estar en las que estamos, que estar como estábamos.
 


ENTRETANTO... Yamid Júnior: ¡Dios no lo quiera! ¿Será que todas las filtraciones sobre el 'maestro Poncho' indican que estuvo en una de esas nefastas parrandas vallenatas?


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