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Opinión

  • | 2002/07/08 00:00

    La decisión en cuestión

    Para qué los aburro con detalles: en la terraza las materas están vacías y ningún par de pantuflas está completo

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La decisiOn en cuestiOn sobre la persona en cuestión no se tomó en forma apresurada. Vivir en apartamento impone ciertas limitaciones en materia de adopción de mascotas, pero profesores, sicólogos, siquiatras, cuñados y hasta amigos nos lo aconsejaban insistentemente, con el argumento de que era una terapia espectacular para los niños.

Un buen día, asida de la mano del jefe de mi hogar ?quien me dejó en claro su absoluto desacuerdo y todavía me lo saca en cara?, lo hicimos: tomamos la decisión en cuestión. Y 'Quince' (bautizado así en honor al onomástico de su principal propietario) ingresó a nuestras vidas para, sin que todavía lo supiéramos, alterarlas por siempre.

Desde entonces han pasado tres meses y las cosas efectivamente han cambiado en el seno de este hogar. Las despertadas son ahora con horario de celador. Nuestros amigos nos han retirado los afectos. Se ha desequilibrado notablemente el presupuesto familiar. Y para colmo, estamos a punto ?e involuntariamente? de trastearnos.

'Quince' tuvo la amabilidad de adelantar en una hora la despertada de los miembros de esta familia. A las 5:12 minutos de la mañana flat, ni un minuto más, ni uno menos, exige su desayuno de la única manera como él sabe hacerlo: tumbando el edificio. Personalmente se lo llevo mientras los demás se zambullen cobardemente entre las cobijas para ahuyentar la alharaca. Debo ir saltando obstáculos con cuidado: a esa hora la terraza está sembrada de olorosas minas ensucia-patas que podrían terminar distribuidas por el corredor principal de la casa, como evidentemente sucede a cada rato.

Quizás el momento culmen de esta experiencia lo vivió el jefe del hogar una mañana en la que buscaba un martillo en el clóset.

Ahí estaba aquello, inmóvil e hipócritamente pestilente, camuflado en la puerta de la entrada. Y ¡zas! Se paró encima.

Eso hubiera podido controlarse si, aún inadvertidamente, no hubiera atravesado a toda carrera la casa, esparciendo por todos lados la plasta, para responder una de esas llamadas telefónicas que le vuelan a uno la piedra: era nuestro hijo mayor, para informarnos que se le habían llevado el carro para los patios. El olor y la noticia convergieron. Y mientras yo intentaba dócilmente quitarle el zapato, el jefe del hogar pronunciaba ciertas palabras en cierto tono que... bueno. La imaginación es suficiente.

No sé si fue desde entonces que el apartamento ha cambiado de aroma. Y no sé si sea por ello que desde hace días nuestros amigos nos sacan el cuerpo. Nadie se ha vuelto a dejar invitar. Pero los niños ?hay que ser niño para no dejarse derrotar por estos desplantes? han decidido solucionar el problema a la brava, esparciendo generosamente por sus cuartos frascos enteros de finas colonias francesas, sustraídas clandestinamente de los inventarios del jefe de la casa, con la esperanza de que todo vuelva a ser ?y a oler? como antes.

Pero es que ni ya la plata del presupuesto familiar alcanza. Las idas al veterinario y las vacunas de rigor, han salido costando más que el by-pass que el mes pasado le hicieron a mi abuela.

Hablémoslo sin tapujos: los dominicales de Glenda, nuestra asesora doméstica, se nos han convertido en la peor pesadilla. Esos días tranquilos, que antaño utilizábamos para perecear hasta tarde y leer esmeradamente los periódicos han sido alterados: ahora el jefe del hogar, los niños y yo integramos lo que llamamos "las brigadas popó", encargadas de desinfectar dos veces al día la terraza entre manguerada y manguerada y arqueada y arqueada.

Hemos consultado el problema con especialistas que nos han aconsejado premiarlo con unas galleticas si él se acomide a depositar sus asuntos en el lugar señalado. Ya no quedan galleticas. Y no sobra decir que ninguna de ellas se le ha dado aún por ese motivo.

Para qué los aburro con detalles insignificantes: en la terraza las materas, adornadas antaño con espectaculares hortensias, pensamientos, margaritas, están vacías. De un día para otro ningún par de pantuflas de esta casa está completo. Las medias tampoco, pero la que aún sobrevive está llena de huecos. Y los cables de las lámparas están todos pelados, por lo que ahora preferimos leer a luz de vela por el susto de electrocutarnos.

'Quince' aún ni se sospecha que muy pronto nos trastearemos. Su efusividad y puntualidad matinales terminaron por desesperar a nuestros vecinos, quienes nos han dado un plazo perentorio para desalojar.

Cinco y veinte de la mañana. Ya es hora: el edificio se está cimbroneando y los ladridos se alcanzan a oír en Faca. Mientras me levanto maldigo a todos aquellos profesores, siquiatras, sicólogos, cuñados y amigos que nos aseguraron que tomar la decisión en cuestión iba a ser una experiencia, como efectivamente lo ha sido, inolvidable.



ENTRETANTO? Consultados los niños acerca de la columna coincidieron en el diagnóstico. "Mamá, haces quedar pésimo al perro". Y consultado el jefe del hogar sobre el grado de ridiculez de la columna diagnosticó secamente: "Debe haber alguien a quien todo esto le parezca chistoso".
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