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Opinión

  • | 1992/03/16 00:00

    La "desembushada

    El episodio del Japón hizo que entrara por Bahías eso que los jóvenes javerianos llaman el "oso ajeno"

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LA CACHAQUERIA BOGOTANA LO LLAMA "devolver atenciones", que es una forma hipócrita, cómo todo en la cachaquería bogotana, de denominar ese horrible episodio humano que es la acción de vomitar.
De la palabra para abajo todo es repulsivo. Pero en el anecdotario de George Bush la cosa reviste dramáticos agravantes. Porque si vomitar en público es una escalofriante perspectiva, lo es más cuando el que vomita es el Presidente de los Estados Unidos, y lo hace encima del Primer Ministro japonés, en un banquete en honor del primero, que está siendo filmado para transmitirse en el mundo entero.
Desde que las imágenes del mandatario norteamericano en proceso de desmayarse en pleno banquete recorrieron el planeta a través de la televisión, a mí me entró por Bush eso que los jóvenes javerianos llaman ahora el "oso ajeno": un manojo de sentimientos que mezclan la conmiseración hacia la víctima con unas ganas horribles de no estar en sus calzones. Y supuse que el Presidente, particularmente en épocas de asgitación preelectoral, se iba a proponer borrar de sus coterráneos el recuerdo de la verguenza vivida en el Japón, que lo retrata como un hombre totalmente distinto de la imagen que uno supone que debe proyectar un Presidente de los EE.UU. La de un superhéroe alejado de los achaques de la salud, y concretamente de la indigestión.
Sin embargo, no fue así. Lejos de echarle tierra al episodio, el presidente Bush se ha dedicado a recordarlo cada vez que puede, sin recurrir siquiera a filtros idiomáticos como el inventado por los bogotanos para ahorrarse el esfuerzo de pronunciar la palabra prohibida. No. La dice entera, la mezcla con política, se ríe de ella y la ha convertido en una de sus principales herramientas de campaña. Para la muestra, varios botones.
Durante una reciente intervencion en New Hampshire, en la que se proponía defender la importancia de la fe, afirmó: "Alguien me dijo... rezamos mucho por usted mientras estaba en el Japón. Pero eso no fue solamente porque me vomité sobre el Primer Ministro japonés. ¿Dónde estaba él cuando yo lo necesitaba? Déjenme decirles algo.
(...) No se puede ser Presidente de los EE. UU. si no se tiene fe".
Y en otra salida pública, en la que hizo referencia a su esposa,dijo: " Todos están hablando sobre Barbara, la echamos mucho de menos. Y le dije que no la necesitaba, que no iba a vomitar... Yme gustaría recibir un préstamo porque lavar en seco un traje en Japón es muy caro, y el Primer Ministro tenía puesto uno muy costoso... ".
Y como si fuera poco, en el discurso anual ante el Congreso, en el que el país entero tenía puestos los ojos y oídos ante la difícil recesión por la que atraviesa la economía, y del que dependía en buena parte las posibilidades de su reelección, Bush arrancó con un nuevo toque de humor relacionado con el tema: después de saludar a los congresistas comentó que entendía por qué su vicepresidente Dan Quayle estaba sentado detrás de él, y no al lado. "Así no tiene peligro de que me le vomite encima".
Este espontáneo desahogo de Bush, en el sentido exacto de la palabra, me ha llenado de argumentos en relación con algo que yo ya había concluido sobre la política colombiana: su extraordinario decoro. Desde luego, se sale de cualquier posibilidad que un presidente colombiano hable de sus dolencias físicas, ni siquiera de las que son de buen recibo, en algún discurso público. Ni que se levante su camisa ante las cámaras de televisión, para mostrar la cicatriz de una reciente operación, como le vimos hacer en alguna oportunidad a un antecesor. de Bush, el ex presidente Henry Ford. Ni a una primera dama colombiana hablando de su mamografía en una "Cita con Pacheco", como hizo con Barbara Walters la ilustre esposa del anterior, o de sus problemas alcohólicos.
Más aún. El caso colombiano es incluso excepcional en el propio continente latinoamericano, donde los presidentes ventilan sus diferencias matrimoniales en la calle, y preferiblemente ante las cámaras de televisión (caso Menem), o donde se las arreglan para instalarse en la sede presidencial con esposa y amante (caso Carlos Andrés Pérez), alternando con una o con otra dependiendo del estado de ánimo en el que se encuentre.
Yo no sé,qué piensen ustedes. Pero yo tengo el orgulloso convencimiento de que nuestros mandatarios pueden tener cualquier defecto, menos el de trasladar al ámbito público aquellas cosas que sólo se hacen o se dicen en privado.
Así que por ese lado se la tenemos ganada a los norteamericanos. Porque mientras nosotros podemos confiar en la discreción de nuestros presidentes, los norteamericanos deben estar desvelándose pensando en los discursos que echará Bush la próxima vez que tenga una diarrea.
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