Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1992/10/19 00:00

LA DESESPERACION DEL PERU

LOS PERUANOS ESTAN DESESPERADOS. Y TIENEN TODAS LAS RAZONES DEL MUNDO PARA ESTARLO. AL PERU LE HAN TRAICIONADO CIEN VECES LA ESPERANZA

LA DESESPERACION DEL PERU

CAYO PRESO ABIMAEL GUZMAN, EL CLANdestino ex profesor de filosofía de Ayacucho especialista en Kant, el fundador y jefe de Sendero Luminoso, la Cuarta Espada de la Revolución, el camarada presidente Gonzalo, el hombre que hace 15 años desató en el Perú una guerra popular prolongada destinada a arrasarlo. Vivía en una casa de clase media en Lima, y se hacía videos familiares bailando el sirtaki como Zorba el griego y bebiendo vodka escandinavo.
Todo eso es completamente absurdo. Que a un niño le pongan el nombre abisal y arcangélico de Abimael; que alguien, en las montañas desoladas de Ayacucho (el "rincón de los muertos", en quechua), se especialice en la filosofía de Kant; que luego, leyendo a Mao tsé tung en las ediciones en rústica de Lenguas Extranjeras de Pekín, decida trasplantar a la cordillera de los Andes las conclusiones del Foro de Yenán sobre la guerra revolucionaria en China; que funde un movimiento armado llamado Sendero Luminoso (y más absurdo todavía es su nombre verdadero: Partido Comunista Marxista Leninista del Perú, Pensamiento Camarada Gonzalo); que sus seguidores lo consideren algo tan ex travagante como "Cuarta Espada de la Revolución", mezcla de carta de la baraja del Tarot y concepto del Apocalipsis de San Juan; que se haga filmar en video mientras baila el sirtaki; que se llame presidente Gonzalo. ¿Por qué Gonzalo? Pero más bien: ¿por qué Sendero? Hay que estar desesperado para ser senderista en el Perú: para ahorcar perros de los árboles y colgarles un letrero que diga "muerte a Deng siao ping", que es un anciano que vive al otro lado del mundo; para poner bombas en los rancheríos miserables de los "pueblos jóvenes", como llaman a las inmensas barriadas de pobres que circundan a Lima, "la horrible"; para cortarles las manos a los campesinos de la sierra sospechosos de colaborar con el gobierno; para encender hogueras que dibujan la hoz y el martillo en los cerros de arena en torno a Lima cuando la visita el Papa; para esperar el triunfo en las cárceles atroces de El Callao, canturreando consignas y pintando en las paredes murales de proletarios felices que aclaman al Camarada Gonzalo, Cuarta Espada de la Revolución.
Hay que estar desesperado, pero es que los peruanos lo están. También hay que estar desesperado para ser policía en Ayacucho o en Chimbote, y hay muchos.
O para ser vendedor ambulante, coronel de infantería, campesino cocalero, ministro de Economía y Finanzas, poeta. Y los hay, en el Perú. Hasta un peruano en apariencia tan equilibrado como el novelista Mario Vargas Llosa no vaciló en ser candidato a la presidencia, y hay que estar desesperado para querer ser candidato a la presidencia del Perú: ese país que lleva siglos deshaciéndose, como tragado por un agujero negro de entropía. Eso es lo que sucede: los peruanos están desesperados.
Y tienen todas las razones del mundo para estarlo.
No la simple injusticia ni la simple miseria, ni solamente la violencia, pan común de casi toda la humanidad en todos los tiempos. Sino, precisamente, la falta de esperanza. Al Perú le han traicionado 100 veces la esperanza. Se la traicionó hace seis meses Fujimori, ese desconocido candidato japonés cuya victoria en las elecciones era el penúltimo recurso de la desesperación. Se la había traicionado el Apra, ese partido que duró 60 años perseguido y encarnó la esperanza durante 60 años, antes de traicionarla minuciosamente en sólo cinco de poder frívolo y corrompido. Y antes del Apra, la revolución frustrada de la dictadura militar.
Y antes, los gobiernos ineptos de los oligarcas, de los generales, de los virreyes, de los conquistadores, esos dioses barbudos que llegaron del mar, y no eran dioses.
En ese desierto de desesperación quedaba un último rescoldo de esperanza, absurdo y paradójico que era Sendero Luminoso: la esperanza del horror. Y ahora acaba de caer preso Abimael Guzmán, y resulta que, como los candidatos japoneses y los apristas perseguidos, como los generales y los conquistadores, también él era un pobre diablo. Es bueno que haya caído preso: pero en el Perú ya no queda otra cosa que el horror.

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