09 abril 2013

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La dificultad de caminar pal mismo lado

Por Armando Neira, director de Semana.com

OPINIÓN El 9 de abril evidenció esa imposibilidad, tan colombiana, de sumarse a propósitos comunes.

La dificultad de caminar pal mismo lado . Petro y Santos se pusieron de acuerdo, se encontraron y sembraron un árbol. Era el símbolo de que la reconciliación es posible entre un exguerrillero desmovilizado y una de las figuras más representativas del establecimiento.
Cortesía Canal Capital
Petro y Santos se pusieron de acuerdo, se encontraron y sembraron un árbol. Era el símbolo de que la reconciliación es posible entre un exguerrillero desmovilizado y una de las figuras más representativas del establecimiento.
En algunos buses de transporte público junto al timbre hay una caricatura de dos burros atados a los extremos de una misma cuerda. De las cabezas de los jumentos salen gotas de sudor por el esfuerzo que hace cada uno, mientras en el centro permanece intacta la paca de heno. La imagen viene a cuento a propósito de las marchas que este 9 de abril se realizaron en Colombia. Nunca se sabrá cuánta gente salió porque, como en la ilustración, cada uno tiraba para su lado.

Aunque los participantes, que bien pudieron ser miles o millones, tienen el convencimiento de que la única salida al conflicto armado es negociando en una mesa, lo sucedido este martes puso en evidencia esa dificultad, tan colombiana, de sumarse a propósitos comunes. En España, por ejemplo, cuando hay una manifestación, todos, absolutamente todos, los líderes políticos de peso se reúnen previamente y tras muchas discusiones acuerdan una sola consigna para la pancarta. “No más ETA”, por citar un caso. Luego se fija una hora exacta, los puntos de salida y fin para caminar y, claro, una sola ruta. Cada uno de los representantes más conocidos de las colectividades, sea el izquierdista Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el derechista Partido Popular (PP) o el comunista Izquierda Unida (IZ), toma con sus manos el letrero. Detrás de ellos van siempre uno, dos millones de personas.

¿Habría podido haber una movilización semejante este martes en el país? ¿Cómo saberlo, si cada uno de los líderes más representativos tenía su propio discurso y estaba en un lugar distinto? Así, por ejemplo, a la misma hora esta mañana en Bogotá estaba el presidente Juan Manuel Santos en la Plaza y Monumento a los Caídos, en el Centro Administrativo Nacional (CAN); el alcalde Gustavo Petro, a unos kilómetros de distancia, en el Centro de Memoria de las Víctimas de la Violencia; mientras Piedad Córdoba estaba pendiente de la entrada de la Marcha Patriótica por el sur de la ciudad, encabezada por los desplazados.

Los camarógrafos de los canales privados hacían esfuerzos por mostrar una sola imagen que simbolizara la dimensión de la movilización. Las aeronaves iban de aquí para allá enfocando a cientos de personas con camisas blancas que parecían caminar sin rumbo. Entretanto, en las emisoras discutían si al sumar todas esas individualidades el número podría igualar o superar al que salió el 4 de febrero del 2008 con un solo grito: “No más FARC”.

Mientras la mañana se esfumaba, los opositores se mostraban cohesionados. Al extremo llegó esta unidad de que los hijos del expresidente Álvaro Uribe Vélez retuiteaban encantados los trinos de por qué no participar en la marcha que escribía Jorge Robledo, el senador más mediático del Polo Democrático Alternativo (PDA).

¿Qué habría pasado, por citar un ejemplo, si Santos, Piedad y Petro se hubieran puesto de acuerdo? Al final de cuentas cada uno por su lado tocó algunas de las heridas más profundas que nos ha dejado medio siglo de guerra. El Monumento de los Caídos es un homenaje a la memoria de 25.000 miembros de la fuerza pública que han entregado su vida en 50 años de guerra. ¡25.000! La mayoría jóvenes soldados y policías. Y eso sin contar a 100.000 heridos. ¡100.000! Que con un porcentaje de mutilados o en silla de ruedas es una catástrofe. Las paredes del Centro de Memoria está hechas con tierra traída de lugares donde han ocurrido las más sangrientas masacres como El Salado, en Bolívar, y El Tigre, en Putumayo; y la fila de desplazados que entró por el sur representa a una población de cuatro millones de víctimas que han tenido que irse por la fuerza de sus lugares de nacimiento. No se sabe cuál tragedia de estas es peor. Cuál es la más triste.

De lo que sí están convencidos Santos, Piedad y Petro es que la única manera de ponerle fin a este horror es firmar la paz en una mesa. Bastaba ceder en algunas cosas para enviar un mensaje potente. Que no dejara lugar a dudas. Así fue cuando por fin Petro y Santos se pusieron de acuerdo, se encontraron y sembraron un árbol. No eran el presidente y el alcalde nada más. Era el símbolo de que la reconciliación es posible entre un exguerrillero desmovilizado y una de las figuras más representativas del establecimiento.

Pero estamos en Colombia. Y cada cual tiene su propia pancarta, elige su camino individual. Y por eso, al final había balances tan contradictorios de la jornada. Los opositores al caer la tarde trabajaban arduamente para subir fotos a la red de las imágenes de la marcha de la calle 72 con carrera Séptima en Bogotá del mencionado 4 de febrero con la intención de mostrar, según ellos, que la de este martes fue marginal en comparación con esa.

Es difícil hacer un retrato preciso de lo ocurrido este martes. Lastimosamente hay un hecho indiscutible: Cada uno tira para su lado mientras la paca de heno permanece intacta.
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