Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/04/21 00:00

La discriminación como instrumento de poder, la mujer y el aborto (Pascual Perry)

La discriminación como instrumento de poder, la mujer y el aborto (Pascual Perry)

Mientras cuidaba de mi hija de siete años, convaleciente de una, por fortuna, pasajera enfermedad, meditaba sobre la discriminación que la mujer ha sufrido a través de todos los miles (¿quizás millones?) de años de historia de la humanidad. Mi hija, en su posible condición futura de mujer y madre, habrá de sufrir cualquier día algún tipo de discriminación, sólo en razón de su sexo, lo cual despierta mi preocupación como ser humano y padre. A ella y a su hermanita de la misma edad y en general a todas las mujeres, quiero dedicar este artículo, modesta contribución en contra de esta aberración histórica, fruto de la estulticia humana.

La discriminación de la mujer tuvo su origen en la esclavitud primitiva y las costumbres bárbaras del género humano desde el mismo origen de la humanidad. No ha sido fruto de una reflexión inteligente, sino del hecho de que desde los albores de la sociedad humana la mujer fue entregada al hombre que deseaba poseerla sin estar ella en condiciones de oponerse, dada la inferioridad de su fuerza muscular. La fuerza física fue posteriormente substituida por leyes que reconocieron el estado material de las relaciones existentes entre hombres y mujeres.

La posesión, que en un principio fue un hecho brutal, un abuso inicuo, llegó a ser objeto de derecho con todas las garantías otorgadas por las fuerzas sociales vigentes. De ello dan testimonio ciertos libros mitológicos donde la mujer, en su condición de casada, está obligada a dejarse poseer del marido cuando éste la desee convirtiendo el acto sexual en una violación consentida. Todo esto se agrava, pues ella, por razones naturales, debe cumplir con la parte más onerosa dentro de la función reproductora, la misma que en el hombre se reduce simplemente a poner (introducir) el semen, acto que tiene en él más de placer que de dolor.

Que la discriminación de la mujer no fue fruto de una sabia reflexión nos lo prueba el muy célebre Aristóteles, supuestamente uno de los más sensatos y, por ende, de los más inteligentes entre los seres humanos. La estupidez del filósofo griego (¿se puede ser simultáneamente inteligente y torpe?) llegó a su clímax cuando éste afirmó que “La mujer es un ser inferior, física y moralmente, que la naturaleza sólo hace mujeres cuando no puede hacer hombres y que la hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades”. En lo de inferioridad física, entendida como inferioridad de fuerza muscular, se le puede dar la razón, lo cual no demuestra la superioridad del hombre sobre la mujer, pues tendríamos que concluir que el hombre es inferior a muchas de las bestias salvajes, dada la mayor fuerza muscular de éstas.

La lista de genios que estaban de acuerdo con Aristóteles es larga y sorprendente en la medida en que sus afirmaciones rayaban en la estupidez, algo de lo que supuestamente carecían Pitágoras, Tomás de Aquino, Andre Maurois, Proudhom, Nietzsche, Petrarca, Demóstenes, Balzac, Voltaire Milton, Erasmo de Rotterdam, Adler, etc... Sólo quiero hacer referencia a las palabras de Pitágoras para no extenderme demasiado:"Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer".

Al daño ocasionado por las afirmaciones denigrantes contra la mujer de aquéllas y de otras personalidades célebres no mencionadas, se suma el provocado por estructuras político-religiosas,verdaderas máquinas de opresión, basadas en libros que han terminado siendo guías espirituales de grandes sectores de la humanidad.

Estas estructuras sostienen sus posiciones ideológicas apoyándose en mitos, que suelen ser la principal arma para conservar su poder político y religioso. Pregonan la supremacía del hombre sobre la mujer, identifican al dios creador con el sexo masculino, sostienen que en las mujeres no se puede confiar, que son tontas y por eso todavía hay que considerarlas como menores de edad. Coinciden, pues, con el supuesto aristotélico de que la mujer no tiene capacidad, debido a su absoluta inferioridad.

En algunos de esos libros mitológicos se establece que el origen de la mujer fue el resultado de la manipulación de un hueso del hombre realizada por un ser supremo. ¿ No hubiera sido más dignificante, y signo de algún grado de inteligencia en la mujer, si ésta hubiese sido el fruto de la manipulación de unas cuantas neuronas del cerebro del hombre en vez de una humilde costilla como quedó institucionalizado?
De lo sucia que es la mujer cuando está mestruando (no fue suficiente con demostrar que era menos inteligente) queda constancia en estos libros-guía donde se aconseja que nadie se siente en silla que una mujer, en estado de suciedad, haya ocupado.

Al quedar, entonces, resuelto por “decreto teológico y filosófico” que la mujer era un ser inferior, animal inepto, estúpido y sucio, sólo faltaba medir dicha inferioridad; entonces a algunos genios se les ocurrió pesar el cerebro. La conclusión ya estaba cantada: el hombre era más inteligente, pues se descubrió que el cerebro de éste pesaba, en promedio, cien gramos más que el de la mujer. ¡Qué simpleza absurda! Está claro que la inteligencia no se mide por el tamaño ni el peso del cerebro. Si eso fuera cierto, el elefante sería cinco veces más inteligente que el hombre, dado que el cerebro del proboscidio pesa alrededor de cinco veces más.

Entre muchas de esas organizaciones que han basado su poder en el establecimiento de discriminaciones que luego han justificado violentas persecuciones, donde el respeto por la vida y la persona humana han brillado por su ausencia, cabe destacar una que llamo metafóricamente: “La Sociedad Universal de Solteros y Solterones Castos y Castrados”, para quienes, en beneficio de la brevedad, uso la sigla: “Los Sosocastos”. Éstos han perseguido sin piedad y condenado a muerte a hombres y mujeres por su brillante inteligencia y sus convicciones. Un hombre tan excepcional como Galileo estuvo a punto de ser quemado vivo por afirmar, de acuerdo con Copérnico, que la tierra giraba alrededor del sol. Se liberó de las llamas no por benevolencia de los Sosocastos, sino porque fingió renegar de sus convicciones científicas. De todas maneras le cobraron su osadía con arresto domiciliario vitalicio en condiciones infrahumanas. Giordano Bruno por sus convicciones, y de las cuales no se retractó como Galileo, terminó en la hoguera. A Juana de Arco también la convirtieron en un puñado de cenizas. Y ése fue el destino de otras tantas personas ilustres para quienes tanto su inteligencia como sus firmes convicciones se convirtieron en un pesado lastre.

Muchos eran torturados antes de padecer el suplicio de la hoguera. Con el tormento del agua, la cual vertían sobre el rostro, le impedían al reo respirar; con el potro, se sujetaba a una mesa y luego le daban vueltas a un cordel arrollado a sus brazos y piernas produciéndole estiramiento y rompimiento de articulaciones; en el tormento de la garrucha, el reo era atado de las manos, elevado y dejado caer violentamente sin llegar al suelo.

Entre los crímenes cometidos por los Sosocastos debemos mencionar el mayor genocidio de mujeres de la historia. Fueron asesinadas aduciendo que eran instrumentos del demonio, luego de obligarlas a confesar mediante torturas, y sin derecho a la defensa, delitos que no habían cometido. Los investigadores ofrecen números muy distintos de víctimas a lo largo de la Edad Media. Las cifras oscilan entre cinco millones, tres millones, medio millón, cien mil. Una sola mujer asesinada serviría para demostrar la sevicia de esta máquina de terror. Las mujeres eran sometidas a pruebas que demostraban su culpabilidad; una de ellas era la del agua, que consistía en arrojarlas a un tonel de agua: si se hundían eran consideradas inocentes, pero si flotaban eran culpables. Es decir, perdían con cara y con sello.

Los Sosocastos, en su defensa, aducen que eran otras épocas y que estaban esperando que Amnistía Internacional divulgara la declaración de los Derechos Humanos, que aún estaba en borrador. Claro que a los sádicos no les pareció que esos tormentos fueran suficientes, por lo tanto se inventaron otros: el infierno, una enorme hoguera que permanecía encendida las veinticuatro horas de todos los días y el limbo, tan tenebroso como el primero. Por fortuna fueron cerrados, quizás por temor a las críticas que se veían venir, a raíz de las que ya había recibido Estados Unidos por el infierno y el limbo más terrenales de Guantánamo.

Pasando al tema de la oposición de los Sosocastos al aborto. Que están a favor de la vida es sólo una cortina de humo, pues en realidad lo que defienden a muerte es el derecho espurio de seguir instaurando prohibiciones que tocan la vida privada de los ciudadanos, en este caso, las mujeres. Uno no puede entender que el amor a la vida de estos fariseos se reduzca a defender espermatozoides, óvulos y embriones que son sólo seres humanos en potencia, cuando ya sabemos que se dedicaron a perseguir y asesinar a seres humanos reales de carne y hueso durante la edad de oro de su tiranía medieval.
Alegan que las mujeres no son dueñas de su propio cuerpo. Por lo tanto, son menores de edad en cuanto a tomar decisiones en relación con él. Para lo demás, las consideran mayores de edad: para elegir marido, para votar en elecciones presidenciales y parlamentarias, para escoger profesión, etc... Esto equivale a reducir a las mujeres, especialmente a las más pobres, a la ignominia de la miseria absoluta y a la necesidad de asignarles tutor. ¿Por qué privarlas del derecho a equivocarse o a acertar en todas sus decisiones? El cuerpo femenino se convirtió en uno de los últimos campos de batalla de estos Sosocastos que quieren demostrar que aún tienen poder el cual, poco a poco, y para fortuna de la humanidad adolorida, han venido perdiendo gracias al desarrollo de la ciencia y de la conciencia social y política de las sociedades modernas. Ojalá nuestra Corte Constitucional esté a la altura de esos desarrollos.
 
Mil gracias a Semana y a los lectores por su generosa atención.

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