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Opinión

  • | 2006/05/06 00:00

    La domesticación de la prensa

    Jorge Giraldo propone el control ciudadano a los medios de comunicación.

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Uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea es el de la domesticación del poder. El pensamiento liberal propuso que la economía y la prensa sirvieran de barreras de contención al terrible poder que suponía la política, encarnada siempre en el monstruo Leviatán. Las instituciones liberales se construyeron con ese supuesto.

Los tiempos han cambiado. Pensadores y sociólogos coinciden en el peligro que supone el poder extraordinario que hoy tienen los grandes empresarios y los medios masivos de comunicación. El informe del PNUD sobre la democracia en América Latina puso de presente que percibimos que el poder económico casi triplica al poder ejecutivo y que el de los medios lo duplica. Obviamente, fuera de los apacibles libros académicos que no lee nadie, esto es un escándalo. Llorarán los empresarios de gaseosas y de ideas.

El filósofo alemán Jürgen Habermas es quien ha planteado la necesidad de domesticar los distintos poderes e impedir que cada uno se salga de madre y avasalle a los demás. El también filósofo gringo Michel Walzer ha propuesto que se mantenga el equilibrio entre las diversas formas de poder. Más importante que el contrapeso entre los poderes que operan dentro de la política, se trata de vigilar los poderes que están fuera de la política y en su relación con ellos. Este es un precepto difícil de cumplir, y cada vez más, respecto al poder que me interesa aquí: el de los medios de comunicación.

La primera razón es universal. Se debe básicamente a que los medios de comunicación, la libertad de prensa y la libertad de expresión (que son tres cosas distintas) han venido siendo sometidas en todo el mundo al poder del dinero. Las grandes empresas de cualquier cosa se han adueñado de periódicos, emisoras y canales, amén del control que la publicidad siempre puede suponer. Familias poderosas, con intereses distintos al libre pensamiento, dominan otra franja de los medios.

El problema se agrava en Colombia puesto que, además del poder legal y aceptado del dinero, existe también el poder cruel y miserable de las armas. Esta es la segunda forma de domesticación perversa de la prensa, pero especialmente de los periodistas. La Patria de Manizales no volvió a ser lo mismo después del asesinato de Orlando Sierra, para no hablar de El Espectador después del de don Guillermo Cano. Paramilitares, guerrillas, políticos corruptos, negociantes oscuros, miembros de organismos oficiales, han atentado a lo largo de nuestra historia contra periodistas y opinadores. El actual jefe de prensa del Palacio de Nariño fue una víctima más de este control sangriento, no debe olvidarse.

Un mal síntoma de esta terrible realidad es la libertad con que medios y periodistas atacan el poder político, que finalmente es un poder más o menos democrático, y el silencio grave –que tiene muy pocas excepciones- respecto a los poderes autócratas del gran capital y de las armas en acción. Mucho político en la picota, poco empresario, poco bandido. Ahora, afortunadamente, se multiplicaron los ataques al paramilitarismo en proceso de desmovilización, pero sigue habiendo mucha complacencia con las Farc en pie de guerra contra la sociedad.

En un país donde sobra la domesticación perversa de los medios de comunicación hace falta un control virtuoso de los mismos. ¿Cuál es ese control? En un foro en Medellín, el Director de Semana lo ha propuesto. Es el control ciudadano. No hay mejor candidata para la tarea de vigilar los medios que la ciudadanía. Por supuesto, no puede ser esa cosa inocua, y más bien pendeja, de los defensores del lector o del televidente; que a nadie se le ocurra que sean los jueces, menos los gobernantes. Tendría que ser una vigilancia independiente y civil, con posibilidades reales de tener impacto. Ello produciría un enorme beneficio a la democracia, a la libertad de expresión y al periodismo (que son tres cosas distintas).

Profesor Universidad Eafit
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