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Opinión

  • | 2011/06/11 00:00

    La droga otra vez

    Es por eso, porque a los Estados Unidos les conviene la guerra contra la droga, que quienes reconocen su fracaso no son presidentes, ni ministros, sino simples ex.

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Casi cuarenta años después sigo aquí en la lucha contra el criminal (su defunción no lo absuelve) presidente Richard Nixon de los Estados Unidos. No por lo de Vietnam, que en fin de cuentas terminó y solo dejó unos cuantos millones de muertos y un país destruido (o tres, sumando a Camboya y Laos). Ni por la tontería aquella del espionaje del Watergate, que impresiona tanto a los ingenuos. Sino por lo de la guerra contra la droga. Por aquella decisión suya, tomada en 1973, de desatar "an all-out war on the drug menace", una guerra total contra la amenaza de la droga, y de crear la DEA, Drug Enforcement Administration (Administración del Cumplimiento de Leyes sobre Drogas. ¿Cuáles leyes? Las de los Estados Unidos).

Dice Andrés Hoyos en El Espectador que va a haber que escribir sobre la insensatez de esa guerra por lo menos una vez al mes. Estoy de acuerdo, con la autoridad moral que me da el llevar cuarenta años haciéndolo en todos los medios a mi alcance: aquí, en España, en Francia. Cuarenta años, desde los tiempos de la revista Alternativa, y aun desde antes, explicando lo que debiera ser evidente a simple vista y vienen a descubrir ahora expresidentes y exministros y exsecretarios de la ONU: que la guerra contra la droga no resuelve el problema de la adicción, sino que lo agrava; y que no le sirve a nadie, salvo a las mafias de narcotraficantes.

Ahora: ¿por qué, tras cuarenta años de comprobado fracaso, se empeña en mantenerla el gobierno de los Estados Unidos? Porque a él también le sirve.

Le sirve, para empezar, a la DEA (del Departamento de Justicia), que es la agencia más poderosa de los Estados Unidos: tiene un presupuesto de dos mil millones de dólares, aviones, buques, radares, satélites de comunicaciones, y una nómina de más de diez mil personas, de las cuales la mitad son agentes en 62 países del mundo. Un detalle: informa Wikipedia que en sus esfuerzos por combatir el crimen organizado "la DEA lleva años buscando al personaje que evadió la mayor cantidad de veces a esa institución, el mexicano Kurt Leonardo Itamari Paredez, de quien se desconoce su ubicación y estado, el individuo promedia los 17 a 20 años de edad". Díganme ustedes si eso es serio. Pero aunque no lo parezca, y aunque "sus esfuerzos" hayan tenido como resultado el fortalecimiento del crimen organizado y no su debilitamiento, la DEA sí es seria: mata, secuestra, trafica armas (y drogas, por supuesto), sus agentes se tirotean a veces los unos a los otros, desestabilizan países enteros.

La guerra contra la droga le sirve también al Departamento de Estado. Es un instrumento de coacción sobre gobiernos extranjeros -los de Colombia, por ejemplo-, sin tener que pasar directamente a los terrenos de la CIA (caso Irán-"contras") o a los que son del registro del Pentágono (bombardeo e invasión de Panamá para llevarse preso al general Manuel Antonio Noriega). Le sirve al Departamento del Tesoro, que a menudo confisca las fortunas de los narcotraficantes extraditados y presos o negocia con ellos condenas ligeras a cambio de entrega de bienes. Le sirve al Departamento de Comercio: a pesar de que el tráfico de drogas es el más importante rubro del comercio entre Colombia y los Estados Unidos, no figura en el Tratado de Libre Comercio (y tampoco en el Nafta firmado con México). Le sirve a la Policía para mostrar estadísticas: cientos de miles de detenidos, negros e hispanos en su inmensa mayoría, pequeños vendedores o simples consumidores. Nunca un gran capo, desde luego: es crimen de leso Imperio la sospecha de que también en los Estados Unidos tiene que haber carteles y grandes mafias, como los hay en Europa y en América Latina. Salen en el cine. Pero en la realidad no caen nunca. La guerra contra la droga le conviene, en fin, a la economía norteamericana en su conjunto: allá se queda el dinero, de allá salen las armas. Toda guerra es buena para hacer negocios, hasta la guerra contra el cáncer (otra que declaró Nixon).

Y es por eso, porque a los Estados Unidos les conviene la guerra contra la droga, que quienes reconocen su fracaso y proponen una muy tímida regulación del negocio sin atreverse a mencionar la palabra prohibida de la legalización no son presidentes, ni ministros, ni secretarios de la ONU en ejercicio. Sino simples ex.

De modo que todavía falta. Por lo menos hasta que cojan a un mexicano que lleva el improbable nombre de Kurt Leonardo Itamari Paredez.
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