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Opinión

  • | 2006/10/14 00:00

    La embarrada cardenalicia

    Monseñor Rubiano tenìa malas cartas y las jugó peor. Terminó dándoles rango institucional a los eventuales delitos de un miembro del clero

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A monseñor Pedro Rubiano hay que verlo desde sus luces y desde sus sombras. Su voz ha sido determinante en muchos momentos de la vida colombiana. Ha tenido valor para denunciar actos de corrupción. Su inteligente metáfora del elefante marcó un hito de opinión durante el proceso 8.000. Señaló con brillante sencillez que el jefe de una colectividad, un candidato por ejemplo, no puede ignorar lo que pasa de puertas para adentro.

Sin embargo, el cardenal Rubiano también sabe portarse con arrogancia y ha usado su poder para interferir las decisiones civiles.

Hace unos meses, por ejemplo, ordenó sacar al Divino Niño del 20 de julio para presentar una procesión religiosa como si fuera una manifestación multitudinaria contra la posibilidad de que la Corte Constitucional aprobara la despenalización del aborto en casos de violación o peligro para la vida de la madre.

Aceptó que los sacerdotes y las monjas que trabajan en escuelas y colegios usaran a los niños para enviar miles de cartas -pretendidamente espontáneas- que tenían por objeto presionar la decisión de los magistrados.

Esas actitudes fruto de su carácter personal y de una jerarquía religiosa que ha llegado a creer que -en defensa de la doctrina- vale todo, ya habían ocasionado algún menoscabo en la credibilidad del arzobispo de Bogotá.

Pero nunca había cometido un error tan grave, ni dado un ejemplo tan pernicioso, como sus exaltadas declaraciones de esta semana. El cardenal decidió ponerse tempranamente a favor de un cura acusado de violar niños, en lugar de facilitar la realización de una investigación independiente.

Monseñor se salió de casillas y de la ciega defensa pasó al ataque contra los periodistas que se atrevieron a preguntar por el caso del sacerdote Efraín Rozo. "Usted no tiene cerebro", le dijo a un reportero que insistió en la existencia de un video que estudia la justicia de Estados Unidos.

Es cierto que deben examinarse las circunstancias de grabación del video. Establecer si cuando Rozo confesó en cámara estaba bajo los efectos del alcohol o de la droga. Si los abusos que reconoce corresponden a lo descrito por las víctimas y si efectuó la declaración libremente. Lo que no puede pretender monseñor Rubiano es descalificar una prueba que hasta ese momento no había visto.

Unos días después, ya en la serenidad de su despacho y entrevistado por Radiosucesos de RCN, el cardenal Rubiano trató de recoger sus palabras. Se disculpó, admitió que sólo había conocido el video después de sus declaraciones y que lo único que tiene en contra del documento es la versión del propio implicado.

El cardenal, que es un hombre inteligente, sin duda se percató de la debilidad de sus alegatos. Asegurar que el cura Rozo se autoincrimina en las violaciones de los niños porque lo grabaron a las 3 de la mañana, cuando estaba cansado, no resulta creíble para nadie.

Descalificar a los denunciantes porque las eventuales víctimas hablaron sólo años después de los abusos, es bastante discutible. Eran también adultos y abuelos quienes denunciaron 40 años después al cura pederasta Marcial Maciel, fundador de los legionarios de Cristo. Los niños violados muchas veces necesitan décadas para decidirse a contar su terrible experiencia.

Sostener que detrás sólo hay un tema de dinero argumentando que hay un proceso civil contra la Iglesia en California, es desconocer el derecho que tienen las víctimas a la reparación.

Monseñor Rubiano tenía malas cartas y las jugó peor. Terminó dándoles rango institucional a los eventuales delitos de un miembro del clero. Él, como superior del tribunal eclesiástico que investiga al cura Rozo, ya prejuzgó y no hay que esperar nada de la decisión interna de la Iglesia.

Al cura Rozo no le pasará nada. El jerarca reconoció que en el peor de los casos, la sanción consistirá en prohibirle oficiar públicamente misa. "Y eso es todo", recalcó el cardenal.

Podrá ser todo para Rozo, pero no para monseñor Rubiano, ni para la Iglesia colombiana. Avalar incondicionalmente sospechosos, siempre trae consecuencias.
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