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Opinión

  • | 2009/02/11 00:00

    La entereza de Piedad Córdoba

    Uribe y la senadora siempre han encarnado opuestos; él, retórico y guerrerista, ella practica el discurso verdadero y es pacifista.

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Piedad Córdoba es una mujer franca. Su actitud hay que destacarla una y otra vez luego del éxito en el proceso de liberación de los cuatro uniformados y los últimos dos políticos que las Farc mantenían en cautiverio desde hacía varios años. Sin duda alguna, es la persona más valiosa hoy en el país para avanzar en un acuerdo con la guerrilla de las Farc, que, de obtenerse, no sólo traería a la libertad al resto de los policías y militares que mantienen como prisioneros de guerra, sino que abriría un camino hacia eventuales acuerdos de paz.

Observar la entereza de Piedad Córdoba me trajo a la cabeza un análisis del filósofo francés Michael Foucault sobre una palabra de origen griego conocida como parresiastés, que describe a una persona que utiliza la parresía, es decir, alguien que dice la verdad y considera que decirla es un deber. El estudio de este vocablo ha remontado a Foucault a la literatura griega en cuyas páginas ha identificado la parresiazesthai, acepción que etimológicamente significa “decir todo”.

Explica Foucault: “el parresiastés es alguien que dice todo cuanto tiene en mente: no oculta nada sino que abre su corazón y su alma por completo a otras personas a través de su discurso”. En esa descripción veo, nítidamente, a Córdoba. ¿Y qué otra prueba podemos tener para afirmar que la senadora es una parresiastés? El pensador francés nos da la respuesta: “El hecho de que un hablante diga algo peligroso, diferente de lo que cree la mayoría, es una fuerte indicación de que es un parresiastés”.

En la parresía se presupone que el hablante proporciona un relato completo y exacto de lo que tiene en su mente, de manera que quienes escuchen sean capaces de comprender exactamente lo que piensa. El filósofo precisa que en la parresía el hablante hace manifiestamente claro y obvio que lo que dice es su propia opinión y lo hace evitando cualquier clase de forma retórica que pudiera velar lo que piensa. Y agrega: “si en un debate político, un orador se arriesga a perder su popularidad porque sus opiniones son contrarias a la opinión de la mayoría o pueden desembocar en un escándalo político, utiliza la parresía”.

La actitud de Córdoba para decir lo que piensa está por encima, incluso, del presidente Álvaro Uribe Vélez y del ministro de Defensa Juan Manuel Santos, quienes utilizan la retórica, lo opuesto a la parresía, para desvirtuar los hechos y maquillar la realidad. A la vigilancia aérea de la comisión humanitaria que iba a recibir a cuatro uniformados liberados, la calificaron “error de buena fe”; a los periodistas en el lugar de la liberación los señalaron de ser “afines a la guerrilla”; y ahora a quienes trabajan por la defensa de los derechos humanos los califican de “bloque intelectual de las Farc”, sin entrar en mayores explicaciones, pero logrando con ello sendos titulares de prensa. Pura retórica.

El parresiastés, precisa Foucault, no cae en esos artilugios semánticos: “en lugar de eso, utiliza las palabras y las formas de expresión más directas que puede encontrar para mostrar, tan directamente como sea posible, lo que él cree realmente”. Así ha actuado Córdoba, y no sólo ahora, también se le observó a su paso por el Concejo de Medellín, la Asamblea de Antioquia y la Cámara de Representantes. Sus ideas pacifistas siempre se han opuesto a las de Uribe Vélez y, con el paso del tiempo, ambos han mantenido su línea: ella, la búsqueda de soluciones negociadas al conflicto armado; él, la de la confrontación bélica hasta sus últimas consecuencias.

En el juego de poderes, Piedad Córdoba siempre ha estado en la oposición y ha sido menos poderosa que aquellos a quien cuestiona, por ello, en su actitud crítica, se ha granjeado sendos enemigos, todos ellos representantes de lo político, económica y militar con fuertes cimientos en la derecha. Pero esa es una condición que, según Foucault, define el parresiastés, pues esa categoría se logra cuando hay un riesgo o un peligro en decir la verdad.

Y esos riesgos no sólo se miden con la posibilidad de muerte, también se pagan con el escarnio público, la sanción moral, el sarcasmo constante, la ironía punzante, la desacreditación política, el acoso cotidiano. Por todo ello ha pasado Córdoba con dignidad, no sin causarle dolor, pero su valor se ha impuesto a la crueldad de una sociedad que no la acepta porque sus posturas no se inscriben en la ideología que hoy ostenta el poder.

En su vocación de parresiastés, Piedad Córdoba se juega su vida todos los días. Es una decisión en la que no puede estar sola, es imperativo acompañarla en su discurso y en su acción tendientes a buscar por diversos caminos los acuerdos necesarios con la guerrilla de las Farc para lograr no sólo la liberación de quienes aún permanecen en las selvas colombianas, encadenados y atados a los árboles, sino para que se desaten las tensiones que impiden una salida negociada al conflicto armado.

Hablar y no hacer nada es propio de aquellos que asumen la mentira como mecanismo para describir los hechos, de los llamados retóricos; es decir, de aquellos que nos gobiernan.

*Juan Diego Restrepo es periodista y docente universitario
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