Viernes, 20 de enero de 2017

| 1998/01/05 00:00

LA ENTREVISTA DE DOÑA JACQUIN

LA ENTREVISTA DE DOÑA JACQUIN

No soy, ni fui, ni ya creo que sere jamás amiga, allegada o cercana a la actual primera dama, Jacquin de Samper. Pero hay que reconocer que, periodísticamente hablando, a la primera dama la entrevista con SEMANA le salió espectacularmente bien, porque logró el objetivo que buscaba: producir la sensación de espontánea indignación de quien se cree una víctima de las circunstan-cias, y no protagonista o culpable de que ellas hubieran ocurrido.Aunque tienen bastante razón quienes han interpretado, por la forma desabrochada con la que la primera dama responde a todas las preguntas, que existe un abismo insalvable entre el estilo de ella y el de sus antecesoras, el raciocinio no debe hacerse por ahí: estoy segura de que a Jacquin de Samper no le interesa a estas alturas de la tragedia política que ha constituido el gobierno de su marido, parecerse ni a doña Nydia, ni a doña Rosa Helena, ni a la Niña Ceci, ni a doña Carolina, ni a doña Ana Milena. El papel de esa primera dama discreta, prudente, callada, ausente de los temas conflictivos y presente en todos los temas sociales, no es ya el de ella. Ese bus lo tuvo que dejar pasar, sin pena ni gloria. Por lo demás, ni una sola de las personalidades de sus antecesoras le habría servido a doña Jacquin para capotear el toro que ha venido colocando a la pareja presidencial detrás del burladero nacional, ni al toro que seguirá persiguiéndolos una vez hayan salido de Palacio. Esta torera necesitaba soltar la lengua, desahogarse, atacar por allá, agradecer por aquí y por fin dormir tranquila después de haber 'desembuchado'. Porque claramente la actual preocupación de la primera dama es solo una. Aprovechar estos seis meses que le quedan al gobierno Samper para reivindicar su nombre y el de su familia para la historia, basada en el argumento de que lo que se cometió contra la familia presidencial fue una injusticia monumental.Por este motivo la primera dama no se privó de decir nada, y desde su punto de vista y del de su esposo, el Presidente, todo quedó muy bien dicho. Se trataba de pasar un cobro de cuentas en el que quedara claro que quienes estuvieron con ellos están bien, y quienes estuvieron en su contra están liquidados. Una tendencia muy femenina, por cierto.Con posiciones como esta, aunque asegura que ella dejó de administrar los odios en Palacio, queda claro que continúa administrándolos de manera muy concienzuda. Pero yo no espero, ni mucho menos, que a una persona en sus circunstancias deje de notársele en su personalidad un alto grado de resentimiento por los tres años y medio que le ha tocado padecer en el poder.Al acusar a Botero y a Medina de robo de los narcodineros; al asegurar que si el Fiscal se hubiera metido con ella lo hubiera rasguñado, pateado; y al mencionar como los mejores amigos del gobierno precisamente a los periodistas a los que les fue adjudicado noticiero de televisión, Jacquin de Samper se aleja aún más del estilo de sus antecesoras para asumir el suyo propio: no el de una primera dama protectora de la niñez desamparada, patrona de la cultura y reina de las causas discretas, sino el de una primera dama que ignoraba los principales detalles del proceso político que llevó a Samper al poder, sorprendida en su buena fe y víctima de esa que ya bautizamos como injusticia monstruosa. Casi que sus palabras llevan a pensar al lector si, como sucede en muchos matrimonios, los maridos, en este caso el Presidente de la República, no le cuentan todo a sus esposas, en este caso la primera dama.De manera que, si hubiera que medir el éxito de la entrevista de doña Jacquin por el grado de autenticidad que revelan sus expresiones indignadas contra todos los que creyeron en la culpabilidad del Presidente, habría que aceptar que es total. Solo sor Juana Inés de la Cruz habría perdonado realmente a sus enemigos. Solo sor Teresa de Calcuta habría ido en ayuda de los que quedaron tendidos en el campo de batalla del proceso 8.000. Solo Diana de Gales habría tomado la mano contagiada de las víctimas del sida político que está castigando a Colombia. De doña Jacquin de Samper solo podíamos esperar que se portara como la esposa del actual Presidente, y eso lo cumplió a cabalidad.

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