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Opinión

  • | 2007/06/23 00:00

    La entrevista a Miguel de la Espriella

    Durante 24 horas seguidas de chisme, se llegó a decir que el senador iba a enredar gravemente en la entrevista al Presidente de la República

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La entrevista de Vicky Dávila y Jorge Lesmes a Miguel de la Espriella emitida el viernes pasado por La W estuvo precedida de 24 horas de fuertes chismes. Hasta se llegó a rumorar que iba a enredar fuertemente al Presidente. Finalmente, eso no ocurrió, pero sí es la radiografía perfecta de una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿Cómo juzgar la para-política?

Hay opiniones para todos los gustos. Desde que es algo tan escandaloso que sus protagonistas deben pagar todos los años posibles de cárcel, hasta la que considera el fenómeno como fruto de una realidad regional que no se entiende en Bogotá. Unos creen que los parapolíticos actuaron forzados; otros, que fueron cómplices absolutos. Y por los lados del Presidente, hay quienes lo creemos inocente de ser cómplice del paramilitarismo, hasta quienes lo creen absolutamente culpable de ello, pasando por quienes opinan que si de algo se puede acusar al Presidente es de por lo menos haber sido tolerante con ese fenómeno.

Para comenzar, es evidente que en las declaraciones de De la Espriella hay toda una estrategia de sedición. Un plan conscientemente diseñado para que se le dé tratamiento de paramilitar y no de político. (¡Las vueltas que da la vida!). Es decir, de combatiente contra la guerrilla por razones ideológicas y no de congresista cómplice de una banda de delincuentes. Con este propósito hace todo lo posible para quedar de más paramilitar, o sea, de más criminal de lo que en realidad posiblemente es.

Incluso comete lo que si no fuera para ese propósito de la sedición, sería una torpeza: revelarnos que él adoctrinaba a campesinos con el mensaje de que había que dispararles a los guerrilleros, y que escogía cuáles alcaldes no merecían ser asesinados sino escuchados.

También es evidente el permanente intento de exonerar al Presidente. Cuenta que ante un ofrecimiento que le hizo para que se reuniera con Mancuso, Álvaro Uribe le respondió: “Si lo hago, nunca podré ser Presidente”. Es una frase absolutamente contundente que acaba con los esfuerzos de muchos de comprobar que Uribe y Mancuso tuvieron que haberse visto más de una vez en el almacén de abarrotes de este último, porque eran demasiado vecinos de finca como para que no existiera entre ellos a lo largo de los años más que ese encuentro casual.

Que De la Espriella visitó con Eleonora Pineda al entonces candidato para traerle el mensaje de que los paramilitares estarían interesados en entrar en un proceso de desmovilización es tan irrelevante como que la semana pasada Álvaro Leyva hubiera visitado al Presidente para llevarle un nuevo plan para hacer el intercambio humanitario con las Farc. Pero deja una incomodidad. Que el presidente Uribe sí sabía desde entonces que De la Espriella era un emisario de los paramilitares y a pesar de eso, lo aceptó en su coalición política.

Algo que no es fácil creerle a De la Espriella es que no aceptó dinero de los paramilitares, lo que evita reconocer por qué su delito ya no sería solamente el de sedición, sino el de enriquecimiento ilícito sumado al de concierto para delinquir. Reconoce que los paramilitares le regalaron 40.000 camisetas (¿por qué será que esta prenda caracteriza los grandes escándalos de la política colombiana? Recuerden que por ahí arrancó el 8.000...), pero niega que unos señores que se bañan en billetes y que necesitan influencias políticas hubieran llegado a algo tan natural como financiar a su protegido con dinero en efectivo.

Otra preguntica: ¿hacia quiénes va dirigido el mensaje de De la Espriella cuando confiesa que él y otros 10 congresistas, cuyos nombres omite por ahora, se reunieron con los paramilitares para sabotearle a Andrés Pastrana las conversaciones de paz con las Farc? Deben ser varios los que no duermen desde el viernes.

Finalmente está el drama humano. El cuento de que la noche anterior a la entrevista con La FM, De la Espriella había dormido con cuatro ratas, y su llanto al hablar de la dificultad de ver a sus hijos, también forma parte de esta película.

La conclusión es que la entrevista a De la Espriella no aclara la confusión y el caos que ronda a la fórmula que se debe utilizar para juzgar a los parapolíticos. ¿Se les debe dar más pena que a los paramilitares por ser congresistas? ¿Menos? ¿Deben recibir la misma rebaja de la pena?

Y no sólo no aclara la confusión. La empeora.



ENTRETANTO… Lo que trataron de hacer unos representantes a la Cámara no fue meter un ‘mico’, sino una burrada. ¿En qué cabeza cabe que a través de una ley puedan interpretar como se les de la gana un artículo de la Constitución?

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