Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1997/06/09 00:00

LA ERA VICTORIANA

LA ERA VICTORIANA

Muchos colombianos quedamos helados cuando el ultraconservador Pablo Victoria, representante a la Cámara, acusó al presidente Ernesto Samper de ser el autor intelectual del asesinato de Alvaro Gómez Hurtado. Muchos no. Para una gran cantidad de gente la afirmación de Victoria no pasó de ser un episodio más de la larga cadena de acusaciones y réplicas entre contradictores del gobierno y gobiernistas. En esa pelea se ha dicho de todo, y la tónica general ha sido tan dura que a estas alturas muchas personas han creado una coraza que recubre la capacidad de asombro. Si las acusaciones son falsas, no importa; si son ciertas, tampoco. Alguien dirá que, en rigor, Pablo Victoria nunca dijo que el Presidente era un asesino. En realidad lo que hizo fue convocar a los medios de comunicación, en especial a los extranjeros, para transmitir el testimonio de una persona vinculada a la investigación por el magnicidio, quien a su turno decía haber oído cierto comentario en ese sentido. Pera mí, el hecho de haber sido presentado de esa manera no cambia mucho las cosas. Tal vez las cambie en cuanto a que Victoria se escapa de ser el responsable técnico de una difamación. Pero desde el punto de vista político, la actitud de Victoria constituye el punto más alto de una tendencia que ya venía y que ha puesto el tono de la contienda política en un nivel que el país no registraba desde hace medio siglo o tal vez más.Cuando los políticos de oposición acusaban de asesinato a los gobiernos se referían en términos generales a excesos de algún miembro de las fuerzas de seguridad en episodios particulares, que de alguna manera tenían connotaciones políticas, como el estudiante muerto en las manifestaciones contra Rojas o el caso Mamatoco, muchos años antes. Pero acusar a un presidente de ser el autor intelectual de un magnicidio es un señalamiento que en Colombia está relacionado con los hechos más sangrientos de la historia. Las referencias son lejanas. A Obando, sin ser presidente, lo acusaron del asesinato del mariscal Antonio José de Sucre, y el último caso es la insinuación sin fundamento real de que la muerte de Jorge Eliécer Gaitán había sido ordenada por el conservatismo en cabeza del presidente Mariano Ospina Pérez. Han pasado casi 50 años de este último episodio, y fue ese el caso que marcó el hito entre la Colombia que muchos llaman pacífica y la que se volcó en el período de la violencia. Los dirigentes de los partidos del establecimiento, como sucedió hasta las guerras civiles, habían vuelto a pelear con tal ahínco que se volvieron generadores de una violencia que se hizo inatajable en todo el país.Hubo que hacer luego la paz del Frente Nacional para ponerle hielo a la Nación recalentada, con la consecuencia para muchos de que se desnaturalizó la política, desapareció la oposición y se crearon los focos de violencia guerrillera que a estas alturas ya cumplieron su tiempo de jubilación.El país de ahora, a diferencia del de hace 50 ó 60 años, ya está encendido a plomo al punto de ser considerado uno de los más violentos del mundo, si no el más sangriento de todos. Y es en ese ambiente que los dirigentes políticos colombianos han resuelto desenfundar el machete para hundirlo en el cuerpo del rival hasta el dibujo del águila y la corneta.Mala cosa. ¿Quién va a convencer a Samper de que la declaración de Victoria no es más que una jugada sucia de campaña electoral? ¿Quién lo va a convencer de que la hoja de la declaración del testigo que lo señala como virtual asesino no le llegó al destinatario por fina atención del fiscal y candidato Alfonso Valdivieso? ¿Quién va a convencer a los defensores de la candidatura de Serpa, y a Serpa mismo, de que no hay que afilar los dientes en el mismo punto en que los tienen afilados sus opositores? Tal vez nadie. Lo más grave es que así como los alcaldes de Bogotá nos tienen convencidos de que la falta de agua se debe a que los ciudadanos no ahorramos lo suficiente, y no que ellos son la cola de una larga historia de ineptitud, así mismo vamos a acabar por pensar que nos merecemos nuestros dirigentes. Y va uno a ver, y sí.

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