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Opinión

  • | 2001/10/29 00:00

    La espiral apocalíptica

    El resultado de esta guerra de la ‘civilización contra la barbarie’ será la merma de la primera y el reforzamiento de la segunda

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Ya tiene el presidente Bush rodeado a Afganistán, y con la aquiescencia aterrada de casi todos los gobiernos del mundo se dispone a atacar a Osama Ben Laden y a sus aliados talibanes. Es natural que pretenda vengar los terribles atentados del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington. Pero de esa manera sólo va a agravar las cosas, en una espiral que pronto se volverá un remolino incontrolable en todos los campos: el militar, el político, el económico y el cultural.

En lo militar. Conquistar Afganistán es imposible. No pudo la Unión Soviética, que tenía fronteras con él; mucho menos van a poder los Estados Unidos desde la otra cara del planeta, cuando, por añadidura, sus aliados del Asia islámica vacilan ante la idea de prestar sus territorios para un ataque contra un país “hermano”. La invasión terrestre, pues, está excluida del programa. Se bombardeará desde el aire, y desde el mar. ¿Pero se bombardeará qué, exactamente? ¿La famosa caverna de Ben Laden, que no se sabe en dónde está? ¿Kabul, la capital? ¿Kandahar, donde por lo visto vive el jeque Omar? Afganistán es un país destruido por 22 años de feroz guerra civil, y no tiene nada qué bombardear: ni instalaciones militares, ni centrales eléctricas, ni oleoductos, ni carreteras, ni nada. Sólo senderos de cabras y plantaciones de opio. De modo que se bombardeará la nada, inútilmente, sin otro efecto que el de matar a unos cuantos miles de afganos: entre ellos posiblemente a algunos clérigos talibanes, quizás al jeque Omar, seguramente no a Ben Laden. Y eso tendrá el efecto “colateral”, como lo llaman ahora, de exacerbar el odio contra Occidente de los pueblos musulmanes: ese mismo odio que inspira a los terroristas suicidas. Tanto a los de Washington y Nueva York, que por lo que se ha dicho son saudíes y argelinos, como a los que, desde hace ya muchos años, cometen atentados en Egipto, Yemen, Palestina, Siria, Líbano, Irán, Irak, Sri Lanka, Indonesia y las Filipinas. De manera que el resultado final de las represalias norteamericanas contra el terrorismo islámico será que habrá más terroristas islámicos.

Que, a su vez, se vengarán de las represalias. Habrá más atentados. En Israel, en Europa Occidental, en los Estados Unidos, en los países del Islam. Y usarán sin ninguna duda todas las armas a su alcance: las armas bacteriológicas, y quizá nucleares, que según el Pentágono (tan ignorante de lo que se le venía encima el 11 de septiembre) tienen ya, si vamos a creerle. Y además habrá represalias a las represalias, etcétera.

Pero las consecuencias no serán sólo militares, sino también políticas. La ira y el odio de los pueblos musulmanes no se dirigirá únicamente contra los Estados Unidos, sino, para empezar, contra los gobiernos de sus propios países: contra ellos se forjó el integrismo islámico, desde los tiempos ya remotos de los Hermanos Musulmanes de Egipto. Vale la pena recordar que la Revolución Islámica clerical de Jomeini era en primer lugar contra el Sha de Irán, por occidentalizado, laico y en consecuencia corrupto en opinión de los ulemas y de los mulláhs; y sólo a continuación contra el ‘Gran Satán’ norteamericano. Habrá sublevaciones populares (con las consiguientes represiones sangrientas) desde Egipto hasta Marruecos, desde Turquía hasta las Filipinas, a todo lo largo del vasto arco geográfico del mundo islámico. Caerán gobiernos despóticos amigos de Occidente, de Pakistán a Túnez, de Arabia a Bangladesh: los que la prensa occidental llama “moderados”. Y los reemplazarán gobiernos despóticos, y teocráticos, enemigos de Occidente (sin contar los que ya hay en Irak, en Libia, en Sudán, en Irán…). Habrá un gran desorden sangriento.

Lo de las catastróficas consecuencias económicas de todo esto no lo digo yo: lo acaba de anunciar el mismísimo y sacratísimo Fondo Monetario Internacional, para el mundo entero. (Y eso que, por ahora, no ha empezado a subir el precio del petróleo).

Queda, en fin, el ámbito de la cultura y de la civilización. Los efectos de la guerra universal contra el terrorismo decretada por Bush ya se están viendo sobre aquello que, justamente, representa la más alta flor de Occidente: las libertades democráticas. En todas partes, a instigación de los gobiernos y con la aceptación ovejuna de las poblaciones asustadas por la amenaza oscura y sin rostro del terrorismo universal, se está reforzando el control policial sobre los ciudadanos: cámaras, registros, escuchas telefónicas. Hasta en Inglaterra está a punto de caer el derecho fundamental a no tener documentos obligatorios de identidad. La eficacia policial se impone sobre las exigencias del Estado de derecho. Y sobre la libertad de prensa se cierne la sombra ominosa de la unanimidad ‘patriótica’: en los programas satíricos de la televisión norteamericana ya no se puede criticar ni parodiar al presidente Bush (como si fuera el jeque Omar).

Por añadidura (me estoy alargando, ya lo sé) en todos los países democráticos de Occidente los imperativos de la ‘cruzada’ (Bush dixit) han hecho que las prisas del Poder Ejecutivo se impongan sobre las reflexiones y las discusiones del Legislativo: no hablemos ya de Italia o de España, países hoy gobernados por la derecha autoritaria; pero ninguno de los gobiernos de ‘centro izquierda’ de Alemania, Inglaterra o Francia ha considerado necesario consultar a sus respectivos parlamentos para sumarse a la guerra de Bush. Y en los Estados Unidos, sólo una mujer sensata se opuso al cheque en blanco para la guerra que el Senado y el Congreso en pleno le dieron al presidente.

De manera que el resultado final de esta lucha que nos presentan como de la Civilización contra la Barbarie será una merma de la civilización. Y un reforzamiento cuantitativo, cualitativo, y mundial, de las barbaries.

Y todo esto es así porque el asunto está mal planteado. Los ataques del terrorismo islámico no van dirigidos contra la civilización occidental, como nos han dicho, sino contra la política exterior de los Estados Unidos. Si quieren que desaparezca el terrorismo, deben cambiar de política, eliminando así los motivos por los cuales el terrorismo existe.

Pero no lo harán. Ni el presidente George W. Bush ni sus asesores tienen cara de entender el problema.

Nos esperan, a todos, en todo el mundo, días terribles.
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