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Opinión

  • | 2014/05/10 00:00

    La estafa de la paz

    La paz entonces es irreversible. No importa que las FARC sigan masacrando, continúen el secuestro, aumenten la extorsión y sigan siendo una organización narcotraficante.

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El candidato Juan Manuel Santos le apuesta todo a convertir las elecciones en una consulta ciudadana por la paz. Cree que dividiendo con el discurso de enemigos y amigos de la paz, una ola vendrá y barrerá con la oposición.

Santos es predecible para quienes conocemos sus métodos y su forma de razonar. Su estrategia tiene tres componentes, que a su vez corresponden a tres fases. Comenzó con una narrativa, luego con hechos “demostrativos”, para al final cerrar con un moñito que deje a los colombianos en un dilema que obligue a reelegirlo. Veamos:

La narrativa y la comunicación son todo, mucho más cuando se trata de simular y de hacer creer. El problema no es la realidad o, más bien, la cuestión es que lo que se simule se convierta en la realidad y condicione las actitudes y la conducta de los ciudadanos. Eso lo domina Santos. Lleva casi tres años herniado construyendo un imaginario en el cual posa del héroe que quiere y puede lograr la paz. Autonombrado protagonista de una epopeya que lo enfrenta contra fuerzas oscuras que buscan que Colombia siga desangrándose. ¡Es la lucha del bien contra el mal! De un hombre bueno contra la "mano negra", que comprende potencialmente todo lo que no esté con él.

Repetir hasta la saciedad esa consigna se debe complementar con hechos que la hagan creíble. Se trata de aplicar la etiqueta a todo. La mano negra toma cuerpo en el atentado al exministro Londoño (porque es tan negra que es antropófaga), está detrás del atentado terrorista con el cual fue recibido en agosto del 2010 o en las recientes explosiones en los cerros de Bogotá. Aparece en el espionaje de la Operación Andrómeda. Es tan peligrosa, que hasta se infiltró en esa operación que era conocida por el ministro de la Defensa y el propio presidente. Ahora aparece la prueba reina: un hacker y timador al que graduaron de "zar de las interceptaciones", casi que el "chacal”, al servicio de una “empresa criminal” llamada Centro Democrático.

Pero además los "enemigos de la paz" no tienen escrúpulos. ¡Hacen lo que sea! Salen versiones absurdas que el Gobierno denuncia como revelaciones que lo son tanto, que son inventadas por la Casa de Nariño o el departamento de propaganda de la campaña a la reelección. ¿Qué tal el cuento de que la oposición dice que un viceministro de las FARC sería el encargado de la seguridad? El Gobierno crea versiones para mostrar la mala fe de quienes son críticos: ¡son enemigos que hay que deshumanizar!

Una vez creada la narrativa, repetida mil veces, demostrada convenientemente, sobreviene en el imaginario colectivo la primera conclusión: los ciudadanos deben estar del lado del bien, así gobierne mal. ¡No hay opción!

La paz entonces es irreversible. No importa que las FARC sigan masacrando, continúen el secuestro, aumenten la extorsión y sigan siendo una organización narcotraficante. Todo eso es secundario y a quienes les interesa es a los enemigos de la paz. Lo único cierto es que ya se acordaron dos puntos, acuerdos inéditos y verdaderas demostraciones de buena voluntad de la “contraparte”. No se debe olvidar que, al fin y al cabo, Timochenko y Márquez juegan en el mismo equipo de quienes quieren la paz, en el equipo de los “buenos”. Son socios que deben enfrentar con valentía las amenazas de la "mano negra".

¿Qué sigue? ¡Fácil! Anunciar días antes de las votaciones un tercer acuerdo, ahora sobre el narcotráfico. El problema de la droga llegará a su fin y la paz estará de un cacho, la misma frase de Santos en 1998. Los medios dedicados a exaltar al mandatario y que militan en la reelección calificarán el hecho de histórico; el culipronto fiscal saldrá a satanizar a los críticos y sutilmente a mostrar sus molares; los gobiernos de izquierda, afines a la guerrilla en la región, resaltarán el “acuerdo definitivo”. Se pronunciará el mamerto premio nobel Adolfo Pérez Esquivel, Calle 13 saldrá con una camiseta, pintarán una gigantesca paloma de la paz y citaran un millón de veces a Mandela. Santos gritará que el papa Francisco le volvió a decir que “persistiera”. En síntesis, llegó la paz, lo único que falta es reelegir a Santos para cerrarla. Es la estafa de la paz.

Pero omiten un detalle. El supuesto acuerdo (que en realidad no lo es porque al igual que en los dos anteriores dejará temas esenciales por fuera, a los que deberán regresar más adelante) puede no ser percibido como quieren venderlo, sino como es: un golpe de opinión a favor de la reelección. Una maniobra planificada, calculada y ejecutada a dos manos para manipular la opinión días antes de las elecciones.

La manipulación tiene un límite y puede resultar tan evidente la estafa que los colombianos se den cuenta del engaño. El tiro les puede salir por la culata. ¡Será el abrazo de las FARC! Quizá, en realidad, el Secretariado, lejos de querer la reelección, quiere con su desprestigio dar un empujoncito a Santos al abismo. Saben que están negociando con el establecimiento y el régimen, lo de menos es quien se encuentre circunstancialmente al frente.

*Sígame en twitter @RafaGuarin
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