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Opinión

  • | 1983/05/23 00:00

    LA ESTOCADA FINAL

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Se encuentra el país en uno de esos momentos críticos de su existencia, malos para la economía y buenos para la inteligencia, en los que se redefine la naturaleza de la sociedad. Todo está listo para volver a ser pensado. Incluyendo, posiblemente, los mismos soportes institucionales sobre los que descansa el "sistema": La propiedad privada la libre empresa, la sociedad anónima, el papel de los bancos en el desarrollo, la intervención del Estado en los procesos productivos, el régimen laboral, el de asociación, el de seguridad social,... son todos conceptos básicos del ordenamiento social que están haciendo crisis ante nuestros propios ojos y en medio de un formidable desconcierto público.
Sería demasiado fácil llegar a la conclusión de que el sistema capitalista colombiano ha fracasado en sus objetivos y en su funcionamiento, si no fuera porque todas las otras alternativas son peores. La frase de Churchill sobre la democracia, el más malo de los sistemas con excepción de todos los otros, que son peores se podría aplicar, por analogía, a este análisis del capitalismo colombiano.
Sin embargo, a pesar de estar sometidos por nuestra cultura y tradición a un sistema imperfecto e indeseable, la situación de crisis debe servir para el replanteamiento de algunas estructuras económicas y sociales que nos ayuden a domesticar el capitalismo y a encontrar una vía intermedia entre este y el moderno socialismo de Estado cuyo fracaso, también, observamos todos los días en la Europa Oriental.
Dos sistemas: Por lo pronto, la crisis se manifiesta en el fracaso simultáneo de los dos modelos de desarrollo antagónicos de las últimas décadas: el de la sustitución de importaciones, o modelo industrial, y el de las exportación de alimentos, o modelo agrario: En 1983, y en medio de la turbulencia de la recesión universal, Colombia enfrenta una aguda decadecia en ambos sectores, que insinúa el hecho lamentable de no haber logrado convertirnos ni en una nación semi-industrial, ni en una potencia exportadora.
El actual ministro de Agricultura, lleno de ideas académicas y de buena voluntad y que conoce como nadie los problemas del campo, no ha logrado sin embargo alterar fundamentalmente la situación depresiva del sector, cuyas perspectivas futuras son aun más inciertas que las actuales: toda situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar, dice el humor negro colombiano.
Se ha confundido, aparentemente, el problema de la pequeña agricultura con el de la agro-industria. Para esta, el cuello de botella fundamental es el costo financiero. Para aquella, lo son el mercadeo y la rentabilidad. Al ofrecer abundancia de créditos, que llamamos "subsidiados" al 25%, para una actividad que no es rentable, no se está resolviendo verdaderamente el problema de los alimentos. Un enfoque más racional para producir una superabundancia de alimentos, sería el que han utilizado los Estados Unidos y las naciones europeas para lograr el mismo objetivo: la fijación de precios de sustentación competitivos. Endeudarse con el Fondo Financiero Agropecuario, o con la Caja Agraria, para perder la cosecha o para no poderla vender, no resulta atractivo ni siquiera para los suicidas. Mucho menos para los campesinos...
La situación industrial, por otro lado, apenas asoma al precipicio de las quiebras en cadena. ¿Cómo le ha sucedido esto a una raza pujante y emprendedora de buenos industriales, como somos los colombianos?. Los costos financieros, las cargas laborales --como se les llama- la ausencia de mercados externos, la insuficiencia de la demanda interior... Volver a parar la industria colombiana parece una labor de titanes, que, desde luego, por su propia envergadura, nadie quiere afrontar.
Y hay un cierto sentimiento despectivo, "allá ellos", entre el equipo económico del gobierno que tiende a menospreciar la importancia de la industria para el sostenimiento de las libertades públicas.
El neo-keynesianismo: Pero la realidad es que el desafío de los próximos tiempos no es otro que el de restaurar la fe colectiva en las posibilidades de la empresa privada, gestora como ha sido de nuestra antigua grandeza, y cuyas posibilidades infinitas abren el campo para el desarrollo de la inteligencia nacional. Desafortunadamente, la actual crisis se esta sorteando a corto plazo, con escasez de ambición, en un proceso inmediatista que conduce a la adopción del neokeynesianismo simplificado que esta insurgiendo en el ámbito político colombiano.
Ahora todos creen que si el sector privado se quiebra la solución es incrementar mágicamente el gasto público. Nadie, ni siquiera Fedesarrollo, ha querido decirnos, aún dentro de la mayor confidencialidad (nosotros no se lo diríamos a nadie) de dónde saldrán los inmensos recursos públicos que se recomienda gastar al Estado. Nuestros queridos economistas han olvidado, en apariencia, que la riqueza de un país es la prosperidad de sus industrias y que a ella está ligado, irremediableente, el equilibrio del sistema de libertades. En efecto, ninguna cantidad de cerrejones alcanza para sostener el gasto público en un país donde desaparece la empresa privada. Si en lugar de dejarse embarcar en un neo-keynesianismo de corto plazo, que podría darle la estocada final al sistema económico, el gobierno enrumbara sus esfuerzos hacia el rescate, a largo plazo, de la capacidad empresarial de los colombianos, dentro del marco de un capitalismo moderado, le habría hecho un favor inconmesurable al país, ocupando, al propio tiempo, un destacado lugar en la historia política de este siglo.
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