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Opinión

  • | 2003/03/10 00:00

    La estolidez imperante

    La senadora liberal María Isabel Mejía, escribe su posición sobre un posible aplazamiento del Congreso liberal, que ha creado un fuerte polémica dentro del partido.

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El presidente de la DLN está aplicando la estrategia de siempre: no hacer nada para poder quedarse. Por ello no ha convocado a todos los sectores del partido para promover la unión pues no le inspira simpatía alguna la posibilidad de la controversia democrática que haga posible el ascenso de un nuevo sector dirigente a los comandos directivos del Partido Liberal colombiano. De ahí que a las cartas que se le dirigen en tal sentido ni siquiera les otorgue un acuse de recibo. No obstante su angustioso interés de participar en el gobierno nacional no ha propiciado la unidad en torno al insigne liberal que desempeña la jefatura del Estado pues la estrechez conceptual con que interpreta ese proceso no le permite semejante visión futurista de la lucha política. Tampoco ha trazado una orientación certera frente al tema del referendo pues arroja mejores resultados no comprometerse -"ni chicha ni limoná"- y luego cobrar los dividendos como parte ganadora. Dicho en otras palabras, es el imperio absoluto de la estolidez.

Por eso, porque no hay un rumbo cierto para lograr el resultado exitoso de la unidad, la salida fácil y politiquera -como se rumora en los pasillos del Capitolio- es la de aplazar el congreso así con ello se lleve de calle por muchos lustros la suerte de nuestro partido. No se trata de protestar contra este posible aplazamiento porque sí. O por un simple deseo personalista. Se trata de reclamar seriedad y compromiso en relación con un aspecto vital para el liberalismo, tal es definir su destino futuro mediante una ambiciosa plataforma de lucha que contemple las soluciones para los graves problemas que azotan a los sectores desprotegidos de la sociedad y un proceso de organización que coloque a toda la colectividad en son de combate para capturar el poder.

Mientras tanto significativos sectores de la colectividad liberal soportan el detestable ambiente de revanchismo interno, estimulado

por el presidente de la DLN, mediante el cual se pretende levantar las horcas caudinas contra los dirigentes liberales que nos atrevimos a elegir presidente de la República a Alvaro Uribe Vélez, por su formidable estirpe liberal y sus recias convicciones democráticas. Posiblemente jamás nos perdonarán tamaña osadía y el hecho de que contra todos sus presupuestos hubiésemos salido avantes en tan maravillosa empresa y por tanto emplearán todos los medios para hacer imposible la unidad liberal. Más el paso de la historia no se detiene y los descalabros del futuro -si no se corrige esta cadena de equivocaciones- dirán cuán lejos del cumplimiento de la tarea que se les confió están el presidente de la DLN y todos aquellos que sin considerar la suerte de la colectividad siguen sus desorientados lineamientos.

Que se busque ahora cobrarnos la aplastante derrota del jefe del debate del doctor Horacio Serpa en la región cafetera no sería tan grave si con ello no se causara inmenso daño al liberalismo. Porque es lo cierto que actualmente nuestro partido no es protagonista de nada; no lidera ningún proceso; no lleva la iniciativa en ningún escenario; no es gobierno ni oposición; es decir, de nuevo, "no es ni chicha ni limoná".

Esta es una realidad inocultable que resulta dolorosa para ese gran pueblo liberal acostumbrado a sentir y vibrar con su partido como el partido del pueblo, empenachado frente a la adversidad; bravío contra la injusticia social; invencible en la lucha contra los privilegios de turno. Y más triste todavía que vivamos una situación tan precaria por la estolidez de un dirigente que niega en la práctica hechos de tanta trascendencia como:

Primero, que el jefe natural del Partido Liberal es el Presidente de la República, un liberal eminente a quien de manera arbitraria y obtusa le cerraron todas las puertas en la corriente oficial del partido; y segundo, que el jefe de Estado está luchando por conseguir la pPaz -el liberalismo es el partido de la paz-; por consolidar la justicia social -el liberalismo es el lartido de las minorías discriminadas-; por ampliar la democracia mediante la participación ciudadana -y el liberalismo es la social democracia-. En fin, que desestima las políticas trazadas en el Plan nacional de desarrollo hacia un Estado comunitario como las bases firmes para aplicar la nueva ingeniería política que avance en la misión histórica desempeñada por el Partido Liberal, cual es la de construir una verdadera sociedad democrática.

Así las cosas, no debemos desanimarnos y muy por el contrario debemos fortalecer nuestras convicciones y continuar adelante, desde nuestros respectivos espacios, en la lucha por perfeccionar la democracia. Frente a la idea de aplazar el congreso para poderse quedar tan campante otros cuatro años en la DLN, vale la pena alertar a nuestros copartidarios diciendo que deben manifestar su voluntad soberana de congregarse bajo la tutela de las banderas liberales, en torno a su máxima autoridad, el congreso del partido, para trazar por la base la estrategia salvadora para Colombia y para la colectividad: ¡Unión en torno al presidente Uribe para sacar avante los destinos de la Patria; organización combativa para defender los intereses populares y adopción de los planes tácticos que nos coloquen de nuevo como la alternativa de poder para el pueblo irredento de Colombia!

*Senadora liberal

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