Jueves, 19 de enero de 2017

| 2000/04/03 00:00

La estrategia del caracol

La estrategia de buscar un medio de comunicación para lanzarle un plan de paz al ELN le funcionó a Castaño

La estrategia del caracol

Desde las Epocas en las que los gringos le escribían los libretos de las entrevistas a Fernando Botero, no se había visto una estrategia mejor montada que la que esta semana le lavó la imagen al jefe de las autodefensas, Carlos Castaño. (“Quiero que el país me conozca y me escuche”, dijo al comenzar la entrevista).

Y eso fue lo que hizo el país: lo conoció y lo escuchó, durante las casi dos horas de duración que tuvo el reportaje, en el mismo espacio en el que días antes una de sus víctimas, Piedad Córdoba, había también intervenido, aunque a diferencia de su victimario, sólo por espacio de media hora. ¿Pero quién puede negar que Castaño es mucho más periodístico que Piedad?

La estrategia de buscar un medio de comunicación para lanzarle un plan de paz al ELN y anunciar la intención de deponer las armas al tiempo con un acuerdo de cese al fuego con la guerrilla le funcionó ampliamente a Castaño. Dejó colocado el balón en el campo de sus enemigos, y puso al país de su lado, bajo el mensaje de que si esta cosa no se arregla ya no será por cuenta de las autodefensas sino de los guerrilleros.

Como resultado de la entrevista, Castaño sufre una sorprendente metamorfosis. De la noche a la mañana logra transformarse de un hombre bárbaro con las manos manchadas de sangre, en un padre de familia, condenado a vivir lejos de sus hijos, por cuenta de una misión patriótica que lo obliga a cometer actos atroces sólo porque es estrictamente necesario para atajar a la guerrilla.

El Castaño impecablemente vestido que descubrimos, es un hombre que llora, y que llora mucho. Que es capaz de desechar los odios, que respeta al Presidente de la República y le augura buenos resultados en el tema de la paz. (Mucho mejores que el entrevistador, que reacciona furioso ante estos buenos augurios). Que es noemicista. Que con frecuencia entra en contradicción con los hechos de la guerra. Que su movimiento no está hecho para defender a las oligarquías sino a la clase media. Que reza por las noches —“una costumbre muy antioqueña”—, añade sagazmente el entrevistador. Que es muy miedoso, pero eso sí, no es un cobarde. Que adora la vida. Que sabe de poesía y es capaz de recitar a Benedetti, y que se sabe la Biblia ‘de pe a pa’, con lo que indudablemente los colombianos quedaron realmente convencidos de que es un hombre culto, aunque él reconoce con toda humildad que no sabe mucho de nada pero sí un poco de todo.

A medida que avanza la entrevista, Castaño logra admirablemente ir desplegando su personalidad, no sin caer en contradicciones de fondo: “Si a un enemigo hay que matarlo, hay que matarlo, pero no hay que torturarlo”.

“¿Su mamá lo ha regañado?”. Pero ni aun ahí el entrevistado se amilana. Por el contrario, pasa rápidamente a afirmar algo que conquista definitivamente a la opinión, y es que él no se acostumbra a ver morir, porque “la sensibilidad no se pierde ni al fragor de la guerra”. Otra pregunta incontestable: “¿Es usted un bandido?”. Y cuando todos pensábamos que iba a responder afirmativamente, Castaño vuelve y nos sorprende con una negativa. “Algunos de mis dictámenes han implicado la muerte de otros, pero me mantiene en paz que yo no empecé esta guerra”.

Y ahora sí la pregunta más difícil de todas, para un hombre que se confiesa católico y conservador: “¿Cuál es ese Dios que le permite hacer esas cosas?”. Bueno. Ahí sí que pensé que Castaño no lograba llegar. Pero no. Facilito explica que lo entristece usar métodos tan drásticos, pero que se justifica porque es para combatir otras atrocidades.

“¿No está mamado de la guerra?”. “Cansado”, responde el entrevistado con mejor castellano. Y luego pasa a explicar, con toda sencillez e inusitada franqueza su modus operandi. “Yo también soy extorsionista. Pero esa extorsión es concertada. Se manda el vacunador, lo mismo que hace la guerrilla. Sólo que yo lo hago con cariño. Soy amigo, pueden discutir el precio o pagar más adelante...”.

Hábilmente, Castaño se muestra como un hombre lleno de valores que la sociedad reconoce: no fuma, y no bebe aguardiente, porque su hermano le enseñó a no hacerlo. Trata de no torturar antes de fusilar. Odia la traición. Está dispuesto a abrazarse con sus enemigos. Aunque muchas veces le ha tocado aceptar la ejecución de alguien, su enorme sensibilidad le impide hacerlo personalmente. Sueña todavía con ser profesor, y al igual que 40 millones de colombianos, quiere un país en paz donde los hijos suyos y los de todos sean libres y estén a salvo de la guerra. Pero lo más admirable es que se somete a todas las reglas de la democracia. Ante una orden de ejecución colectiva de quienes —como la opinión sabe que sucede— son realmente guerrilleros que se disfrazan de campesinos que se protegen incrustados en la sociedad civil, los dirigentes de las autodefensas someten sus ponencias, y si la decisión “no tiene quórum, se cancela”. Para que el Congreso colombiano vaya aprendiendo...

Hay que reconocerle a Castaño que aparecer ante las cámaras de televisión tenía cientos de riesgos, no sólo en cuanto a su seguridad personal sino en cuanto a la imagen global que lograra proyectar entre los televidentes. Pero el resultado es un hit para el jefe de las autodefensas colombianas.

Lo cual tampoco es que sea mucha gracia, cuando el entrevistado puede escoger a su entrevistador.



Entretanto... En la división de la guardia pretoriana del Presidente, ¿quién ganará: Rómulo o Remo?

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