Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2001/07/30 00:00

La explosión, ya

El Establecimiento colombiano pretende, como siempre, que todo le salga gratis, y además rentable. La paz, o la guerra

La explosión, ya

Titulaba el periodico de este viernes: “A prueba, voluntad de paz de Farc”, y a continuación, en un subtítulo, informaba: “Las Fuerzas Militares ya no tienen plata ni para combustible”.

Las Farc, que sí tienen plata, no tienen en cambio voluntad de paz. ¿Por qué iban a tenerla, si sus adversarios no tienen plata ni para combustible? Tienen la voluntad de proseguir la guerra, y de endurecerla, y de seguir consiguiendo la plata para financiarla con los mismos métodos con que la han financiado desde hace muchos años: secuestros, vacunas, tajada en las ganancias ingentes del narcotráfico. Desde esa fortaleza que les da su capacidad financiera juegan al gato y al ratón con el ratón de enfrente, que no tiene plata ni para gasolina. Y no la tiene porque no quiere gastarla.

Y es que del lado del gobierno, del Estado, del Establecimiento, no existe ni la voluntad de paz ni la voluntad de guerra, porque no existe la voluntad de financiar ni la una ni la otra. Ambas cuestan. El Establecimiento colombiano pretende, como siempre, que todo le salga gratis, y además le sea rentable. La paz, por la que no está dispuesto a arriesgar ni un solo peso (hace un año o por ahí una encuesta entre los ejecutivos de las grandes empresas del país reveló que casi todos ellos, a la pregunta de “qué estarían dispuestos a entregar a cambio de la paz” respondieron escuetamente: “Nada”). O la guerra, cuyos costos tampoco está dispuesto a aceptar. Que la paguen otros. Los Estados Unidos, con su Plan Colombia. O los países “amigos” de esa que este gobierno sin vergüenza ha llamado, sin rubor, la “mesa de donantes”. Que la guerra la paguen otros, y además que la libren otros, porque este Establecimiento no está dispuesto a donar ni siquiera sangre. Que la pongan los marines norteamericanos: pues todavía se arrullan con esa vaga libélula de ilusión sus cabecitas locas. O que la pongan los mercenarios de las AUC: esos asesinos a sueldo que, cuando les dejen de pagar el sueldo, les cortarán las cabecitas locas. Pero la guerra no la van a librar ellos mismos, ni tampoco sus hijos en edad de empuñar un fusil: no pueden interrumpir sus estudios de administración de empresas en las universidades norteamericanas ni siquiera para defender las empresas que están aprendiendo a administrar. Sus padres, entre tanto, y para mantenerlos en sus estudios —sus padres: empresarios, políticos, hacendados o todo a la vez—, se dedican a sacar su plata afuera mientras le aprietan el cinturón al país por orden del Fondo Monetario: más desempleo, más ruina, más miseria, más “condiciones objetivas” para el crecimiento de la violencia social. Fomentan esa guerra que no quieren pagar.

Porque este país no es un polvorín a punto de estallar, como dicen a veces. Es un polvorín que ya estalló. Estamos en medio de la explosión, y no queremos darnos cuenta, ni apagar el incendio. Habría que hacerlo con agua, o con sangre: y las dos cosas cuestan.

Hace ya bastantes años, en sus brillantes y sardónicas columnas de prensa, el difunto Jorge Child proponía una vez y otra vez que se cambiaran las estructuras de la economía colombiana para convertirla, por razones de fuerza mayor, en una economía de guerra. No una economía para hacer la guerra, que es el sentido que habitualmente tiene la expresión; sino, más inteligentemente, para evitarla. Que en vez de dedicar los recursos de la riqueza nacional a lo superfluo se destinaran a lo necesario, y que en vez de despilfarrarlos en las frivolidades de lo urgente se invirtieran en garantizar las profundidades de lo importante. Nunca le hicieron ningún caso, claro: cómo le iban a hacer caso al loquito de Child. Y por eso, por no haber querido gastar en la paz, nos vemos ahora obligados a gastar en la guerra.

Y encima vamos a perderla. Porque todas las guerras civiles se pierden. Se pierden en la derrota: la sangre derramada, los recursos desperdiciados. Y se pierden en la victoria: gane el bando que gane, las guerras civiles las ganan los militares.

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