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Opinión

  • | 2006/08/19 00:00

    La fábula de la guaca

    La historia de la guaca millonaria parece la fábula de la Colombia que le vendió el alma a la ilegalidad y se consumió en la violencia, opina Alvaro Forero Tascón.

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El descubrimiento de una guaca millonaria por parte de unos soldados, y el desenlace de esa historia, podría ser la fábula de la Colombia moderna, pues simboliza el apego de nuestra sociedad a la ilegalidad y deja una profunda moraleja sobre lo autodestructivo de ese comportamiento.

Buena parte de los colombianos que protestan por la suerte de los soldados condenados considera que éstos no debían responder, por el hecho de que ese dinero provenía de actividades ilegales o inhumanas, pues el origen del dinero es irrelevante para juzgar su actuación. Consideran que al lucrarse de las actividades de las Farc, los soldados no se hicieron cómplices del terror, de la muerte y del sufrimiento con que se obtuvo ese dinero.

¿Qué explica que una sociedad victimizada al máximo por el secuestro, el boleteo, el terrorismo y el narcotráfico, se ponga del lado de quienes se beneficiaron de esas actividades, bajo el argumento de que los militares no cometieron los delitos que produjeron el botín? No es fácil entender tanta solidaridad con los soldados, en un país en el que ésta brilla por su ausencia frente a los miles de hombres y mujeres desplazados, pisoteados, desaparecidos y asesinados impunemente durante 50 años. Y llama la atención que esa solidaridad sea tan amplia precisamente cuando se trata de personas que usufructuaron dinero mal habido, mientras escasea para los soldados y policías de buena conducta.

La abrumadora indignación frente a la condena de los soldados se puede deber al hecho de que inconscientemente, muchos colombianos concluyeron que ellos habrían hecho lo mismo, tomar el dinero haciendo caso omiso de las implicaciones moral, social y política del acto, con la disculpa de que el dinero no tenía dueño, y en caso de tenerlo, era legítimo hurtar a las Farc.

Porque más allá del desolador drama humano de unos muchachos pobres y sin oportunidades, que reciben un castigo brutal por buscar el resultado rápido, cueste lo que cueste, que es exactamente lo que su sociedad les enseña y lo que practican sus gobernantes y conciudadanos más privilegiados, la historia de la guaca, y la solidaridad que ha despertado, se explica por el valor que la sociedad moderna le adjudica al dinero. Porque estando perfectamente clara la procedencia del dinero, la solidaridad con los militares se basa en la premisa maniquea de que la guaca contenía dinero, y no droga o personas secuestradas.

La solidaridad con los soldados tiene que ver con una cultura en la que el dinero, por su superioridad frente a los demás valores sociales, está dotado de cierta intangibilidad moral, pues en el instante en que un bien o servicio ilegal se convierte en dinero, se equipara a cualquier otro billete y, como la guaca, circula libremente, no porque la sociedad disculpe abiertamente el origen ilícito, sino porque descaradamente no pregunta por él. Disculpar la conducta de los soldados es tan común, como aceptado es que el sistema financiero, el Estado a través de los impuestos y aranceles, y en general los hombres de negocios que proveen a los actores ilegales de sus armas, insumos, carros, casas, fincas, y joyas, se beneficien de la ilegalidad tanto como los propios capos, paras, guerrilleros o políticos.

La fábula de la guaca es el relato sórdido de la Colombia que, por su adicción a lo ilegal, es incapaz de detener su autodestrucción. La tragedia de los soldados es la de los demás colombianos que, menospreciando los valores más elementales en búsqueda del progreso material, hemos desatado esta vorágine de ilegalidad y de violencia, que por escapismo disfrazamos de pasión. Porque creer que la actitud inmoral de los soldados frente a la guaca, que es la misma de nuestra sociedad frente a los beneficios ilegales del narcotráfico, del paramilitarismo y del clientelismo, es un acto de desesperación o de necesidad, y no de cinismo y adicción autodestructiva, es lo que explica que sigamos incubando una sociedad narcotizada, corrupta y violenta, y que combatir sus verdaderas raíces no aparezca en los planes del Estado colombiano.

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