Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1998/07/13 00:00

LA FALSEDAD DEL POLITICO

LA FALSEDAD DEL POLITICO

Después de acusarlo mil veces de maquillado, Horacio Serpa da a entender que su contradictor no lo es tanto como él mismo. La forma abrupta como fue acorralado hasta decir que respetaría la ley que lo obligara, hipotéticamente, a extraditar al presidente Ernesto Samper, lo exhibe como alguien que no maneja principios sino apariencias y que maquilla su pensamiento.Todos sabemos _y Lorenzo como el que más_ que el candidato oficial es enemigo acérrimo de la extradición de nacionales. Postura política y legislativa que va pareja con su nacionalismo a ultranza, el mismo que lo ha enfrentado con Norteamérica. A fe que esa posición de Horacio Serpa me ha gustado siempre. Aunque, con inmodestia lo digo, la de Lorenzo es más antigua aún y data de los tiempos del embajador Tambs. Algunos amigos saben que no aplaudí en la catedral de Neiva, cuando el presidente Belisario Betancur, ante el féretro de Rodrigo Lara, cambió su política en materia de extradición. Pero, ¿qué pasó? Que hace muchos días, el candidato no se atreve a decir esta boca es mía en esa delicada materia. Desde el momento en que apuntó su candidatura, Serpa calló en punto de extradición. Manifestó con ello un gran temor a enfrentar el sentimiento nacional contra los narcos y, sobre todo, a desafiar nuevamente a Estados Unidos, cuando se vislumbraba su posibilidad de gobierno. Serpa manipula las ideas. No pareció muy convencido, cuando, con gran triunfo oratorio y parlamentario, defendió a su presidente y amigo y pronunció la célebre frase: "¿Que renuncie Ernesto Samper Pizano?, ¡mamola!". El sabía, como ser inteligente y sagaz, que cabalgaba aceleradamente sobre brasas de argumentos y evidencias. Pero se mostró como el más hábil político, de la escuela del ocultamiento y la maniobra.Ahora mismo no le conviene mostrarse como lo que es: enemigo de la extradición y, con mayor razón, de la de su jefe y amigo. Pero se dejó llevar del temor de las cámaras o del miedo a ese horrendo examen a que se está sometiendo a los candidatos presidenciales, en que una palabra puede derrumbar una campaña. Fue así como se fingió el más irreductible legalista. Recuerdo de la televisión un tipejo obtuso, que en alguna comedia de esas, sólo vociferaba: ¡la ley! ¡la ley!No es ese el estadista. Ha de cumplir la ley que juró, sí, pero su visión ha de ir más allá del mero positivismo legal. Debe propiciar la reforma de la ley, si es el caso. O si se le presenta un dilema, como el que se le planteó, entre respetar un tratado formal o negarse a la entrega de quien, así fuera con indignidad, ha representado a la Nación, tiene que saber reconocer como de mayor categoría moral y jurídica la autonomía y el respeto que son debidos al propio país.No hay ley ni tratado público que obligue a entregar a un jefe de Estado a otro Estado, pues allí habría que apelar al Derecho de Gentes, en defensa de la soberanía nacional. Norteamérica no podría repetir en Colombia el episodio triste y denigrante de Noriega, llevado con reseña, a bordo de un Hércules americano, sustraído de la Nunciatura en Panamá, la cual no valió ni como territorio papal, ni como casa de respeto, pues fue asaltada por la música insolente de los marines. La debilidad del nuncio, señor Laboa, está escrita en la historia de la diplomacia latinoamericana. Serpa no estuvo a la altura. Quiso mostrarse como el más vivo, que no se dejaba atrapar por una pregunta que lo comprometiera con su amigo (al que no puede mostrar) y se invistió de un legalismo de baranda de juzgado. El derecho internacional no se aprende en la judicatura rural. Hay algo de mezcla de buena fe e ingenuidad en Horacio Serpa. El caso Samper en que se dejó envolver y comprometer hasta la cervical. Desde un primer momento él tuvo que entender de dónde procedía el dinero, que entró a manos llenas a una campaña exhausta. Que él mismo dirigía, además. El caso Mauss o Klauss, como él lo llama, con hospedaje, Mercedes Benz, clandestinidad y Registraduría. Y ahora el caso extradición, fingiéndose el más legalista, que embarcaría a Ernesto en guacales, rumbo a la Florida.En ese único momento, todos, menos Serpa, seríamos samperistas. Llegaríamos a alegar cualquier cosa, inclusive que los elefantes no pueden salir del país, por hallarse en vía de extinción, como las babillas.

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