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Opinión

  • | 2005/07/10 00:00

    La falta de Piedad

    Capaz de enormes sacrificios y de nadar contra la corriente de manera indefinida, esta mulata se ha inventado una nueva forma de hacer política

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Hace unos días una viejita rubia tomó un taxi en Medellín. El conductor, conversador como suelen ser, subió el radio para oír el boletín de la hora. Hablaban del último debate en el Congreso y reproducían una declaración de la senadora Piedad Córdoba contra? el gobierno. El hombre golpeó con fuerza el timón como si quisiera matar a alguien y estalló en maldiciones. "Negra de los infiernos", "guerrillera", "vendida", gruñó mientras esperaba que cambiara el semáforo.

Cuando miró el retrovisor vio los ojos azules de su pasajera llenos de lágrimas. No entendió el llanto de la señora, ni por qué pedía que la dejara en esa esquina, en medio de la nada, si cinco minutos antes quería ir a La Alpujarra. La anciana, con esa dignidad enorme de los paisas, sacó de su cartera un pañuelo blanco y un billete de 5.000 doblado en cuatro. Paró una lágrima que rodaba por su mejilla y volvió la espalda sin esperar el cambio. El chofer se encogió de hombros y partió a buscar otra carrera. Acababa de dejar a Esneda Ruiz, la mamá de Piedad Córdoba.

Doña Esneda, que jamás le ha temido al "qué dirán", se ha ido acostumbrando a que -por estos días- casi nadie hable bien de su hija.

La lucha cuasisolitaria de Piedad, que en Colombia suma millones de detractores, en Medellín tiene visos francamente inverosímiles. Disentir de Uribe hace unos meses era una herejía, ahora lo es menos, pero sigue estando entre los pecados mortales. Sin embargo, Piedad continúa contra viento, marea y mayorías.

Habla ante quien quiere oírla, cuando no la oyen, grita, y cuando tampoco gritando la atienden, marcha o baila para defender a los pobres, a los marginales, a esos ignorados que ahora parecen importar menos que nunca.

Tiene el carácter que le falta a la mayoría de los hombres. Secuestrada por Carlos Castaño le gritó asesino en su cara, sin inmutarse. Como si hubiera nacido para esperar ese disparo, cubierta sólo por la armadura de su verdad. Deshaciéndose de miedo por dentro, pero sin mostrar un solo gesto de debilidad. Se sentó a fumar el último cigarrillo, a pensar en sus hijos y a esperar lo inevitable. Pero ese no fue su día. Increíblemente Castaño, que ya la saboreaba entre sus fauces, la devolvió.

Casi nadie lo sabe, y son menos aun quienes quieren reconocerlo. Pero, por encima de cualquier otro, quien logró ese milagro fue el senador Enrique Gómez. Cuando se agotaban los argumentos para que la liberara, Castaño súbitamente cambió de opinión. El intransigente jefe paramilitar les explicó a sus subalternos que a todos podía decirles que no, menos al hijo de Laureano.

No ha sido la única vez que se le ha escapado a la muerte. Dueña de un arrojo singular, suele caminar de frente hacia el peligro cuando otros se alejan a toda carrera. Por eso, de cuando en cuando, le quieren "robar el carro", como reza la explicación oficial sobre las conjuras contra su vida. Sus hijos ya no pueden vivir con ella. Piedad tuvo que dejarlos en el exterior para regalarles nuevamente la vida, y continuar su lucha.

Capaz de enormes sacrificios y de nadar contra la corriente de manera indefinida, esta mulata se ha inventado una nueva forma de hacer política. Logró sacudirse del samperismo, y hoy es quizá la crítica más fuerte del ex presidente, al que tanto defendió.

Como son grandes sus virtudes, Piedad también suele equivocarse en grande. Dura meses acumulando argumentos válidos sobre el ministro Fernando Londoño y ya en el estrado de los oradores, apenas le manotea y le grita consternada "guaquero". Como no cumplió la faena verdadera, se lo entraron vivo al corral.

En ella, a veces la emoción se impone sobre la razón. Vuelve eventuales aliados a sus enemigos. Lo mismo a Juan Fernando Cristo o al ex presidente César Gaviria los muele a rejo cuando es necesario unirse para enfrentar desafíos mayores. Pero todo eso pasa porque ella ve la política como un ejercicio libertario, ajeno a cualquier cálculo.

Va a hacer falta, mucha falta, Piedad en el Senado. Pero quienes creen que quitándole su curul están eliminándola, se equivocan de cabo a rabo. Piedad ha llegado hasta aquí a pesar de todo -y contra todos- por eso, si conserva su norte, nadie va a pararla.
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