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Opinión

  • | 1997/08/25 00:00

    LA FARSA

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El tema ya se enfrió porque fue sepultado bajo la avalancha de noticias sobre la masacre de Mapiripán, asunto que a su vez dejó de ser interesante tras las declaraciones de Guillermo Pallomari, quien fue relevado de las primera planas por la destitución del general Harold Bedoya. Pero a pesar de ser ya historia (ocho días, imagínese) no puedo resistir la tentación de hablar del escándalo nacional que se armó por la dedicatoria del gol de Anthony de Avila a los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela. Porque ahí estamos pintados. No acabó el acalorado jugador samario de pronunciar su frase cuando habían pasado por todos los micrófonos, todas las grabadoras y todas las cámaras de los medios de comunicación del país todos y cada uno de los dirigentes nacionales para decir lo mismo: que qué horror. Todos escandalizados. Oímos, vimos y leímos la declaración calcada de los candidatos a la Presidencia, ministros del despacho, generales de la República, dirigentes deportivos, parlamentarios, obispos..., en fin, todo lo que se puede llamar clase dirigente colombiana, poniendo el grito en el cielo por la zafada de cadena de 'El Pitufo', que le dedicó su gol glorioso a un par de narcotraficantes presos en La Modelo, por la pésima imagen que para Colombia significaba una dedicatoria de semejante naturaleza.Farsantes. No hubo un solo padre de la patria con la inteligencia, la honradez y los pantalones para reconocer en la embarrada de 'El Pitufo' un pecado nacional. Nadie fue capaz de explicar que en ese gesto se estaba reflejando una cultura nacional provocada por una clase dirigente incompetente, inmoral, o ambas cosas a la vez, que permitió que el narcotráfico la carcomiera hasta los tuétanos, cuando era su obligación impedirlo.Todos escandalizados como si en su vida hubieran oído hablar de narcotráfico; como si nunca les hubieran contado que el América y muchos otros clubes de fútbol tenían como dueños a los narcotraficantes; como si el único tipo vergonzante de este país fuera este pequeño futbolista que con la sangre caliente tuvo la osadía de darle las gracias a los hombres que le han pagado el sueldo toda la vida, y que resultaron (nadie lo sabía) narcotraficantes.Si no fuera tan dramático, daría risa. Un país entero diciéndose a sí mismo una mentira conocida y todos aplaudiendo como si fuera la gran verdad. Es un espectáculo de circo.El gesto de De Avila fue posible porque ese hombre fue criado por una sociedad dirigida por gentes que se comportaron como si el narcotráfico no fuera delito. Varios de los que hoy se rasgan las vestiduras celebraron a rabiar los triunfos de los equipos de los narcos, a sabiendas de lo que pasaba y sin decir esta boca es mía. Que alce la mano el que diga que en su calidad de dirigente de cualquier sector social hizo un gesto que ese muchacho hubiera podido interpretar como una censura social al oficio en el que se estaba criando. Cuando metía los goles, él miraba a la tribuna y veía a todos los que lo critican hoy aplaudiendo frenéticos la maravilla, y dándoles a sus patrones un tratamiento en la calle más parecido al de los héroes que al de los bandidos."La embarró 'El Pitufo", fue el comentario más benévolo de cuantos salieron de la boca de la dirigencia nacional. Poncio Pilatos es un aprendiz en lavada de manos al lado de los hombres que nos conducen, que no fueron capaces de ver en el gesto ingenuo, casi infantil, de De Avila, a una sociedad enferma, educada en buena medida por ellos. Todos soltaron la carcajada cuando De Avila dijo que su declaración la habían sacado de contexto. No sólo la declaración: sacaron a toda la sociedad y nos salimos todos y quedó ahí, solito, un hombre de metro y medio en pantaloneta, como responsable histórico de la cultura del narcotráfico en Colombia. Eso no es serio. Es una farsa. Si así son para el diagnóstico, qué se puede esperar de las soluciones. Ahora que estamos en campañas electorales y toca elegirlos de nuevo, lo triste es pensar que vamos a ratificar, por culpa nuestra, la vieja máxima de que los pueblos tienen los dirigentes que se merecen.
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