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Opinión

  • | 1995/06/05 00:00

    LA FEALDAD DE BOGOTA

    Es difícil encontrar un barrio en Bogotá que no haya sido víctima, no digamos de la mala planificación, sino de la abierta violación de todas las normas urbanísticas.

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EL OTRO DIA SE ME OCURRIO DECIR EN público que Bogotá era una ciudad feísima. ¡Qué bruto! Se me vino todo el mundo encima con el dedo acusador, y hubo incluso quienes me recomendaron abiertamente que me fuera a una ciudad que me gustara más.
El hecho es que -me da pena decirlo- Bogotá me parece una ciudad muy fea. Una de las más feas entre las capitales grandes que he conocido, y una de las ciudades más inhumanas entre las que es posible vivir.
Lo más grave no es que la capital colombiana sea fea. Lo terrible del caso es que Bogotá fue una ciudad bastante bonita y muy agradable. Las historias de los bogotanos de las distintas clases sociales que habitaron esta ciudad antes de que fuera convertida en una hoguera el 9 de abril del 48 producen envidia. Los encuentros sociales se hacían en lugares públicos. Los bares, los cafés y los teatros son el escenario frecuente de todas sus anécdotas, pero no pocas veces el sitio de encuentro es la propia calle. El aire libre. Los adenes anchos, el tranvía, los parques, los círculos de luz pálida debajo de un poste...
Quitémosle a esas historias aquello de que para todo el mundo cualquier tiempo pasado fue mejor. Y restemos también el hecho de que hasta la mitad del siglo Bogotá era un villorrio con los atractivos de toda aldea, al que después arrasó un crecimiento desmesuradamente veloz. Aún así, a partir del 9 de abril del 48 cambió por completo el criterio de los gobernantes y administradores hacia la ciudad, y el resultado de ese desdén acabó convirtiendo a la capital del país en un lugar hostil, que no lo era.
Cuentan quienes vivieron 'el bogotazo', que a partir del día siguiente hubo un rechazo colectivo hacia el pasado, y la gente le cogió bronca al escenario terrible de lo que parecía el símbolo de todos los males anteriores. Las edificaciones viejas que quedaron en pie fueron demolidas para darle paso a los modernos edificios que simbolizaban la nueva era. Los rieles del tranvía fueron arrancados en unos tramos y sepultados en otros, y la clase dirigente local echó sal sobre casi toda la ciudad. De esa época o de antes quedan unos pocos barrios que son verdaderas islas preciosas que viven de milagro sin sucumbir aún a la destrucción.
Pero ese sentimiento, hasta cierto punto explicable entonces, se convirtió en una norma que aún subsiste: lo nuevo debe reemplazar a lo viejo. Bogotá es ahora una mole de ladrillo en reciclaje permanente, irreconocible para quien se ausente por un lapso mayor a cinco años. Y esa depredación continua ha degenerado en el convencimiento de que las normas urbanísticas, que buscan hacer amable la vida en la ciudad, sean las que se pueden violar con mayor impunidad.
Es difícil (yo diría imposible) encontrar un barrio en Bogotá que no haya sido víctima, no digamos de la mala planificación, sino de la abierta violación de todas las normas urbanísticas. El resultado está a la vista. La gente se pasa el domingo entre la casa frente a un televisor porqhe no hay espacios públicos amables para descansar. Las ciclovías son la prueba del desfogue desaforado de una ciudadanía encerrada. Nadie puede caminar más de cinco minutos en línea recta por un andén porque siempre encontrará un obstáculo que se lo impida. Nadie puede garantizar que alguien no le vaya a poner impunemente frente a la ventana de su alcoba una pancarta anunciando un montallantas. O un edificio...
A pesar de todo Bogotá es agradable. Tiene algún misterio en el ambiente que la hace deliciosa, vagabunda, cómplice, tierna, adorable. Incluso hay veces que a uno le parece que su propia fealdad tiene mucho encanto. Pero eso hace aún más doloroso el drama de esta ciudad. Se siente todo el tiempo que nos estamos perdiendo la oportunidad de vivir en un lugar envidiable.
Por eso, repito, me da pena decirlo pero me parece absurdo negarlo: Bogotá es una ciudad feísima. Y desde ya me pongo a esperar de nuevo los insultos que se parecen a las advertencias que escribían los militares brasileños contra sus opositores durante la dictadura: "Brasil: ámelo o déjelo".
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