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Opinión

  • | 2011/06/10 00:00

    La fealdad de Valerie Domínguez

    Más que una cualidad externa, la belleza es una práctica, una forma de vida que encontramos deseable; que algunos no encontramos, valga decirlo, en Valerie Domínguez.

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“No hay mujer fea sino mal arreglada”, reza un adagio popular. Uno que con frecuencia expresamos como mentira piadosa. ‘Piadosa’, digo, porque –allá en donde no nos podemos mentir– a muchas mujeres, al igual que a muchos hombres, no les encontramos arreglo alguno. Pero también porque –atendiendo a ese mismo allá– no será menos cierto que algunas personas no lograrán suscitarnos el más mínimo grado de atracción, pese a cumplir con todos los parámetros de la estética popular.

Así es, hay gente fea que es muy atractiva; y gente bonita, sencillamente, desagradable. De ahí que el ‘arreglo’ exigido por nuestro adagio no sea uno de cuyos resultados nos pudiésemos percatar frente a un espejo. Tal parece que mejor haríamos en reemplazarlo con otro no menos popular: “Lo importante es la personalidad”. El problema es que si el primero sonaba a mentira piadosa, este último sonaría a grito de desvergonzada compasión. Con todo, creo que ambos dichos encierran su parte de verdad, y que uniéndolos podríamos apreciar mejor la belleza; tanto, como la fealdad.

Es esta la unión hacia la que apunta Humberto Eco cuando insiste en que nuestros juicios de gusto estético resultan inseparables de nuestros juicios morales –es decir, que lo feo va ligado a aquello que consideramos malo, y lo bello, por su parte, a aquello que consideramos bueno–. Es esta la unión que nos lleva a notar un componente moral que resulta indisociable de la belleza, la bondad. De ahí que bello, en contraste con simplemente interesante o atractivo, también requiera de nobleza de espíritu; de ahí que bello solo seamos de una manera íntegra: estética y moralmente.

La unión de nuestros dos adagios es, pues, muy sencilla: la belleza no está volcada hacia el exterior (la apariencia física), o hacia el interior (la personalidad), sino que consiste en una unidad armónica y deseable, en lograr una óptima adecuación entre nuestro yo y nuestro espacio circundante. Se trata, así, de una unidad estética y moral que se apoya en una razón muy simple, si bien nada fácil de aceptar: en mente y cuerpo somos una sola persona, no dos –como por vía cultural, religiosa y de sociedad de consumo nos lo han hecho creer–. Somos uno en nuestras formas de pensar, gesticular, conversar, actuar, habitar, y en nuestra vida toda. Somos uno, a menos que padezcamos de una doble o múltiple personalidad.

Creer lo contrario es una de las causas principales de nuestro extremismo en cuestiones de atracción estética: o la envoltura, o el contenido. De ese extremismo que hace estragos en nuestra moralidad y que nos lleva a juzgar los actos de las personas de una manera parcializada. Como en el caso de la actriz y modelo Valerie Domínguez, por ejemplo, quien declaró a la opinión pública (Ver Link: http://www.wradio.com.co/programa.aspx?id=14085&au=1483471) que firmó los papeles de Agro Ingreso Seguro porque confiaba plenamente en su exnovio y porque, en el momento de hacerlo, se encontraba en medio de una grabación; quien declaró, así, que cometió un delito por amor, de afán.

Es un ejemplo porque ante una mujer tan dulce y atractiva, ante una historia tan conmovedora, no era de extrañar el juicio de muchos colombianos: “pobrecita”. Un juicio que parece obviar que en esa misma entrevista la actriz insiste en que ingenua no es –que no estamos ante un capítulo real de “Los caballeros las prefieren brutas”–. Más aún, parece obviar que en ningún momento ella declara estar dispuesta a asumir las consecuencias, sino que insiste en su inocencia y en pretender que sea su exnovio quien asuma toda la responsabilidad.

Es justo ahí en donde ya no luce tan bella, como luciría si, en una súbita muestra de verdadera buena voluntad, dijese: “Si bien no obré con mala intención, estoy dispuesta a asumir las consecuencias legales de mis actos”. Es justo ahí en donde aflora su fealdad. Lo que no sugiere que sea culpable de los cargos que se le imputan. Lo que sí sugiere que no es tan bella como parece, pues no da muestras de responsabilidad moral.

De ahí que bien haría nuestro extremismo en no olvidar cómo funciona, en la práctica, nuestro gusto estético. Porque no serán pocas las veces en que, movidos por una atracción física, quedemos desencantados en el acto mismo de intentar una relación más estrecha con una persona. Corriendo con suerte, sin embargo, es cuando comenzamos con los procesos de noviazgo o amistad. Esos que suelen durar un poco más: tanto, como lo que tarda en presentarse una situación límite, una de esas en las que muchos ya no logran ocultar su mezquindad. Justo ahí –bien por los intereses que puedan estar en juego, bien por la fuerza de la costumbre–, sería lamentable si eso poco o nada nos llegase a importar. Eso indicaría que tampoco somos personas bellas.

Más que una cualidad externa, la belleza es una práctica, una forma de vida que encontramos deseable; que algunos no encontramos, valga decirlo, en Valerie Domínguez, y en gran parte de nuestra clase política.

Pero gente bella sí que hay de sobra en este país: esa gente auténtica, con quien sí queremos convivir.

 
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