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Opinión

  • | 2000/12/11 00:00

    La fiesta del canutillo

    Por estos días, y parece que a perpetuidad, la vanalidad, la cilicona y el chisme a manos llenas se toma a Cartagena.

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Por estos días, y parece que a perpetuidad, la vanalidad, la silicona y el chisme a manos llenas se toman a Cartagena. Dicen que son las fiestas novembrinas. Las fiestas de los palenqueros y mulatas. Del ron a borbotones y de la parranda hasta el amanecer. Eso dicen los organizadores. Eso dicen las agencias de viajes y las promotoras de turismo (creo que ese gremio se extinguió como el rinoceronte negro en Africa). También lo dicen los alcaldes de turno en La Heroica. Claro que después de decirlo y con unos cuantos whiskies en la cabeza, temían entre las rejas por esa corrupción galopante que se ha enquistado en la sociedad cartagenera

Pero bueno, aquí vine fue a hablar de reinas de belleza y no de esa Colombia amarga que todos los días encontramos en la radio, la televisión y los periódicos. Claro que se me olvidaba que el reinado también ha dado para titulares no propiamente en las páginas light. Porque mal no recuerdo el escándalo de la señorita, o mejor señora o matrona del Amazonas. Con dos meses de embarazo, dos años de casada, llegó al reino de Raimundo Angulo, el dueño del reinado, y como por arte de magia, o de la mafia, logró ubicarse entre las favoritas para alcanzar el cetro y la corona. A propósito para llegar a ese privilegiado y codiciado cargo, las niñas tienen que ser de muy buenos modales: no hablar de política, ni de sexo, no fumar en público, no masticar chicle ni hacer bombas mientras los 600 periodistas que llegan a Cartagena se abalanzan con sus micrófonos y grabadoras para entrevistarlas, no pensar mucho y repetir como lora mojada que la madre Teresa de Calcuta y Gabriel García Márquez son sus grandes personajes, que el novio es divino, un hombre como pocos: inteligente y bien intencionado. Pero por encima de todo quien aspire a ser elegida como la gran reina de Colombia casi que tiene que llevar a la mano un certificado de mujer casta y pura. Creo que esos papeles se le embolataron a la señora Amazonas que puso patas arriba el concurso de belleza.

Ante todo debo confesar que he hecho parte de esta fiesta de noviembre. Sí, por 10 años. Seguidos. Cada noviembre empacaba mi maleta y dejaba a un lado mis deberes en la revista, para sumarme a ese contingente de periodistas, peluqueros, estilistas, preparadores, consejeros y comitivas que llegaban a Cartagena y en cuanto corrillo se armaba por ahí, todos al unísono rajábamos de lo lindo de cada una de las pobres niñas que todos los días en punto de 9 de la noche se encaramaban en las pasarelas de los clubes encopetados de Cartagena o en las piscinas de los hoteles para mostrar que tenían los atributos suficientes y que eran merecedoras no solo de un aplauso sino del cetro y la corona.

Claro que en esos viajes, durante 10 años, también aprendí de lipoescultura, mesoterapia, corte de costillas, injertos de cabello y cuanto secreto para que las niñas lucieran espectaculares. Casi que los propios padres se veían a gatas para saber si la escultural mujer que se aprestaba a tomar la pasarela era su hija o una desconocida que en menos de tres meses se había convertido en una mujer de mundo.

Pero no solo aprendí todos esos secretos de la belleza, sino que también por primera vez y en primera fila supe cómo era el comportamiento de unos jóvenes repletos de cadenas de oro, billeteras tupidas de billetes de 20 mil y que a voz en cuello gritaban al mesero para que les trajera a la mesa whisky y champaña de la mejor marca, mientras se pavoneaban con peladitas o muñecas de 18 años que no musitaban una sola palabra pero que el hilo dental que lucían era suficiente para cortar la respiración de cualquier parroquiano mojigato. Supe que a esos jovencitos les decían traquetos. Lo que nunca entendí es que además de estar rodeados de esas espectaculares mujeres, también los rodeaba una corte de políticos que les hacían venia como si se tratara de un grupo de jeques del Medio Oriente que habían llegado a conquistar a Cartagena de Indias.

Un día entendí porqué esos señores, que gastaban a manos llenas, terminaron por convertirse en la plaga de nuestro reinado de belleza. Pues bien, esos jóvenes decidieron que a punta de carros de marca, matrimonios en iglesias con aire acondicionado y bacanales en yate, podían apoderarse del reinado de Raimundo. Casi lo logran. Afortunadamente hoy desaparecieron de Cartagena. La recesión y el general Serrano los desterrarron de esa fiesta magna de noviembre.

Este año no fui a Cartagena. No hice parte del contigente. Me tocó consolarme con seguir paso a paso, como en una carrera de Juan Pablo Montoya, los pormenores de la belleza por la radio y la televisión. Y entendí que nada ha cambiado: que los peluqueros son los mismos. Que los cirujanos plásticos que hacen su agosto por esta época, también son los mismos. Que el programa oficial es el mismo. Que los presentadores son los mismos. Que nada ha cambiado de la época de Jairo Alonso y Pilar. Que las reinas dicen los mismo y piensan lo mismo que pensaba hace 40 años Luz Marina Zuluaga. Que Raimundo es el mismo, pero mejor negociador que doña Tera. Que el reinado no es ninguna fiesta altruista sino una fábrica de hacer dinero. O pregúntenle a los nuevos patrocinadores. Pues bien estamos llegando al final del magno acontecimiento. Y como en el Vaticano cuando hay cónclave para elegir nuevo Pontífice, en Cartagena, mañana en punto de 12 de la noche, saldrá humo blanco del Centro de Convenciones y los colombianos sabremos quién será la afortunada ganadora que durante 12 meses la conocerá el país y el mundo como la mujer más bella del país. Así esperaremos impacientes una nueva versión de lo mismo y con las mismas. Eso sí con otras niñas que pasarán por el quirófano, los preparadores y los estilistas, quienes también se llenan los bolsillos de plata cada noviembre con su verboleda de culebreros paisas descrestando calentanos. Ese es el reinado. Nuestro reinado. O mejor, nuestro país.
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