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Opinión

  • | 2014/11/04 00:00

    La fotografía de la discordia

    Una reciente publicación realizada por el DANE ubica al Corralito de Piedra como la segunda ciudad del país donde los niveles de pobreza superan el promedio nacional. Es decir, más de la mitad de los cartageneros vive del rebusque.

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Desde hace varios meses, los colegios del distrito de Cartagena de Indias y las dependencias de la administración están recibiendo por parte del alcalde Dionisio Vélez Trujillo un regalo: se trata de una fotografía enmarcada en madera donde se puede ver la imagen del mandatario posando frente a uno de los balcones del edificio de la Aduana. El hecho no tendría nada de particular sino fuera porque el desembolso de los dineros para un evento como ese salió del bolsillo de los contribuyentes. Según datos de la propia alcaldía, el total de la inversión no supera los cinco millones de pesos, una cifra que podría calificarse de ridícula a la hora de hacer un balance, pero que resulta significativa si se piensa que muchos de los edificios donde funcionan las escuelas públicas de la ciudad carecen de los servicios básicos.

El escándalo que ha suscitado este hecho obedece primordialmente a los problemas sociales profundos por los que atraviesa la ciudad y el poco interés de la administración por darles soluciones. El sistema de transporte masivo, Transcaribe, programado para entrar en funcionamiento en 2015 [después de ocho años de retraso] aún continúa en pañales y la reconstrucción de las vías por donde transitarán los pesados articulados no se les vislumbra todavía un final. A lo anterior habría que sumarle la demora en las obras que se están llevando a cabo en Crespo y la construcción de un túnel cuyo diseño se ha constituido en un barril sin fondo que amenaza con triplicar el presupuesto inicialmente elaborado.

Ni hablar del gran entuerto que se ha convertido el mercado de Bazurto, un lunar enorme cuyo hedor se extiende como una sábana por todo la ciudad, ni de la inseguridad en que se encuentra sumida la urbe de don Pedro de Heredia desde hace ya varios años, ni de los elevados índices de prostitución que la han convertido en un enorme burdel para nacionales y extranjeros.  A esto habría que agregarle la reciente publicación realizada por el DANE que ubica al Corralito de Piedra como la segunda ciudad del país donde los niveles de pobreza superan el promedio nacional. Es decir, más de la mitad de los cartageneros vive del rebusque y muchos no ganan 250 mil pesos mensuales.

Ante este panorama desolador, al señor alcalde Dionisio Vélez Trujillo se le ocurrió fotografiarse, gastar varios millones de pesos del presupuesto de los cartageneros en una banalidad y enviar su imagen enmarcada a los colegios públicos de la ciudad y las dependencias del distrito con la observación de que fuera colgada en un lugar visible.

Creo, como seguramente cree un gran número de ciudadanos, que este asunto no habría pasado a mayores si la ciudad funcionara como un relojito suizo, si la pobreza que agobia a más del 50 % de sus habitantes estuviera en su nivel más bajo. Si los desagües que permiten mantener a la ciudad seca después de la lluvia sirvieran. Si, como escribió un columnista del diario El Universal, en vez de fotografías enviara computadores a esas escuelas donde los niños sueñan con acariciar con sus dedos un teclado. Si hubiera sido el palito en la rueda de esa hemorragia administrativa que está llevando a la ciudad a un infarto económico, seguramente habría recibido ovaciones. Si hubiera hecho la mitad de las cosas que he enumerado anteriormente, estoy seguro que a sus gobernados les hubiera importado un carajo si se hace levantar una estatua al lado de la del fundador de la ciudad.

¿Prepotencia, megalomanía? Es la historia humana del poder. Es la historia de Narciso, el joven engreído, condenado por Némisis, la diosa de la venganza, a enamorarse eternamente de su propia imagen reflejada en la fuente. La misma historia que podemos ver repetida en la iconografía de los grandes dictadores: Hitler, Kim Il Sung, Ferdinand Marcos, Stalin, Mugabe, Strossner y una lista amplia de sanguinarios que dirigieron por décadas, con mano de hierro, los destinos de sus respectivos países.

Creo que detrás de esta acción del alcalde Vélez Trujillo lo que se mueve es un deseo de ser recordado, como lo hizo Hugo Chávez en Venezuela, cuya imagen se alcanza ver todavía en la parte más alta de los edificios gubernamentales, en las oficinas de los ministerios y en gigantescas vallas que se levantan luminosas en muchas avenidas de Caracas. O como Sadam Husein, cuyas estatuas que adornaban las plazas y parques de Bagdad fueron removidas de sus cimientos poco antes de que una soga lo sofocara.

Aunque la idea puede parecer descabellada, hay en cada acto humano un deseo intrínseco de trascendencia. La inmortalidad es un concepto que está asociado a la permanencia de la imagen y las ideas. Incluso, en la reproducción, yace implícito ese deseo. No olvidemos que la fotografía encierra en sí misma un acto de magia. Por eso, a principio del siglo XX fue un milagro incomprensible, pues pocos entendían cómo una cámara podía retener a las personas y captar los rostros del hambre, la guerra, el amor o la soledad. El objetivo de la fotografía es retener el tiempo en el espacio, permitir seguir siendo joven después de muchos años, como Dorian Gray, o dejar constancia de nuestro paso sobre la tierra. En el caso del alcalde Dionisio Vélez, permitir ser recordado después de que abandone el primer empleo del distrito y decida aspirar, seguramente, dentro de cuatro años.

Sin embargo, creo necesario decirle que la mejor manera de ser recordado por sus gobernados y tener la oportunidad de un nuevo mandato, es realizando obras que perduren en el tiempo, llevando a cabo proyectos que permitan sacar de la pobreza a miles de cartageneros que vagan hoy por las calles de la ciudad sin un empleo digno, cubriendo las necesidades de esas escuelas en donde ha hecho llegar, con tambores y panderetas, su fotografía enmarcada para que cada estudiante de los barrios más pobres de La Heroica sepa quién es el alcalde de la ciudad, o simplemente para que adorne la pared de un pasillo o el escritorio de alguna oficina.

Es cierto que se hace necesario que los niños cartageneros sepan quién dirige los destinos de la capital de Bolívar, pero creo que es mucho más necesario que sepan que en el Palacio de la Aduana hay un señor, investido de autoridad, que vela por sus necesidades.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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