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Opinión

  • | 2013/11/20 00:00

    La generosidad, mal entendida, acaba en egoísmo

    La generosidad, mal entendida, termina llevando a que las personas se sientan solas, tristes, dejadas de lado por otros.

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Hay personas que, aparentemente, “lo dan todo” por los demás: por los amigos, por la pareja, por la familia, por los colegas de trabajo, por quien los rodee. Son personas que se caracterizan por salir corriendo a ayudar a un amigo a las 3 a.m. sin importar si estaban dormidos, si estaban lejos o ¡si les estaban proponiendo matrimonio! 

Son aquellos que se quedan hasta tarde siempre que un colega de trabajo se los pide, que les cubren la espalda a los que se van temprano o que no tienen problema en poner en un trabajo los nombres de los compañeros de clase que no hicieron nada pero que con una mínima disculpa los convencen para que los incluyan. En otras palabras, son las personas a las que vulgarmente se les describe como los amigos ‘marranos’. 

Estas personas, en apariencia tan generosas, que no tienen problema en ponerse de últimas en la lista porque primero está el mundo y al final están ellos, empiezan teniendo mil amigos. ¿Quién no quiere tener un amigo que lo entregue todo sin pedir nada a cambio? El problema es que muchas veces los “amigos” de los ‘marranos’ comienzan a aprovecharse de esa ‘hiper’ generosidad, y quienes han dado todo siempre ya no pueden negarse a hacerlo. 

Es así como se van dando cuenta que quienes los rodean no están ahí por cariño ni por un interés genuino en la relación, sino por el provecho que le sacan a todo lo que reciben de esta persona generosa y servicial. Y cuando esto se pone en evidencia para quien ha dado todo por los demás, se vuelve muy difícil encontrar la forma de comenzar a poner límites. Pero tal vez lo más doloroso es que, además de darse cuenta que sus amigos realmente no lo son, tienen que aceptar que la situación que están viviendo no es responsabilidad de los otros, sino de ellos mismos. 

“Estoy cansada de dar y dar sin recibir nada a cambio. Yo siempre estoy para los demás, soy la más pendiente, me acuerdo de las fechas importantes para mis amigas, estoy ahí cuando están tristes, cuando están felices, siempre. Pero me he dado cuenta que ellas no son iguales conmigo: al contrario, si yo no aparezco, me puedo morir y ni se enteran”, decía una joven adulta. Y la realidad no es lo que a uno le ocurre, sino lo que uno hace con lo que le ocurre, decía Aldoux Huxley. Este caso no es la excepción. Dar todo por los demás, ser la persona más servicial y más ‘generosa’ es una decisión de cada persona, no una imposición de los otros. Por eso para esta joven fue difícil y doloroso enfrentar la soledad que estaba sintiendo, sobre todo porque enfrentarlo implicaba para ella tener que aceptar que ella era la artífice de lo que estaba viviendo y no una víctima de las demás personas. 

Por inseguridad, por miedo de no caerles bien a otros, de quedarse sola, desde muy niña había empezado a hacer amigos a través de regalos materiales, de prestar sus cuadernos para que los demás copiaran sus tareas, de estar siempre disponible para los otros sin importar cómo estaba ella. Pero como en todo en la vida siempre se llega a un límite, a ella le llegó al suyo. En un principio su reacción fue comenzar a “pasar las cuentas de cobro”, a echarles en cara a sus amigos todo lo que había hecho por ellos, convencida de que así iba a cambiar el patrón de relación que había construido. 

Pero el resultado fue el contrario: se encontró con una gran resistencia y un profundo maltrato por parte de los demás, quienes le hicieron entender que había sido ella la que había escogido ser siempre la persona más disponible; y aunque no dejaban de reconocer que por esa misma razón ellos se habían aprovechado y por tanto también eran responsables del problema, fueron muy enfáticos en recalcarle que la decisión de ser “el tapete de todo el mundo” había sido de ella. 

La generosidad, mal entendida, termina llevando a que las personas se sientan solas, tristes, dejadas de lado por otros; pero sobre todo, a que empiecen a reclamar por lo que han dado y por “lo poco” que han recibido a cambio. Ser generoso no es sinónimo de dar sin parar; ser generoso implica estar para los otros pero estando primero para uno mismo desde un sano egoísmo. Implica trabajar en el desarrollo personal que se requiere para distinguir la verdadera generosidad del error que conlleva ‘servir’ con un propósito ulterior, como caerle bien a todo el mundo, o evitar su rechazo o la sensación de soledad. 

Las instrucciones de seguridad que se dan en los aviones antes de despegar son que, en caso de una despresurización de la cabina, cada persona se debe poner primero su máscara de oxígeno para después ayudar a los demás. En la vida diaria ocurre lo mismo: solamente si somos generosos con nosotros mismos, sabremos serlo con los demás. De lo contrario, la generosidad termina en un profundo egoísmo que, paradójicamente, conduce a que quienes se sienten ‘víctimas’ conviertan a los demás en sus propios victimarios. 

*Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
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