21 abril 2012

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La gracia es que estén las Farc

Por León ValenciaVer más artículos de este autor

OPINIÓNNi las Farc ni el ELN pueden cometer el crimen de alentar a movimientos civiles a que tomen la bandera de la negociación política si no están de verdad decididos a poner fin a la guerra.

La gracia es que estén las Farc.

El general Sergio Mantilla, comandante del Ejército, dice que detrás de la Marcha Patriótica, la fuerza política y social que miles de personas de todos los rincones del país lanzarán este fin de semana, están las Farc. Lo dice con la expresa intención de que se tranque la generación de ese movimien
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to. Los organizadores de la Marcha, temiendo la persecución y la muerte, niegan tajantemente cualquier vinculación con la guerrilla.

Siento un frío en el alma cuando oigo y leo estas palabras. Me aterra la posibilidad de que se vuelvan a cometer los errores y los crímenes de la década de los ochenta. Viví la tragedia. Muchos amigos míos murieron en esos años. Por eso clamo para que la dirigencia del país, la guerrilla y quienes encabezan este proyecto actúen en forma distinta al pasado.

Para empezar es necesario andar con la verdad. La información que ha salido nos dice que los promotores del movimiento son personas que en los últimos años han dedicado su vida a buscar una salida negociada para el conflicto armado y a liderar causas humanitarias y en esa acción han tenido una comunicación directa con las Farc. Ahí están Piedad Córdoba, Gloria Cuartas, Carlos Lozano, Gloria Inés Ramírez. Nos dice, igualmente, que una parte de las delegaciones que vendrán a Bogotá provienen de zonas donde la guerrilla ha hecho presencia durante muchos años.

No me parece inteligente negar que la Marcha Patriótica recoge el eco de los reclamos sociales y políticos de los alzados en armas y quiere servir de lazo para jalar a las fuerzas insurgentes a la vida civil. Veo además que a la guerrilla le complace esta posibilidad porque reiteradamente ha autorizado las gestiones humanitarias y de paz de líderes de la marcha y no ha ocultado su simpatía con la participación de campesinos e indígenas que habitan sus zonas de influencia en el lanzamiento del nuevo proyecto político.

Pero es un abuso igualar a estos civiles que han tenido por escenario la vida legal y democrática del país con grupos armados de larga trayectoria en la guerra, metidos hasta el cuello en la barbarie de nuestro conflicto. Es la manera de crear un clima para la agresión violenta y la vinculación a procesos judiciales.

El gobierno, los partidos políticos, las fuerzas armadas, tienen que alzar la vista para mirar otras experiencias. En Irlanda fue decisiva la acción del Sinn Féin -agrupación política ligada a los guerrilleros del IRA- y de su líder Gerry Adams para alcanzar la paz. En España la presión de la izquierda abertzale y de su dirigente Arnaldo Otegi ha sido fundamental para obligar a ETA a declarar un cese definitivo de la violencia y empezar el camino hacia la reincorporación a la vida civil.

En Colombia, en cambio, el exterminio de la Unión Patriótica y de otros agrupamientos políticos con simpatías y vinculaciones con las guerrillas en los años ochenta fue la antesala de la tenebrosa guerra que se libró entre 1995 y 2005 de la cual apenas se empiezan a hacer las cuentas de los muertos, los secuestros, las desapariciones, los desplazamientos y los despojos. Es eso lo que tenemos que evitar ahora.

La responsabilidad de la guerrilla no es menor. Ni las Farc ni el ELN pueden cometer el crimen de alentar a movimientos civiles a que tomen en sus manos las banderas de la negociación política si no están de verdad decididos a poner fin a la guerra y a firmar un acuerdo de paz duradero. No pueden, otra vez, conversar por un tiempo y volver a la confrontación. No pueden, simultáneamente, prohijar la acción política de civiles y escalar el conflicto armado. En una frase: no pueden insistir en la trágica combinación de las formas de lucha.

Me apego a un signo para creer que esta vez la cosa será distinta. En el año 2000, en el Caguán, las Farc lanzaron el Movimiento Bolivariano, una fuerza propia, ilegal y clandestina; ahora alientan un movimiento legal y diverso; quizás estén pensando de verdad en venir pronto a la vida civil.
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