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Opinión

  • | 2008/01/26 00:00

    La gran marcha

    A propósito de la marcha del 4 de febrero y del estado general de indignación contra las Farc, Luis Eduardo Celis presenta su punto de vista

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Hay en el país una genuina indignación contra las Farc. Hay dolor, rabia, profunda desazón por la persistencia de la violencia y por la situación de las personas secuestradas. Se tiene la convicción de que el país no avanza por culpa de unos desadaptados sociales, apátridas, terroristas y otros calificativos que pululan en los medios de comunicación. En la charla familiar, en la calle, el tema más recurrido es el debate político en torno al tema Farc: se despotrica de ellas, siempre con pasión, y rara vez se escucha una opinión a favor de éstas.

Por eso es que la marcha del 4 de febrero será multitudinaria. Estamos frente a un fenómeno de opinión ciudadana, cuya más clara expresión es la última encuesta de opinión favorable al presidente Álvaro Uribe Vélez: 80 por ciento. Por eso, él lidera el proyecto de derrota de las Farc, que se anuncia como posible en los planes militares de la fuerza publica, así esté por verse si en realidad lo es.

Como hay un ambiente tenso en el país, quiero invitar a leer el libro de la antropóloga Maria Victoria Uribe Alarcón, que da título a esta columna: Salvo el poder, todo es ilusión. Trata sobre tres organizaciones que recurrieron a la violencia para agenciar sus proyectos políticos; el IRA en Irlanda, que ya se integró al sistema político mediante acuerdo negociado; los tigres tamiles de Sri Lanka, en proceso de negociación; y las Farc de Colombia. Es una lectura muy recomendable, porque nos ubica en contexto y compara experiencias disímiles, con elementos comunes: los tres han sido odiados, han recurrido al terrorismo y a diversidad de prácticas censurables, y todo esto es analizado desde una perspectiva histórica, que permite adobarle a la pasión su buena dosis de reflexión.

Hoy las Farc son aborrecidas en Colombia y en el mundo entero, a la vez que son profundamente desconocidas, por lo menos en sus motivaciones. No entendemos por qué son como son, cuál es su naturaleza, su lógica, su organización, sus propósitos. El conflicto que Colombia tiene con las Farc es como la madeja de lana que se enreda, y que al tratar de desenvolverla más se ensortija.

Que son una inmensa minoría, no hay duda. Pero una minoría significativa. Siempre que se pregunta por el número de colombianos que apoya o ve con buenos ojos a las Farc, se dice que son entre el 1 y el 2 por ciento. Digamos que fuera el 1.5 por ciento, de modo que sobre una población de 45 millones (según el último censo), tendríamos un promedio de 675.000 personas que son o podrían ser afectas al proyecto guerrillero. Minoría significativa. De acuerdo con cifras recientes de la fuerza publica, las Farc podrían tener unos 10.000 combatientes, que se moverían entre ese 1.5 por ciento de afectos.

Manuel Marulanda, ese viejo campesino que puede morir en los próximos días, está combatiendo desde 1950. Su origen es liberal, luego se alió a las ideas comunistas y hoy es un híbrido a descifrar. Pero ese señor ha recorrido la violencia de este país por casi seis décadas, nunca ha salido del país y la ciudad más grande que conoce es la Neiva de 1960. El resto de su tiempo lo ha pasado entre las selvas y llanuras del Meta, Guaviare, Caquetá y Putumayo. Es un campesino inteligente y malicioso, como el que más. Se cuenta que durante la negociación con Andrés Pastrana, el presidente Fidel Castro lo invitó a La Habana con todas las medidas de seguridad. ‘Tirofijo’ le mandó decir que agradecía tan gentil invitación, pero que él sólo iba adonde lo llevaran los pies. Se requiere mucho carácter para declinar una invitación del personaje más influyente de América Latina durante más de medio siglo, y al que ahora algunos en Colombia le ponen velitas para que mejore su salud y nos ayude con el presidente Chávez. Marulanda es el líder histórico de un pequeño grupo de campesinos que recurrió a las armas en 1950, como liberales, para defenderse de la violencia desatada por los conservadores en el poder. Luego de 58 años ya no son un puñado sino 10.000 que siguen manteniendo unas ideas políticas en las que creen a pie juntilla, así ya no tengan el respaldo popular de otros años.

Que son narcotraficantes y han perdido el horizonte político, que ya en sus mochilas no cargan libros de Marx y Lenin, sino kilos de coca; esto es parcialmente cierto, porque están metidos hasta los tuétanos en el narcotráfico, sin duda. Pero es una historia compleja: en 1979, en Calamar (Guaviare), las Farc le dijeron a la población campesina que estaba prohibido el cultivo de coca, porque llevaba al vicio y a la hambruna, por lo cual la debían erradicar. La respuesta campesina fue “o ustedes colocan orden en este negocio o van desocupando el territorio, porque con la platica para sostener la familia no se juega”. Así que las Farc pensaron: “o ejercemos como reguladores del negocio de la coca, o perdemos el contacto con la población”. Y empezaron siendo ‘garantistas’ para el desarrollo de las transacciones económicas entre cultivadores y compradores de la pasta, y regularon los cultivos (una hectárea de coca por una de cultivo comestible), parranda los viernes y sábados con prostitutas carnetizadas, nada de mezclar armas y licor, en fin. Se convirtieron en una especie de Estado tramitador de ciertos procesos sociales y económicos, y así fueron entrando al ciclo económico de la coca. Pero de ahí a decir que son el gran cartel del narcotráfico o que han perdido su proyecto político, hay una gran distancia. “Ojalá fueran un cartel del narcotráfico”, como dice el director del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), Jorge Restrepo, porque sería una buena noticia para el país, en la medida en que se tornaría un asunto policial. Pero no, las Farc están en el negocio del narcotráfico para darle sustento material a su proyecto político, que es tomarse el poder por la vía armada. Por eso se propusieron ser un ejército que derrote a la fuerza pública colombiana, lo cual no han logrado, ni lograrán serlo.

Que las Farc son terroristas, arbitrarias, sanguinarias… Sí, todo eso es cierto. Pero ¿por qué son así y quiénes son los responsables que de un puñado de campesinos, hoy tengamos un grupo de 10.000 combatientes que ejerce violencia y no se le puede derrotar? ¿Es que estos señores son extraterrestres? Fueron ‘amamantados’ por el comunismo soviético y la Guerra Fría, se cayó el muro de Berlín en 1989, y las Farc atravesaron su mejor época, la de los años 90, donde pusieron en aprietos a la fuerza pública. ¿Por qué tal nivel de incapacidad del Estado para someterlos y derrotarlos, a pesar de tener en contra a la opinión nacional e internacional? ¿Quizá porque son nacidos, criados, levantados y ‘formateados’ en esa Colombia profunda que muy pocos conocen? Vayamos a El Retorno (Guaviare), a Cartagena del Chairá (Caquetá) o al Valle del Guamuéz (Putumayo) y no a los cascos urbanos. Adentrémonos 200 metros más allá de las vías principales y veamos qué ocurre allí, cuál es su economía, cómo viven sus habitantes y cuál es la presencia del Estado. Quizá nos llevemos más de una sorpresa, porque en esa Colombia profunda de la Amazonia y la Orinoquía se refugian las Farc, sí, pero son nativas de allí. Y desde esa Colombia profunda que no conoce el 98 por ciento de colombianos y colombianas que no comparte, ni cree ni apoya el proyecto Farc, es que han mantenido las energías para estar presentes en la Colombia de hoy, que no ha sido capaz ni de derrotarlos ni de incluirlos.

La marcha del 4 de febrero va a ser histórica, por multitudinaria y porque será expresión legitima de un profundo dolor nacional. Pero pensemos también en ese 1,5 por ciento que tiene sus dolores y tragedias, y una cuenta de cobro acumulada durante 60 años de conflicto. Así que hay dos caminos para el tema Farc: o el Estado los derrota militarmente y los lleva a una mesa de armisticio, o vayamos aguzando las neuronas. Por eso es bueno leer Salvo el poder, todo es ilusión. En el corazón de este conflicto armado –cuya existencia es imposible de negar– está el tema del poder.

lcelis@nuevoarcoiris.org.co
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