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Opinión

  • | 2017/02/27 09:41

    La Guajira

    El grado de corrupción es, sin duda, uno de los más graves del país. Cinco gobernadores en seis años dan fe de ello.

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Hasta los años 1940, Riohacha sólo tenía salida por el mar. López Pumarejo fue el encargado de proyectar la carretera a Santa Marta que la sacó del olvido (y de paso descubrió para el mundo Valledupar). Por el tema indígena, mantuvo en cambio, desde siempre, comunicación terrestre con Venezuela. Durante mucho tiempo Caracas se ocupó más de los wayuu, una etnia al filo de la frontera, que Bogotá (Venezuela acude a ellos en fechas electorales). La crisis actual del vecino país colapsó la problemática social en la alta Guajira, una región con problemas extremos, entre otros, de agua potable, a pesar de que a la vía entre Palomino y Riohacha la bañan 12 ríos que bajan de la Sierra.

Bogotá se ha desentendido desde siempre de La Guajira, salvo en temas como el contrabando de gasolina y el carbón. El Departamento recibe uno de los mayores presupuestos de regalías. Parte de ese dinero es el que hoy está en juego: la bicoca de 785.000 millones de pesos. El ministro Cárdenas les advirtió esta semana a los secretarios departamentales de Salud y Educación que ya “no tienen funciones como ordenadores del gasto”. El gobierno nacional se lava las manos al afirmar que “defiende la centralización”, pero que cuando identifica “fallas protuberantes” en la prestación de servicios esenciales “debe aplicar medidas extraordinarias”.

Es decir, el dinero pertenece a los guajiros, pero ellos no tienen autonomía para manejarlo. El decreto que así lo dispone no ha sido gratuito. El grado de corrupción es, sin duda, uno de los más graves del país. Cinco gobernadores en seis años dan fe de ello. He escuchado varias veces la “justificación”: “Se trata de un desquite de los políticos por los siglos de abandono que padeció la región”, con lo que estarían haciendo lo mismo que critican del centralismo: negarles oportunidades de vida y progreso a los suyos.

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Esta semana oí decir a un reconocido periodista internacional: “Mientras Colombia es un país donde el machismo se demuestra con violencia, en Venezuela se hace con corrupción”. La clase dirigente guajira parece haber heredado tanto de uno como de otro: el más macho es quien más rápido desenfunda el arma, pero es también quien más ladronea. Es claro: no son todos los guajiros, la mayoría gente de bien. Es la dirigencia política (no faltará ahora el político populista que, buscando salvar su propia culpa, esgrima el argumento chovinista de “Nos están estigmatizando a todos los guajiros por igual”). Pero la crisis no es sólo un asunto de corrupción, un titular –y un grave problema, por supuesto-, que hace mucho ruido pero desvía el foco y la atención. Las muertes de los niños por desnutrición, por ejemplo, es mucho más que un tema de corrupción.

La Guajira es un polvorín que requiere soluciones de fondo. Quitarle la autonomía salva unos recursos de la corrupción, pero ahonda en el problema del eterno abandono regional, pues es tanto como tratar a los políticos regionales como discapacitados mentales: con cariño, pero sin permitirles tocar lo que es suyo.

PD. Luego de escribir esta columna se supo que Wílder Guerra ha sido encargado de la Gobernación. Enhorabuena para La Guajira y firmeza y valentía para el gobernador.

@sanchezbaute

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