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Opinión

  • | 2002/09/16 00:00

    La guerra de los Bush

    La doctrina de la guerra 'preventiva' es una monstruosidad que acabará con el derecho internacional y con el derecho a secas

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Increíble pero cierto: habrA una guerra internacional por cuenta de un amor filial. Aunque sea difícil admitirlo, no hay otro modo de explicar la obsesión de George W. Bush con Saddam Hussein, la debilidad ostensible de sus argumentos y la amplitud de la oposición que ha encontrado fuera -y dentro- de Estados Unidos.

Bush padre, recordemos, dejó inconclusa la Guerra del Golfo. Aunque su bronca era con Hussein, tuvo que abstenerse de tumbarlo porque la ONU sólo autorizó la defensa de Kuwait, que había sido atacado por Irak. Así que Hussein siguió estorbando y los republicanos siguieron rabiando, hasta que vino otro Bush a concluir la obra.

Por eso los cuatro artífices de la actual política sobre Irak fueron clave en la Guerra del Golfo: el vicepresidente Cheney, el secretario Powell, el viceministro (y halcón mayor) Wolfowitz, y el asesor estrella Richard Haas.

También por eso la decisión de tumbar a Hussein estaba tomada desde hace mucho. El candidato Bush prácticamente la cantó en septiembre 23 y diciembre 2 de 1999, así como en el debate con Gore del 11 de octubre de 2000. Su primera acción militar como presidente fue bombardear Irak el 16 de febrero de 2001. El primero de marzo del mismo año -seis meses antes de septiembre 11- tuvo lugar la primera conferencia sobre Irak entre Powell, Rumsfeld (Defensa), Tenet (CIA) y Rice (Consejo de Seguridad). Kurdos, chiítas y facciones suni opuestas al dictador desde el primer día han sido aupados y financiados por la Casa Blanca. Sin consultarle al Congreso ni a los aliados, Bush Jr. había pues decidido librarse de Hussein.

En vez de anteceder a la decisión, las justificaciones se buscaron luego -y es por eso que no convencen sino a quienes estaban convencidos-.

-Primero fue la doctrina de la guerra "preventiva", que el pueblo norteamericano está dispuesto a comprar a raíz de Al Qaeda: tenemos el derecho de atacar antes que el otro ataque. La doctrina es por supuesto una monstruosidad que acabará con el derecho internacional y aún con el derecho a secas; de hoy en adelante, si alguien cree que en el futuro podría ser víctima de otro, no tiene más que liquidarlo de un sopapo.

Y aunque la doctrina no fuera monstruosa, casi nadie cree que Hussein de veras podría atacar con armas letales. No lo creen porque Bush, que tiene el interés y los espías, no ha presentado prueba ninguna. No lo creen, de ñapa, porque Hussein está quebrado y bloqueado desde hace tiempo, porque Unscom pasó siete años destruyendo inventarios, porque para lanzar esas armas se requieren misiles que él no tiene, porque sus vecinos (en especial Israel) están superarmados y porque, si faltara, Hussein detesta a los fundamentalistas tipo Osama.

-Así que Mr. Bush cambió de línea en su discurso del pasado jueves. Ahora resulta que el problema no es con Estados Unidos, sino con los 190 países de la ONU. ¡Y además resulta que no hacen falta pruebas! El Consejo de Seguridad debe castigar a Hussein porque lleva 10 años haciéndoles quites a los inspectores.

La guerra, entonces, no sería "preventiva". Pero tampoco sería defensiva, que es la única guerra permisible a la luz de la Carta de Naciones Unidas. Sería una guerra propiamente punitiva, donde el Consejo ordena acciones militares no previstas en la Resolución original (la 687 en este caso) en clara violación de aquella Carta.

Es posible que, con la abstención de Rusia y China, el Consejo se doblegue otra vez y apruebe una resolución aún más dura. Pero Bush sabe que este camino tiene sus bemoles. Uno es la demora. Otro es el precedente: resulta que Israel vive violando los mandatos de la ONU. Y otro, peor, es que Irak cumpla: de hecho ya ha ofrecido volver a recibir a los inspectores.

Por eso, lejos de reconocer a Naciones Unidas, Bush acaba de darle un ultimátum: o ustedes salen de Hussein o lo hago yo. Lo primero viola el derecho internacional y lo segundo también. Triste rebote del amor filial que es tan loable.
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