Martes, 6 de diciembre de 2016

| 1996/10/28 00:00

LA GUERRA: COSTO BENEFICIO

LA GUERRA: COSTO BENEFICIO

La guerra: costo y beneficio Por Antonio Caballero Está estallando el país. ¿Más que de costumbre? Sí: más que de costumbre. Llevamos 40 años de una guerra civil larvada (o más bien de varias), pero ahora esas larvas están echando alas, como las mariposas. Los distintos conflictos que durante muchos años habían venido enconándose se han puesto, todos a la vez, a supurar sangre a chorros. La guerrilla estalla, la protesta social violenta estalla, el paramilitarismo estalla. Y en casos tan disímiles como el de los cocaleros del sur, los bananeros del norte, los ganaderos del centro, los agricultores de todas partes, los petroleros de donde hay petróleo, y hasta los habitantes de las ciudades que durante años estuvieron al amparo de la violencia colectiva gracias a la exacerbación de la violencia individual, todos los problemas locales están empezando simultáneamente a encontrar el cauce común de la guerra. No es una solución (o todavía no lo es), pero es un cauce: por ahí ruedan los conflictos. Y por fin -y por primera vez en muchos años- eso tiene un reflejo en la idea que el establecimiento colombiano se hace de la realidad que lo rodea, a través de la prensa, la radio, la televisión y las conversaciones de cocktail. La mitad de las páginas de los periódicos, la mitad de las imágenes de los noticieros de televisión, la mitad de las declaraciones de los ministros, y la mitad -por lo menos- de las conversaciones privadas, se ocupan de la guerra. Hay guerra. Y además se habla de la guerra. La respuesta del establecimiento a ese rumor de guerra es unánime: más guerra. Las autoridades civiles y militares -el duro general Bedoya, el blando ministro Esguerra, el incalificable presidente Samper- coinciden: gritos de guerra, llamado a los reservistas, bonos de guerra. Los dirigentes económicos, los columnistas de la prensa, los politólogos, convocan con una sola voz a "los colombianos de bien" para que acudan a "rodear a su Ejército" en la guerra. Guerra a muerte: ni conversaciones, ni derechos humanos, ni zarandajas. Hay quienes lo hacen por interés (porque en Colombia, como en todas partes, la guerra en un buen negocio para algunos); otros, por ciego egoísmo; otros más, por simple pereza intelectual. Pero con excepciones muy aisladas -curas de barrio, alcaldesas de pueblo, algún violentólogo de universidad, algún periodista suelto: y ningún político- todos claman por la guerra. Pero vale la pena preguntarles si de verdad están dispuestos a aceptar el costo de esa guerra que reclaman, y de la cual están pensando solamente en los beneficios que les puede rendir. Hablo del costo de ganar la guerra: no del de mantenerla indefinidamente, que han asumido durante décadas, pero que no es el mismo. Está en primer lugar el costo económico. Estos 'bonos de guerra' que tan difícilmente se han tragado los miembros del establecimiento colombiano son apenas pañitos de agua tibia. Para que la correlación de fuerzas cambie de verdad, para que la guerrilla pueda ser derrotada militarmente y para que además las crecientes bandas de paramilitares y de autodefensas puedan ser metidas en cintura por la autoridad; es decir: para que las Fuerzas Armadas del Estado recuperen tanto el control del territorio como el monopolio de la violencia frente a sus enemigos estructurales (la guerrilla) y a sus aliados coyunturales (los paramilitares de la mafia) se requiere, cuando menos, triplicar el pie de fuerza del Ejército. (En el único caso conocido de derrota de una guerrilla por un ejército regular, el de los ingleses en Malasia en los años 50, el cálculo aritmético era de siete soldados por cada guerrillero) Triplicar el pie de fuerza, y armarlo: hace unos días los generales insinuaban que necesitan cinco veces más helicópteros que los que tiene el ejército de El Salvador, que son el triple de los que hay en Colombia. Y querrán además aviones de bombardeo. Y chalupas artilladas. Y submarinos. Y tanques. Todo lo cual cuesta mucho dinero. También existe el costo político. Si en vez de sofocar la guerra mediante métodos políticos se escoge ganarla mediante métodos militares, resulta inevitable darles a los militares el poder político. No es una garantía de victoria, pero es una condición previa necesaria para la posibilidad de esa victoria. En América Central, el poder político de los militares no les ha permitido ganar sus respectivas guerras contraguerrilleras, pero en cambio fue la condición necesaria para librarlas a fondo. Y en el Uruguay y la Argentina los generales tuvieron que barrer primero a los políticos para derrotar a sus respectivos Tupamaros y Montoneros. Una guerra total como la que hoy reclama a grandes voces el establecimiento colombiano exige que se instaure una dictadura militar. Hay, finalmente, el costo en vidas humanas. No es algo que le haya quitado nunca el sueño al establecimiento colombiano, de manera que casi no vale la pena calcularlo. Pero los otros dos, el del poder y el del dinero, ¿están dispuestos a asumirlos? Al establecimiento le saldría más barato buscar la paz que intentar ganar la guerra. Pero es un establecimiento de ciegos.

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