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Opinión

  • | 2004/10/03 00:00

    La guerra metodológica

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A comienzos de los años 90 Hernando Valencia Villa, que sería luego procurador delegado para los derechos humanos en Colombia, advertía sobre las profundas implicaciones que tendría para el país la cambiante naturaleza de su conflicto armado. Sus escritos llamaban la atención sobre la forma como la guerra se estaba convirtiendo para algunos actores armados -quizás hoy para todos- en un método para obtener lo que por otras vías menos cruentas no habían logrado: el mejoramiento en sus condiciones de vida, de progreso material, pero sobre todo de estatus social y político. En fin, la guerra -decía él- ya no era el resultado de las inequidades que por años vastos sectores de la sociedad colombiana habían padecido por cuenta de las malas decisiones políticas de las élites de gobierno, sino el camino expedito para lograr reconocimientos y legitimidades, que van mucho más allá que la superación de estas desigualdades. Bajo su perspectiva, la guerra se estaba convirtiendo en una forma de vida, en el procedimiento y no en el fin, en un camino; fue la aparición de la denominada 'guerra metodológica'.

Sus afirmaciones levantaron por la época toda suerte de pronunciamientos. Unos más polarizados, otros menos virulentos. Se le tildó de catastrófico. Incluso se le descalificó en su labor de procurador de los derechos humanos. Poco tiempo después, por amenazas directas contra su vida y algunas presiones políticas, terminaría abandonando su cargo para exiliarse en Europa. Hoy, por su innegable capacidad intelectual, es un reconocido profesor universitario.

Una década después sus palabras resuenan con hondo significado histórico. Las recientes denuncias sobre la manera como el paramilitarismo concibe y fortalece su guerra en Colombia, o las guerrillas mantienen el control de las zonas donde hacen presencia legendaria, y los voceros oficiales de estos ejércitos privados se pronuncian en calidad de jefes y comandantes ante la opinión pública colombiana no hacen otra cosa que evidenciar con claridad hasta dónde ha llegado la influencia social y el impacto económico de una guerra que ya no tiene dolientes, aunque ha dejado miles de víctimas, sino vigorosos pronunciamientos que desafían todas las expectativas de una impasible opinión pública.

Los esperados anuncios sobre verdad, justicia y reparación van quedando de lado para dar paso a sentimientos de temor y hasta de admiración y respeto de los ciudadanos por quienes ahora se afianzan y legitiman como los nuevos señores de la guerra, cuyas acciones se han transformado dentro de un complejo entramado de expectativas, oportunidades y percepciones, que en un ir y devenir de batallas tardarán un buen tiempo, el que sea necesario, para lograr el botín esperado que ven legítimamente como propio.

Las expectativas

La lucha insurreccional y la autodefensa en Colombia se crearon años atrás en medio de amplias expectativas sociales. Las motivaciones en cada caso, bien distintas por supuesto, marcaron la falta de un Estado que perdió legitimidad por sustracción de materia al no hacer presencia real y sustantiva dentro de sectores que optaron por armarse y defenderse para sí mismos. Pero además, el paramilitarismo tuvo un ingrediente mayor. Sus acciones se harían al margen del Estado legítimo, luchando de su lado aunque con la intención de realizar las acciones que la propia ley no permitía. El sentido de una institucionalidad que por su propia condición de marginalidad no tendría límites. Luego de 25 años, las consecuencias de sus acciones saltan a la vista. Y como toda guerra que tiene costo en vidas, pero sobre todo en dinero, por esta misma condición requeriría de variadas actividades ilícitas que darían los recursos necesarios para mantener las acciones. Las evidencias noticiosas de las denuncias más recientes no son otra cosa que explicaciones más objetivas de un fenómeno complejo. Aunque por su lado, la guerra subversiva haría lo propio.

En ambos frentes, guerrillas de izquierda o autodefensas de derecha, desconocidas por terquedad de algunos o reconocidas subrepticiamente por otros, se degradaron sus acciones objetivas al tiempo que las fuentes de financiamiento se hacían más ilegales motivadas por la falta de un claro espacio político que les alejara de la idea de una guerra frontal y abierta contra el establecimiento, pero ante todo motivadas por una victoria que parecía darse con el fortalecimiento de ingentes recursos que terminaron convenciéndolos de que era mejor y más rentable la manera como estaban luchando a la que se les proponía desde la institucionalidad vigente.

Las oportunidades

Esto nos lleva a pensar en el tema de las oportunidades. Para grupos de personas que han pasado la mayor parte de su vida en zonas donde el Estado no hace presencia, la oportunidad marca la dinámica del conflicto. Como paradoja, estas zonas son precisamente escenarios adecuados para desarrollar todo tipo de actividades. Las ilegales, aunque exijan regularmente condiciones más duras, por su misma condición dejan mayores ganancias. Si a esto se suma la ley de facto, la del fusil, por encima de la inerme ley escrita, sólo aquellos que vivan de la guerra y se alienten en ella tendrán una oportunidad de sobrevivir y adecuarse al escenario. Los débiles y todos aquellos que deseen vivir como viviría cualquier ciudadano de cualquier sociedad democrática, en la que el pacto social se imponga sobre las arbitrariedades y la injusticia y respalde su propia condición de ciudadano, están condenados a la extinción. De ahí el título de una investigación sobre el conflicto colombiano de los profesores Salazar y Castillo: La hora de los dinosaurios: "que los dinosaurios del relato -el de Monterroso- hayan prosperado en la situación de anarquía planteada no debería sorprender a nadie. Eran y siguen siendo los mejor equipados para prevalecer en situaciones en las que la forma más fuerte y expedita de regulación proviene del poder de las armas". El asunto es simple. El monte y la cordillera no es para todos. Y si alguien opta por ese camino, deberá adecuar su propia supervivencia a lo que pueda hacer mediante el uso de las armas para sí mismo.

Una lectura distinta podrán hacer cómodamente las élites desde las ciudades. Otra, quienes a diario deben lidiar con un escenario que marcha asincrónicamente y distantemente de la urbe. Punto esencial para entender la reticencia de los actores armados a someterse por el simple hecho de pedirlo públicamente un enardecido Presidente o un ministro de Estado que ha vivido una realidad social bien distinta. Pero además, a la hora de negociar una eventual tregua, con desmovilización y entrega de armas, desde la institucionalidad deberán hacerse muchas preguntas antes de tomar serias decisiones: ¿qué saben de la realidad del conflicto estos actores armados que parece invitarles a seguir en la guerra y parece ofrecerles mejores oportunidades de continuar allá que aquí? Por supuesto, las respuestas son de naturaleza estratégica más que puramente política y marcarán el futuro de cualquier negociación tanto para ellos como para el propio Estado.

Las percepciones

Muchas batallas se han perdido por las maneras erróneas de concebir al contendiente. Es quizás el aspecto más cambiante en el que toman parte activa los medios de comunicación y las imágenes que proyectan de combatientes y víctimas. Cambiante, porque el asunto de la guerra y su contraparte la paz es eje temático obligado de campañas electorales, discursos políticos efectistas y notas periodísticas relevantes. La guerra llama poderosamente la atención de la opinión pública y eso lo entienden los señores de la guerra. Allí, dependiendo de la postura y el contenido de la información, se ganan legitimidades y se afianzan lealtades.

Pero además es a través de estos mismos medios que los combatientes se conocen entre sí. Perciben de qué son y de qué no son capaces. Qué expectativas tiene la propia población de ellos. Qué espera la sociedad de sus acciones. Por eso se hace más crucial el asunto. El despliegue mediático fue fundamental a la hora de evaluar los 40 meses de conversaciones del gobierno de Pastrana con el grupo de las Farc.

Además resulta aún más frustrante que la dirigencia política use sus propias percepciones del conflicto, erradas por lo que los resultados están indicando, para manejar una guerra de tres generaciones con expectativas y exigencias que hacen parte más de una política de cuatrienio que de política de Estado que permita su perdurabilidad, seguimiento y confianza a través del tiempo. Por eso, un fracaso tras otro. Y no puede ser distinto. Cada gobierno se vanagloriará de que hizo lo mejor que pudo, aunque el problema mismo de la guerra se haga cada vez más complejo y difícil de resolver.

Probablemente por eso, el conflicto en términos estratégicos se esté definiendo por las percepciones erradas que se tienen de los actores armados, de izquierdas y derechas. De su poder real y el alcance de la amenaza que esgrimen. Sobran las columnas de opinión en estos días que hacen un llamado de atención al gobierno sobre este delicado asunto. Por no tener una imagen adecuada -no la que quieren proyectar unos, sino la que realmente muestran de forma cruda otros- podemos caer en la falacia de la paz, aunque ni siquiera ya podamos reconocer cuáles fueron las razones que impulsaron dicha guerra, y caer en la premonición de un estudioso del conflicto colombiano, Nazih Richani, quien se atrevió a definir la intimidante situación colombiana en un artículo de 1996 como "un sistema de guerra autoperpetuado que es prácticamente inquebrantable".

* Germán Ortiz Leiva es profesor de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario
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