Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2009/11/14 00:00

La guerra en el museo

Un hombre de anteojos negros que asesina a otro de botas, otro que ahorca a otro de la rama de un árbol. son indistinguibles. Nadie queda vivo.

La guerra en el museo

Exhibe el Museo de Arte Moderno de Bogotá 90 cuadros, pintados por 35 desmovilizados de eso que púdicamente llamamos "el conflicto": hombres y mujeres, ex combatientes de la guerrilla, las bandas paramilitares y el Ejército. Retratan, como reza el título de la exposición, "la guerra que no hemos visto". La guerra incesante e invisible que, como señala la curadora de la muestra, Ana Tiscornia, ha tenido el efecto perverso de "normalizar" la violencia en Colombia. Por eso no la hemos querido ver. Hay que ir al Mambo a verla.

Matanzas, tiroteos, explosiones, incendios lejanos y humaredas como en las obras de los grandes maestros de otros siglos. Secuestrados amarrados a los árboles, campamentos de carpas en la falda de un cerro, ejecuciones extrajudiciales, fusilamientos, gente armada que llega en lanchones con motor fuera de borda a matar a toda la gente del pueblo, casitas de colores pastel, potreros con vacas y caballos, una avioneta que fumiga cocales pegada al techo del museo, helicópteros negros y artillados en el cielo, hombres disparando, un bar de putas de grandes tetas y de hombres armados que juegan al dominó o toman trago o pesan gramos de perico, fusiles, machetes, metralletas, motosierras, un uniformado con brazalete de las AUC o de las Farc, un hombre de anteojos negros que asesina a otro de botas, otro que ahorca a otro de la rama de un árbol, en negro, blanco y gris. Son indistinguibles los unos de los otros, todos armados, de verde o de civil. No queda nadie vivo.

Los colores son brillantes y violentos, azules, rojos, verdes intensos, los verdes omnipresentes del paisaje en Colombia. La línea del dibujo es torpe a veces, y a veces sabia, de pulso sereno, y a veces infantil y vacilante, y ayudada con letreros de niño: "pavo" para identificar un pájaro, "mamá" para una mamá. Ningún cuadro está firmado. Vistas aéreas de pueblos con quebrada e iglesia que recuerdan en su crudeza ingenua los mapas antiguos pintados por otros guerreros igualmente despiadados y desmañados de mano en todos los tiempos de la Conquista. Esta es otra Conquista. Montañas y más montañas, cadenas sucesivas de montañas, un pueblito luminoso encaramado arriba entre los verdes esmeralda, iluminado por el sol, montañas y montañas y montañas en repetidas oleadas verdes. Hay también un cuadro de montañas ocres y amarillas, y en el fondo, en lo más alto de la cordillera, una batalla campal de figuritas que parecen soldados de juguete. Montañas de selva, montañas crespas de selva tupida, todavía intacta, un buen pedazo de selva talado para abrir sitio a los cultivos de coca.

Muchos ríos. Ríos azules que se descuelgan verticales en el cuadro, ríos amarillos de barro que arrastran cabezas y manos cortadas, ríos de aguas carmelitas oscuras, o enrojecidas de sangre, y puentes sobre los ríos con un cadáver colgando de los pies, cabeza abajo. Arrumes de esqueletos tirados en los playones del río, pueblos sembrados de cadáveres a la orilla del río. Y de un río a otro río se alza un vasto arco iris que en vez de los siete colores del espectro electromagnético tiene los tres de la bandera de Colombia.

En video pueden verse además, en el Museo, otras trescientas pinturas de otros 45 soldados retirados de nuestras guerras ignoradas, escondidas. Algunos de ellos están ahí en persona, y a los grupos de niños de colegio que visitan la exposición llevados por sus profesores, niñas de falda plisada, muchachos de suéter azul, les explican lo que ahí han pintado: "la violencia trae violencia", les dicen, "la guerra nos quitó la niñez". Cuando callan, los colegiales apenas más niños que ellos los aplauden, como aplauden a los ex alcohólicos en las reuniones de alcohólicos anónimos. Son casi niños, y han visto cosas terribles, y las han hecho. Y ahora nos las muestran en el Museo.

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