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Opinión

  • | 2005/08/26 00:00

    La guerra perdida (y II)

    Cualquier país que se sienta amenazado por los Estados Unidos (y pueden serlo todos) sabrá por el ejemplo de Irak que la única forma de disuadirlos es poseer armas atómicas

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Decía aquí la semana pasada, en la primera parte de este artículo, que la guerra de Irak la ha perdido ya el presidente George W. Bush, aunque sus tropas se queden sobre el terreno matando y muriendo durante varios años más. Y no la ha ganado nadie: Irak ha sido destruido, y los norteamericanos están desmoralizados (los militares, los políticos, las madres de familia). Esa derrota, sin victoria correspondiente, tiene además efectos colaterales, tanto políticos como económicos.

Entre los económicos el más notable, que ya mencioné hace ocho días, es el encarecimiento del precio del petróleo. Grave para muchos: la Unión Europea, el Japón, la China, la India, e incluso los propios Estados Unidos, que pese a su abundante producción propia son casi por completo dependientes de la importación. Catastrófico para los países más pobres del mundo. Y beneficioso sólo para un puñado de gobiernos más o menos tiránicos, que o bien son adversarios declarados de los Estados Unidos (como el de los ayatolas en Irán o el de Chávez en Venezuela), o bien son sus más incómodos aliados (como el de la casa real saudí en Arabia o el de Putin en Rusia). Además, las ramificaciones derivadas del petróleo caro afectan todos los aspectos de la economía mundial.

En lo político, el efecto más inmediato lo estamos viendo ya en la incapacidad de los iraquíes 'liberados' para ponerse de acuerdo sobre una nueva Constitución 'democrática'. Los kurdos insisten en una estructura federal. Los chiítas, en un predominio de la ley islámica. Los sunitas se oponen a ambas cosas. Lo probable es que, con o sin guerra civil, el país se parta en tres. Un Chiistán al sur, rico en petróleo y aliado de Irán; un Kurdistán al norte, también rico en petróleo, dividido por la guerra tribal entre los partidarios de Barzani (hoy presidente del Kurdistán semiautónomo) y los de Talabani (hoy presidente de Irak), y que arroja su sombra sobre las oprimidas minorías kurdas de Turquía, que es la culata de la Otan y aspira a entrar en la Unión Europea. Y una Mesopotamia sunita en el centro, sin petróleo, ocupada por las tropas norteamericanas y sacudida por la insurgencia que ha unificado a los islamistas y a sus antiguos enemigos laicos, los baazistas de Saddam.

Lo del Chiistán iraquí, a su vez, es sólo un ejemplo del fortalecimiento del fanatismo religioso islámico provocado por la guerra de Irak. El cual será aun más visible si tienen éxito las presiones norteamericanas para 'democratizar' el Oriente Medio, obligando a sus regímenes a realizar elecciones más o menos libres. Pues las ganarán entonces los partidos religiosos -en Egipto, en Arabia, en Siria, en Marruecos, en Sudán-, tal como sucedió hace quince años en Argelia. Pues ese fanatismo islámico forma parte a su vez del surgimiento (o resurgimiento) de un antioccidentalismo cada día más virulento, agravado por el enconamiento sin salida del conflicto palestino-israelí y por las intervenciones militares encabezadas por Bush: la de Afganistán, la de Irak y la que amenaza a Irán.

Ese antioccidentalismo no se manifestará sólo en los países del Oriente Medio, sino en Occidente mismo, a través del terrorismo islámico. Ya se vio en Nueva York en 2001, en Madrid en 2004, en Londres en 2005. Así, las 'guerras preventivas' de la 'doctrina Bush', aunque no han creado el odio hacia Occidente, sí lo han agravado de modo notorio. Con el consiguiente aumento de la inseguridad y, de contera, disminución de las libertades y erosión del orden jurídico. Decía Benjamin Franklin: "Quien sacrifique la libertad por la seguridad, las perderá ambas". Lo estamos viendo.

Por otra parte, también es en buena medida consecuencia del ataque a Irak el impulso que ha tomado la proliferación nuclear. Cualquier país que se sienta amenazado por los Estados Unidos (y pueden serlo todos, bajo el nebuloso paraguas de la doctrina de 'guerra preventiva') sabrá, por el ejemplo de Irak y el contrario de Corea del Norte, que la única manera de disuadir al atacante es la posesión de armas atómicas. Es el caso de Irán. Pero el armamento de los unos llevará al armamento de los otros, sus vecinos: Corea del Sur o Japón, por ejemplo.

Para resumir: el resultado de la estúpida y fallida aventura militar de Bush en Irak es un mundo bastante peor y bastante más inseguro del que conocíamos antes de que los atentados del 11 de septiembre le dieran un pretexto para poner en obra su doctrina del unilateralismo. Un sólo ejemplo: Irak mismo, uno de los pocos países del Oriente Medio que no patrocinaba el terrorismo, es hoy el principal criadero de terroristas del planeta.

N. de la R.: Esta columna no aparecerá la próxima semana por vacaciones de su autor.
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