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Opinión

  • | 2011/10/08 00:00

    La guerra

    Empiezan a verse fotos de gente hambrienta que hace cola para recibir una sopa y que no son tomadas en Haití o Somalia, sino en los países ricos.

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Lenin, como ha venido a saberse, era mejor en sus diagnósticos que en sus recetas. Y diagnosticó hace un siglo, con razón, que las consecuencias de las crisis cíclicas del capitalismo, o –si se quiere– sus soluciones, son las mismas siempre: la guerra.

Para allá parece que va también esta crisis de ahora, que empezó hace tres años con el incidente casi anecdótico de la quiebra de Lehman Brothers y ha venido ahondándose despacio, como en cámara lenta, como debajo del agua, y expandiéndose como los círculos de una pedrada en el agua de un estanque, banco por banco, país por país.
Vamos todos los países hacia la guerra, los que no estamos ya en ella. También las grandes guerras vaticinadas por Lenin fueron precedidas por guerritas pequeñas, marginales, periféricas, subalternas, como estas de ahora. Un ejemplo: Italia invadió entonces Etiopía, tal como Inglaterra y Francia acaban de invadir Libia. ¿Por qué? Por su propio bien, naturalmente.

(Y, a propósito ¿en qué va lo de Libia, tan prometido?)

Esta crisis de ahora pareció en el primer momento dejar atontados a los políticos, que mansamente confiaron su solución a sus bancos respectivos: financiándolos con dinero público, dentro de la rancia tradición capitalista de socializar las pérdidas después de haber privatizado las ganancias. Pero luego, también despaciosamente, la gente común empezó a protestar, desde Atenas hasta Madrid, desde Santiago de Chile hasta Helsinki pasando por Tel Aviv (lo de la ‘primavera árabe’ es otra cosa). Y hasta en el mismísimo corazón del capitalismo financiero mundial con el movimiento neoyorquino Occupy Wall Street, que no solo ha hecho metástasis en Los Ángeles y en Boston, sino que ha sacado de su catatonia de medio siglo a los sindicatos norteamericanos: la AFL-CIO anuncia huelgas. Y entonces los políticos también han despertado, y anuncian tímidas medidas: controles a los bancos, impuestos a los ricos. No se atrevieron ni a eso hasta que se lo pidieron los propios ricos: y es esa la razón por la que el tímido impuesto a las grandes fortunas que acaba de anunciar el presidente Barack Obama lleva el nombre de Warren Buffett, el hiperarchimultimegamillonario que reveló, tal vez sinceramente asombrado, que él pagaba menos impuestos que su secretaria. Y ahora se habla, por lo menos se habla, de aumentarles los impuestos a los ricos, en vez de reducírselos, casi en el mundo entero: inclusive en la Francia ‘bling bling’ de Nicolas Sarkozy. Creo que solo falta Colombia.

No es que se los suban mucho: y es a cambio de recortar también las ventajas logradas en los últimos ochenta años por los pobres: la salud, la educación. Esas cosas que cedieron por el miedo, hoy olvidado, a la posibilidad de la revolución social. Es solamente un gesto simbólico, apenas una palmadita de reprobación en el dorso de la mano, como la que se les da a los niños demasiado golosos para que no se embutan de tantos dulces. Pero aún así los ricos se quejan y protestan y lloran, y piden más exenciones y amenazan con llevarse sus capitales a su casa, y echan más gente de sus empleos a la calle y de sus casas hipotecadas por los bancos: decenas de millones. Empiezan a verse en la prensa fotos de gente hambrienta que hace cola para recibir sopa de caridad y que no son tomadas en Somalia o en Haití, sino en los países más ricos y desarrollados. Tal como en los años treinta del siglo pasado, cuando la Gran Depresión desatada por la quiebra de Wall Street desembocó (cumpliendo la advertencia de Lenin) en el ascenso de los fascismos en Europa y en Asia y en el estallido de la Guerra Mundial.

Todavía no. Pero para allá va el mundo. Porque la crisis no se detiene, sino que avanza. Los Estados Unidos entran en su tercer año de recesión, que ya muchos economistas (sin que les hagan caso) se atreven a llamar depresión. En el blando bajo vientre de la zona euro de Europa se van derrumbando países enteros Portugal, Grecia, España, Italia devorados por deudas que la ciega sabiduría de los mercados convierte en impagables; mientras que los países de mayor riqueza y resistencia, como Alemania y Francia, se niegan como fieras a pagar deudas que consideran ajenas, como si el principio rector que inspiró la lenta y larga creación de la Unión Europea no fuera precisamente la solidaridad económica de grupo para evitar los egoísmos divergentes y competitivos que –como advirtió Lenin– han terminado siempre en la última solución de la guerra.

Pero, ¡ah!, se me olvidaba. Es la Semana de la Moda en París. Les collections: Chanel, Lanvin, Dior, Balenciaga. Vestidos absolutamente a-dora-bles. Respetando otra antigua tradición, bailamos en el borde del cráter del volcán.

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